domingo, 31 de mayo de 2026

Inteligencia natural


Cuando se habla de “la IA” como si fuera una sustancia histórica única, se comete ya el primer error. No existe “la IA” como destino inevitable de la técnica, del mismo modo que no existió “la industria” como una sola forma necesaria de organizar la producción. Lo que hoy se impone bajo el nombre genérico de inteligencia artificial es, más precisamente, un régimen técnico e histórico determinado: modelos generativos de gran escala, entrenados sobre corpus inmensos, optimizados por métodos estadísticos, ejecutados sobre infraestructuras energéticamente costosas, y desplegados por empresas que más que hacer productos construyen entornos de dependencia. La actual IA generativa no es cualquier red neural, y tampoco conforma un cerebro. No es cualquier automatización, y tampoco funciona como un gran algoritmo. No es cualquier experimento de ciencia cognitiva computacional, y tampoco es ésa la intención. Es una forma particular de articular el cosmos artificial del hardware, software, capitales, lenguajes y, quién diría, promesas civilizatorias. Veamos.

Para empezar, la pregunta que hay que hacerse no es si esta IA “sirve”. Sería absurdo negar que sirve a algo. La pregunta es ¿a qué sirve? Para empezar hay que recordar que sirve para una sociedad que será modificada por ésta en sus fines porque dependerá de ella y luego la requerirá para subsistir, cosa que no es una elección previa de nadie, y lo será menos luego de que esa codependencia se establezca completamente. Sin duda, la IA sirve para traducir, resumir, programar, asistir, generar imágenes, clasificar documentos, simular interlocutores, acelerar procesos administrativos, abrir zonas genuinamente fértiles de investigación, etc. Sin duda responde bien a la pregunta utilitaria en este sentido estrecho, pero la cuestión es otra, ya que el régimen que hoy se expande como inteligencia artificial puede confundirse sin más con un camino hacia la inteligencia fuerte. ¿Se dirige hacia ahí? ¿O hacia un zombie filosófico escalado? Estamos ante un artefacto (recuérdese esta palabra) extraordinariamente útil pero estructuralmente pobre, que por su utilidad inmediata amenaza con colonizar el espacio de las alternativas. Y el problema es que está triunfando demasiado pronto, antes de que hayamos aprendido a distinguir competencia superficial de comprensión, correlación de causalidad, generación de mundo, inducción de deducción, memoria emulada de memoria viva, y agencia simulada de agencia real.

Dicho de otra forma: el problema no es que los modelos actuales no hagan nada. Hacen muchísimo, y precisamente por eso pueden instalarse como si aquello que hacen fuera equivalente a pensar. La historia de la técnica está llena de herramientas que primero resolvieron problemas parciales y luego redefinieron el horizonte de lo posible, y que al hacerlo volvieron invisible todo lo que no encajaba en su propia lógica. Acá está la cuestión que interesa: acabar con la idea de IA como noción abstracta, y que la gente tenga una somera idea de lo que sus propios inventores, creadores y desarrolladores están viendo, o sea: la metástasis de esta IA en particular. 

Voy a ir por niveles del problema, yendo de los más bien prácticos y de aplicación, hasta los más teóricos y de naturaleza.

Fuentes sobre la distinción organismo-artefacto en relación con la IA neural:

El primer nivel de la crítica es, si se quiere, material, en sentido técnico e industrial, al menos en principio. Conviene empezar ahí porque de otro modo uno se deja hipnotizar por la interfaz: prompts a una ventanita donde una máquina responde como si fuera alguien. La “desmaterialización” conversacional es engañosa: data centers, electricidad, agua, chips, minerales, cadenas de suministro, capital financiero, concentración de talento y contratos de nube, todo eso es el sustrato tanto físico como social. Se calcula que sólo en 2024 los data centers consumieron cerca del 1,5% de la electricidad mundial (más o menos 415 TWh). Una tecnología que para sostener esta promesa necesita expandir de manera acelerada su infraestructura energética no puede evaluarse como si fuera una mera herramienta de software. El AI Index de Stanford muestra que en 2024 alrededor del 90,2% de los modelos notables provinieron de la industria. La OCDE analizó la infraestructura de IA y descubrió barreras de salida: ecosistemas de software y hardware, como CUDA, que hacen que migrar a alternativas no dependa de cambiar un componente sino de un ecosistema completo. 

