Acaban de regalarme un ejemplar del libro de Ezequiel Saferstein, que me parece un buen análisis etnográfico del ramificado movimiento de la «nueva derecha» en Argentina, aunque realizado desde una izquierda progresista bastante mainstream, con cierta orientación socialdemócrata.
En ese libro fui entrevistado. Dije cosas que considero verdaderas y que puedo probar, y también expresé mis opiniones políticas.
Ante la eventualidad de que algunas de esas cosas molesten a los «intelectuales» y militantes del oficialismo mileísta —y de que a alguno le interese averiguar quién coños soy y qué pienso realmente—, dejo este post como referencia rápida.
No pretende desarrollar ningún argumento nuevo. Simplemente reúne dos textos míos que permiten entender bastante bien desde dónde hablo.
En cuanto a los hechos mencionados en el libro, ésa es otra cuestión: si alguna vez fuera necesario, podré respaldar lo que afirmé. Acá me interesa otra cosa. Si alguien pretende acusarme de «traidor a la derecha» o alguna imbecilidad semejante, por lo menos que pueda saber por qué rechazo aquello que el liberal-conservadorismo argentino contemporáneo suele presentar como «la derecha».
1. Mi crítica a la nueva derecha «libertaria» argentina
Para quien quiera conocer mi crítica a lo que ha hecho esta facción de la llamada «Nueva Derecha» argentina, reuní buena parte del argumento acá:
Ahí desarrollo mi crítica a este «fusionismo» local, castrado en este mix peculiar de nociones vagas convertidas en dogmas:
Esto les funciona como una versión dietética del liberalismo clásico, que tiene dos caras opuestas y contradictorias, que son, respectivamente, simplificaciones absurdas provenientes de la nueva macro neoclásica y de la última micro austríaca, a saber: un utilitarismo social en términos de ganancias agregadas y explicación de la propiedad desde el mercado, e iusnaturalismo lockeano que confunde propiedad con libertad privada, contrato con libertad pública, y beneficio con utilidad intersubjetiva (esto último remite al punto 2 aquí debajo)
En este esquema, el mercado aparece como no necesitando bienes públicos de nadie; las empresas como creadas y sostenidas en su crecimiento sólo por el mayor trabajo de sus dueños, siendo el resto ya algo remunerado por adelantado. Y al mismo tiempo, el Estado se disfraza de estorbo, lo que posibilita ocultar su carácter de interventor de facto, incluso selectivo, para proteger el statu quo de dependencias sociales creadas por la ausencia efectiva de propiedad de capital para la mayoría; e incluso para reforzarlas artificialmente perjudicando los pocos derechos de propiedad que sí llegan a ser de un uso positivo para la población trabajadora.
Su idea de intervencionismo conservador, sea como acción social o desde una política pública, se reduce meramente a expandir la esfera de influencia de su propio discurso. En lo medular, éste ya no muestra la sociedad de mercado y la lógica capitalista como componentes deletéreos para las formas tradicionales de vida (Tocqueville, Schumpeter), sino que por el contrario las presenta como tendientes a reforzar espontáneamente su naturaleza orgánica; los lazos familiares, los cuerpos intermedios, y la vida de la sociedad civil en sentido amplio (Hoppe, Bastos);
Sobre esta cuestión no me explayo en el mencionado escrito, pero sobre el particular, y particularmente respecto al caso argentino, remito a los textos de mi gran amigo Fernando Romero Moreno.
¿Cómo resumo entonces, y en pocas palabras, la bravata de esta facción de la nueva derecha alineada con el mileísmo? Una jugada ideológica que habla en nombre de «Dios, patria y hogar», pero que más parece estar rezando: «Dios, country y mi hogar».
Y como creo que el problema no termina en la alt-right local, porque su serpiente tiene varias cabezas, también procuré allí explicar cómo esta corriente, junto con casi todo el llamado «liberalismo argentino» del cual ha sido su hijo putativo, ha usado y abusado de la llamada Escuela Austríaca de Economía. De ésta ha seleccionado justamente su fracción menos académica, más sectaria y partisana, en favor de un capitalismo de laissez-faire incluso institucionalmente inestable.
2. Qué significan «izquierda» y «derecha»
El segundo texto trata un problema anterior: qué queremos decir cuando hablamos de izquierda y derecha.
Porque una buena parte del mileísmo ha terminado reduciendo la derecha al pro-capitalismo y la izquierda al pro-estatismo.
Mi planteo está acá:
La cuestión es bastante más complicada.
Dependiendo del eje utilizado para construir la díada izquierda-derecha, el pensamiento tradicional católico puede aparecer como la verdadera derecha; pero, utilizando otro eje, puede ocupar en su formulación mínima una posición de centro y, en su formulación máxima, quedar incluso fuera de esa díada.
Con estos dos textos alcanza, creo, para empezar a desasnarse de algunas de las simplificaciones ideológicas que han terminado difundiendo los pocos referentes ideológicos con los que se ha quedado el oficialismo de LLA.
¡Disfruten!