Ya estamos grandes para pensar el problema con un optimismo ingenuo de mercado, porque si una trayectoria tecnológica exige inversiones crecientes, que implica estándares de facto, que requiere compatibilidad con herramientas ya existentes, y un despliegue de nueva infraestructura física costosa, entonces puede estabilizarse independientemente de si la trayectoria de desarrollo científico-técnico sea la más adecuada para sí misma desde su punto de inicio. El mercado no puede corregir estos componentes a semejante nivel, ya que los cristaliza. He hablado de esto en ya demasiados posteos de mi blog, pero vale la pena repetirlo: no sólo se trata de que la demanda está atomizada y que genera una oferta compulsiva para las partes, sino que la demanda no es un ente abstracto con una subjetividad humana que sea independiente de otra oferta con sus posibilidades determinadas objetivamente por necesidades tecnológicas, sino que es ella misma cocreada con la oferta, ambas en conjunto en un gran proceso social-tecnológico, por ende inercial. La subjetividad individual puede tener libre albedrío, pero las agregaciones de voluntades de agentes decidiendo cómo surfear las olas sin coordinación mutua, no dan forma a la flota de barcos según esta acción y no según su voluntad (Ferguson dixit), con lo cual no pueden determinar su dirección, y pueden terminar generándola aunque se opongan a la misma: los capitanes de estas empresas ya no eligen los puertos, sino el viaje mismo al que se subordinan con sus acciones. Ergo, si ambos polos (oferta y demanda) de un mismo proceso cuya lógica y forma (capitalista) opera sobre una misma materia (el mercado general), no se articulan entre sí conscientemente, aunque sea a nivel macro, pueden tomar rumbos fatales incluso respecto a sí mismas (esto Hayek lo tuvo que admitir respecto al derecho en el common law, y también en economía: no le tenía miedo a la palabra planificación en este sentido). El sendero rentable de corto plazo puede bloquear el sendero más fértil de largo plazo, y cuando ese sendero se materializa, se vuelve una infraestructura que cambia el marco de lo útil y eficiente. A dicha altura, cualquier corrección ya no dependerá de escribir un paper mejor, sino de mover capitales, suministro de energía, fábricas, estándares, profesionales, contratos, expectativas... todo. 

El problema de la IA actual no es tanto que pueda imitar mal el razonamiento, que lo hace (en realidad, incluso cuando razona bien, porque le es indistinto, pero dejemos esto para después), sino que puede construir un mundo donde los intentos de razonar de verdad ya no encuentren condiciones materiales para desarrollarse. Acemoglu lo plantea parcialmente cuando distingue entre una IA orientada a complementar capacidades humanas y una trayectoria actual volcada a la automatización y la concentración. Mi preocupación es similar pero le agregaría un nivel: que esa trayectoria además de ser socioculturalmente regresiva, sea cognitivamente regresiva, ya que se están premiando a sistemas que mejor escalan en el ecosistema existente, en vez de a los sistemas que más se acercan a una inteligencia real, que como desarrollaré un poco más abajo, debe estar basada en “el mundo”, la causalidad y la comprensión teorética, o sea: mediante una verdadera abstracción de la realidad.

Fuentes sobre las dependencias del camino sociotecnológicas:

El segundo nivel es la arquitectura física del cómputo. La metáfora de la “red neuronal” suele ocultar que una red artificial contemporánea, aun cuando use “pesos” y “activaciones”, corre sobre máquinas con hardware (CPUs, GPUs) y software (emuladores de redes neurales haciendo procesos matemáticos en bruto) que utilizan de soporte material a, precisamente, el sistema con una lógica casi diametralmente opuesta a la neural (entrenable), o sea: el modelo lineal de cómputo lógico-algorítmico (programable), que sería llamado de “von Neumann”, en el que necesariamente está separada, por un lado, la memoria como datos discretos, y, por el otro, el procesamiento lógico-matemático que los articula y ordena. En una arquitectura von Neumann, los datos se almacenan en un lugar y se procesan en otro. El resultado es que una parte enorme del costo temporal y energético no está en la operación matemática en sí, sino en mover datos. IBM se puso al hombro el problema, y lo resumió lacónicamente con una simple aserción: el costo de tiempo y energía asociado al movimiento de datos es el obstáculo más importante del cómputo utilizado en la IA. Punto. Hay que evitar confundir una abstracción matemática con su encarnación física. Que una red artificial tenga “pesos” no la vuelve materialmente análoga al cerebro, y en el cerebro, la memoria está encarnada en la estructura misma que la procesa, o sea: cada sinapsis no es una celda de memoria externa que un procesador consulta sino que es su mecanismo base de transmisión y modificación. En una red biológica, la historia del sistema está escrita en la forma misma del sistema. En la IA contemporánea, en cambio, la red es una emulación estadística, y encima lo hace sobre una arquitectura que transporta matrices. Podrá ser una emulación asombrosa, pero sigue siendo una emulación, que opera sobre un sustrato físicamente torpe, que se da de patadas con aquello que, encima, simplemente pretende imitar.

Por eso las líneas de investigación, como ser la de compute-in-memory, in-memory computing, memristores, chips neuromórficos, SNNs, arquitecturas event-driven, etc., no son exotismos marginales a la labor científica actual en IA, sino que, muy por el contrario, son respuestas al hecho de que el régimen actual separa aquello que en la biología va unido, a saber: memoria y cómputo, estructura y proceso, estado y operación. Obviamente, un chip neuromórfico no resuelve por sí solo el problema de la inteligencia, en tanto no alcanza con hacer spikes para obtener causalidad, ni alcanza con integrar memoria para obtener deducción, pero es condición necesaria, y ya de por sí es útil con sólo esto. Sin un sustrato que haga viable el aprendizaje continuo, local, temporal (y, dicho sea de paso, mucho mejor energéticamente), las formas más interesantes de inteligencia artificial quedan materialmente penalizadas, y hace que sea más barato seguir fabricando modelos pasivos enormes, que construir agentes que aprendan viviendo. No se trata aquí de “digital vs. analógico” (esto también, pero es otro punto) o “sintético vs. biológico” (esto ya tiene más ribetes metafísicos respecto a la demarcación de qué es orgánico), sino de la oposición entre una memoria externa servida a un procesador vs. una memoria incorporada en el proceso mismo. Una IA más natural, orgánica aunque sea sintética, tendría que acercarse a esta segunda forma, y repito: no es necesario para esto que sea de carne, ni que tenga neuronas biológicas, pero sí estar organizada como un sistema unificado donde recordar, computar, ordenar, modificar y actuar, no sean operaciones separadas.

Fuentes sobre las redes neuromórficas y las soluciones a la emulación:

El tercer nivel es la diferencia entre el modelo de la red basada en el perceptrón artificial y el basado en la neurona biológica. Un perceptrón, en su forma elemental, es una suma ponderada seguida de una función de activación. Entran valores, se multiplican por pesos, se suman, y se produce una salida. Es una abstracción ingeniosa, pero empobrecedora si se la toma como imagen adecuada de una neurona. La neurona biológica se basa en el tiempo, tiene una historia, opera con membranas, refractariedad, dendritas, oscilaciones, spikes, umbrales dinámicos, neuromodulación, plasticidad local y estados internos. No hace “cálculos” matemáticos, y además vive en una dinámica temporal.

Charles Simon, en su serie divulgativa sobre por qué el machine learning no es como el cerebro, lo explica con una imagen simple pero útil. Muchos modelos artificiales tratan el valor de una neurona como si fuera una tasa o magnitud agregada; una neurona biológica usa timing, fase y relaciones temporales entre spikes. El perceptrón ignora el timing relativo o la fase, y se queda con una magnitud agregada. Nada de esto significa que la neurociencia sea reducible al argumento de Simon ya que la biología integra a las señales como información, pero la cuestión es que una red de perceptrones estáticos no tiene nada que ver con el modo en que el cerebro hace del tiempo una dimensión interna de la información. Buzsáki lleva esto a un modelo todavía más amplio, según el cual el cerebro no es un dispositivo pasivo que recibe inputs, sino un sistema que produce actividad desde adentro hacia afuera y usa la acción para dar significado a la percepción. Freeman, con su énfasis en dinámica no lineal, atractores y oscilaciones, había insistido también en que el significado emerge en estados globales de un sistema vivo, y que no reside en agregados de símbolos aislados ni en rasgos estadísticos. Una red sintética verdaderamente más orgánica no debería limitarse a imitar la apariencia general de una red.

En este punto aparece el ejemplo del niño que aprende una figura o el número “1” (cualquier ejemplo sirve). La comparación con MNIST es ilustrativa: una red clásica puede requerir miles o decenas de miles de imágenes etiquetadas para clasificar dígitos manuscritos con alta precisión. Un niño, en cambio, no aprende el “1” como una nube estadística de píxeles en base a una inducción de fuerza bruta de impresiones (Hume creía que de esta última forma operaba la abstracción, pero su teoría empirista nunca representó la realidad de la cognición humana). Lo ve, lo traza, sigue el trayecto de la línea, lo vectorializa, lo reconoce deformado, lo diferencia de otros signos, luego lo ubica en una serie, lo usa para contar, lo relaciona con “uno” como cantidad, con “primero” como orden, con marcas en objetos, con dedos, con prácticas, etc. etc. Las mentes biológicas, los animales, aprendemos una forma visual investigándola, buscando su esencia abstracta y luego intentando que encaje en ella; no aprende una aproximación estadística de lo que dijeron que era lo mismo asociando a la fuerza millones de imágenes para lograr guardar una suma de relaciones promedio de valores enlazadas con un valor de salida único por un pre-entrenamiento. O sea: ante la imposibilidad de abstraer directamente la esencia de una forma dada en la realidad, nos inspiramos en la cosa y su relación con la idea tras la misma (abducción), véase: hacemos teoría desde la coherencia lógica que la distinga, y contrastamos con qué concepto encaja mejor de los que elaboramos (deducción). Aprendemos una función dentro de un sistema de significado, de acciones y símbolos. Lake, Salakhutdinov y Tenenbaum formulan este contraste: las personas pueden generalizar desde uno o muy pocos ejemplos y usar conceptos para la propia acción, la imaginación y la explicación de la realidad. Zador agrega que los animales no aprenden desde una tabula rasa estadística: traen sesgos inductivos fuertes incorporados en la arquitectura del sistema nervioso. Si bien el genoma no codifica cada aprendizaje concreto, sí establece estructuras y predisposiciones que hacen posible aprender realmente, y hacerlo por ende mucho más rápido. Así, el niño no “supera” a la red generativa porque tenga más datos, sino porque tiene cuerpo, un mundo que reflejar, acción en el mundo, prácticas y un tipo de aprendizaje que no está condenado a reconstruir todo desde cero.

De vuelta: este ejemplo del “1” de Simon me llama la atención en su sencillez: muestra una diferencia clave que le separa de la clasificación. Una cosa es reconocer una imagen como perteneciente a una clase, pero otra muy distinta es poseer un concepto que puede participar en operaciones, explicaciones, acciones y reglas, más allá de la clasificación, o mejor dicho, como causa de la creación de esa clasificación en primer lugar. Si una red dice “esto es un 1” después de millones de ejemplos, puede haber aprendido una frontera de decisión sofisticada, pero no entiende qué es un “1” en la trama de usos donde el signo vive. El niño, en cambio, aprende el “1” como un signo en sí mismo, a partir de la forma, como gesto, luego como cantidad, como lugar en una serie, como herramienta. Y por eso el aprendizaje humano no es sólo más eficiente en muestras, sino que es ontológicamente eficaz.

Fuentes sobre las redes neurales biológicas en contraste con las artificiales: 

La cuestión del aprendizaje lleva a una distinción que conviene hacer con cuidado entre inducción, deducción y abducción. La IA actual aprende por inducción estadística: a partir de ejemplos, ajusta parámetros para capturar regularidades, y como sólo puede hacer esto, el criterio para encontrar regularidades es exógeno. No es para nada una inducción ingenua ni pobre: puede descubrir estructuras latentes, composiciones parciales, analogías, regularidades sintácticas, relaciones semánticas, patrones del mundo sedimentados en texto e imágenes, y sólo en este sentido “crear”. Pero, usando términos de Popper, no es el mundo 2 popperiano, sino el mundo 3 que ha tomado “vida”. En términos de la termodinámica, no crea verdadera información nueva, por más “temperatura” que se le permita al modelo. No hay abducción ni deducción que genere sintéticamente novedad. Sigue siendo, en su base, meramente una novedad analítica: aprendizaje por regularidades observadas. La deducción fuerte es otra cosa: consiste en derivar conclusiones nuevas que se siguen necesariamente de premisas por reglas que preservan validez, pero que no están explicitadas en aquellas. Si las premisas son verdaderas y la inferencia es válida, la conclusión no puede ser falsa. La abducción fuerte, por su parte, es mucho más que inventar una explicación plausible al activar el “recuerdo” estadísticamente grabado de patrones similares, precisamente porque en la inferencia estadística no hay verdadera evocación sino un reflejo: la red no busca dentro de sí, sino que refleja en forma conductual sin tener separadas la causa de la búsqueda y el resultado. No hay verdaderas hipótesis, que impliquen derivar consecuencias esperables, diseñar pruebas discriminantes y actualizar el modelo cuando la evidencia vuelve. Y, por último, quizás lo más importante, es que no hay inducción fuerte sin una abducción fuerte que logre un criterio previo para abstraer para así poder inducir, así como tampoco la hay sin una deducción fuerte que logre relacionar lo inducido con el conocimiento previo.

Cuando un LRM “razona”, puede estar haciendo algo real en el plano funcional: una búsqueda interna, una revisión, una generación de pasos, luego auto-corrección y exploración de cadenas. Pero si no hay un mecanismo que obligue la validez de esos pasos no se puede hablar de deducción en sentido fuerte sino débil: mera producción de razonamientos probables. Y probables sólo para nosotros, no para sí mismo, ya que no tiene nada contra lo cual contrastar. Puede acertar mucho y, sin embargo, estar estructuralmente autorizado a dar un salto inválido. Puede también generar una explicación plausible sin estar haciendo abducción en sentido fuerte, porque la explicación no queda puesta en riesgo por pruebas diseñadas para refutarla. No sería un tanteo sino una reacción. Y podría “imaginar” escenarios sin que esa imaginación esté anclada en un modelo causal sometido a intervención. No agrega entropía a la cultura. 

Pearl distingue entre ver, hacer e imaginar, lo cual, otra vez, es una forma analógica del proceso interno de inducir, deducir y abducir. Ver sería observar correlaciones; hacer sería intervenir, e imaginar sería razonar contrafácticamente. El aprendizaje estadístico puede ser extraordinario en el nivel del ver, pero resulta que la ciencia y la comprensión exigen hacer e imaginar. Si una IA no tiene un operador interno equivalente a la intervención, si no puede representar qué pasaría al forzar una variable, si no puede distinguir correlación de causalidad, entonces su abducción queda degradada a narrar. Puede decir “la causa probable es X”, pero no necesariamente entiende en qué condiciones X dejaría de ser causa, qué prueba lo separa de Y o qué mundo alternativo se seguiría de otra intervención. El problema de la “inducción” no es que inducir sea algo malo per se, ya que la inducción es condición necesaria del aprendizaje, pero precisamente es necesaria para el aprendizaje en tanto la inducción, para llevar a aprender algo, obliga a llegar a una deducción a contrastar, así como inspira a la creación de teorías mediante el mismo criterio abductivo que lleva a concebir una causalidad a partir de una correlación. 

Una inteligencia fuerte debería integrar inducción, deducción y abducción (de hecho, no son separables) en un sistema donde cada forma de inferencia tenga su legalidad propia. La inducción es la vía para descubrir regularidades, mientras que la deducción preserva validez relacional, y la abducción busca explicaciones verosímiles y las somete a riesgo (partiendo de nociones sustantivas de lo verdadero, que luego bajan como deducciones sobre más inducción). En la IA actual, estas dimensiones aparecen mezcladas en una competencia textual general, todas sostenidas sobre una inducción operando por fuerza bruta y asistida desde el exterior para que no se descarrile en su entropía ciega. Entropía que en el fondo no es entropía, ya que no hay nueva información en términos cualitativos: el único elemento neguentrópico son los entrenadores, y sólo mantienen un simulacro de neguentropía en tanto no hay relación entre los elementos estabilizados. Las alucinaciones no son accidentes subjetivos de una tendencia a la objetividad. Hinton y su amigo Dawkins se equivocan, pues, de cabo a rabo: existe un teatro de la mente (así como el dolor de una lastimadura existe sólo en la mente y la lastimadura en sí sólo fuera de ella, siendo que ésta no pasa en tanto tal a través del sistema nervioso), pero en las IA es un teatro sin guión teatral y ciego al público, donde los actores son como autómatas que se colocan con recuerdos ajenos, para luego improvisar continuamente, en un groove trucho, por asociación mecánica con esos recuerdos. 

La fenomenología de las IA generativas es siempre la misma: no hay ninguna arquitectura donde la validez lógica, la intervención causal y la búsqueda de explicación sean parte del proceso mismo. Éstas entran de vez en cuando por el techo del pre-entrenamiento, como filtros externos o estilos de respuesta, manteniéndose siempre adelante y como base condicionante de un entrenamiento que nunca le supera como parámetro guía (los descarrilamientos son sólo productos emergentes, con suficiente tiempo, de los carriles previos, lo cual muestra además que no emergen equilibrios metaestables, y por esto no hay nada peor para entrenar una IA que lo generado por sí misma o por otra IA), muy a diferencia del aprendizaje real que, contra lo que nos dice la nefasta educación positivista desde hace un par de siglos a esta parte, es siempre primero creación teorética del sujeto, inspirada por el mundo y guiada por la distinción de lo verdadero –y aquí remito a los textos sobre epistemología y pedagogía de Zanotti padre e hijo, haciendo la salvedad de que no adhiero a la posibilidad en ciencias sociales de modelos apriorísticos (ni por agregación, ni sistémicos), salvo y exclusivamente en las ciencias formales (que precisamente son formales por ser un desarrollo autoconsciente de la racionalidad misma).

Fuentes sobre los modelos generativos en base a fuerza bruta inductiva:

La investigación de Newell y Herbert Simon vuelve a este punto con una increíble actualidad, resolviendo el cómo se inserta la lógica en la “materialidad” en el modelo originario y genuino (biológico) de una red neural. La Physical Symbol System Hypothesis sostenía que un sistema físico de símbolos posee los medios necesarios y suficientes para la acción inteligente general. Uno puede no aceptar la tesis en su literalidad fuerte y, de hecho, gran parte de la historia posterior de la inteligencia artificial y de las ciencias cognitivas fue una revisión de esta hipótesis, pero... el problema que Newell y Simon plantearon no cambió en nada: la inteligencia real parece necesitar manipulación de una estructura de conceptos en base a reglas, puesto que sin algún tipo de estructura real, discreta, la red puede producir regularidades pero no necesariamente legalidad. 

Ahora bien, esto no implica volver sin más a la IA simbólica clásica: el problema no se resuelve reemplazando una red por un sistema experto rígido, ni confundiendo inteligencia con manipulación explícita de símbolos escritos a lo Prolog. La cuestión es cómo hacer que la validez sea endógena a un sistema neural, o sea: neural-simbólico. En otras palabras, nadie quiere un modelo que genere una respuesta y luego se la pase a un verificador externo como quien manda un texto a corregir, porque precisamente lo que se busca es una arquitectura en la que ciertas transiciones inferenciales inválidas sean directamente imposibles, inestables o penalizadas por la dinámica interna, o sea: que sean molestas, por lo mismo que nos provoca rechazo ver un triángulo de Penrose. Una deducción fuerte endógena implica una propiedad del espacio de estados dentro de la red: no es una decoración formal agregada al final.

SATNet, DeepProbLog, semantic loss y otras líneas neuro-simbólicas son intentos parciales de acercarse a eso. SATNet integra un solver para buscar grados de satisfacción dentro del loop de deep learning. DeepProbLog combina programación lógica probabilística con predicados neuronales. La semantic loss introduce una función de pérdida que conecta salidas neuronales con restricciones lógicas. Estas soluciones todavía no son, ni de lejos, la forma final de una inteligencia sintética orgánica, pero al menos siguen siendo híbridos con piezas formales explícitas que muestran el vacío que las actuales IA no pueden llenar, demostrando que la estructura no tiene que venir de un auditor externo, sino que es parte misma del cómputo.

Por una dirección ya más matemática aparecen, y enumero a grosso modo: Birkhoff, los retículos, luego Wille y Ganter con el análisis formal de conceptos, y Kuznetsov en líneas afines. Recuerdan que el conocimiento va más allá de una nube de vectores en campos multidimensionales continuos y sin relación interna, en tanto implican un orden, una interrelación mutua, y una interrelación objeto-atributo. La lógica de retículos y los cierres de Galois si bien no son una receta para reemplazar transformers, logra advertir que hay formas de estructura conceptual que no se reducen a proximidades en un embedding. Si una IA fuerte debe abstraer, clasificar y deducir, necesitará legalidad conceptual. El mapa multidimensional de los conceptos que iluminan el trayecto hasta las neuronas de salida de los tokens finales, no se basa meramente en trayectos afianzados, que discurren a través de las capas, sino que incluyen nexos internos dentro de cada capa que conectan un vector con otro. Nada de esto existe en el modelo actual de inteligencia artificial, y para que exista se requiere replantear todo el modelo.

Fuentes sobre redes neuro-simbólicas:

La retropropagación merece una discusión aparte. Ahora bien, aclaro: el backpropagation no es “el mal”; no es una estupidez. Hay que aclararlo por si acaso. Es cierto que es una de las herramientas más poderosas de la historia del aprendizaje automático basado en un modelo neural. El problema es que se volvió el centro de un régimen conceptual. Es una concepción casi tiránica que identifica aprendizaje con un ajuste masivo de parámetros por gradiente en modelos entrenados offline. Desde el punto de vista biológico, el backprop es un callejón sin salida: se requiere una forma de asignación de crédito global, simetrías o transportes de información que no están en ningún modelo posible de cerebro biológico. Implican, además, una separación entre fase de entrenamiento e inferencia que no se parece en nada a la forma continua y local en que aprenden los organismos. 

¿Cuáles son las alternativas? Aun dentro de nuestras IAs de modelos estocásticos (véase: con transferencia de información numérica, con variables continuas de estimulación en vez de saltos discretos en cada neurona, y con información digital discreta en vez de impulsos continuos en su comunicación, además sin deducción fuerte ni lógica interna al proceso), se puede al menos lograr algo al respecto, con distintas opciones, entre otras: el predictive coding como aproximación local al backprop; el más que interesante equilibrium propagation como aprendizaje en modelos de energía; el feedback alignment como uso de señales de error no simétricas o incluso aleatorias, e incluso el Forward-Forward de Hinton como reemplazo del pase backward por dos pases forward, reglas de tres factores en redes spiking, neuromodulación, STDP, reservoirs y liquid state machines. Entiendo muy por arriba la idea, pero al menos me deja tranquilo que haya consciencia del problema incluso en los defensores de los modelos actuales de perceptrón. 

Obviamente estas líneas no son equivalentes ni todas igualmente prometedoras, pero comparten una intuición, y es que el aprendizaje puede organizarse de modo más local, temporal, dinámico, e incorporado en la propia actividad del sistema. Las PCNs, o predictive coding networks, son interesantes porque convierten la predicción y el error de predicción en la moneda de la red (¡al fin!). Equilibrium propagation sugiere que inferencia y aprendizaje pueden surgir de una misma dinámica. Feedback alignment muestra que no hace falta copiar de manera exacta los pesos de retroalimentación para asignar crédito útil. Forward-Forward intenta evitar el backward clásico. Las reglas de tres factores recuerdan que, en biología, la plasticidad, en vez de depender de dos neuronas que se activan juntas, se basa en señales moduladoras globales, como recompensa, sorpresa o novedad. 

Cada una de estas técnicas permite una modalidad de inteligencia distinta, pero al menos es algo. Si bien no es una red natural, es al menos una red más natural, y si bien “calcula”, no es que use spikes por estética, ni que la memoria esté congelada como un conjunto de pesos actualizados en enormes sesiones de entrenamiento. Al tener una memoria distribuida con plasticidad local, el error no será una señal abstracta que llega desde una pérdida global, y tendrá que implicar un aprendizaje que vaya más de ser un evento de fábrica a ser una propiedad permanente del estar-en-el-mundo del sistema, si queremos decirlo en términos casi heideggerianos. No importa, al menos en esto, que la red sea sintética, que esté hecha de silicio, memristores o cualquier otro sustrato, como quieren algunos fetichistas del carbono, sino que lo que importa es que sea más orgánica, o sea, que su organización una el cómputo con la memoria, y la acción con la modificación. Recuérdese que lo orgánico no significa biológico: puede ser sintético, pero el punto es que esté integrado, que no sea un mero artefacto que ni siquiera imite a un organismo. 

Aclaración: estas propuestas de sistemas neurales no llegan a los modelos biológicos, ni mucho menos; no solucionan varios de los problemas mencionados en los otros apartados de este mismo posteo, pero al menos son soluciones de simulación de características de los resultados de las redes neurales biológicas, siempre dentro del modelo de perceptrones. Sigamos...

Fuentes sobre la retropropagación y sus alternativas:

Ahora bien, una red puede volverse más temporal, local, eficiente, todo lo que se quiera, y aun así no tener mundo. Es decisivo que haya un eje en la agencia, y no que la agencia sea una mera simulación por imitación en ráfagas de procesos recursivos. Mucha gente confunde predicción con lo que hace un LLM al “predecir” tokens, pero en realidad no hay verdadera predicción aquí, como bien plantea Friston, ni siquiera en este sentido restringido. No hay en realidad salidas erróneas de la capa de salida, sino salidas más o menos parecidas en coherencia a lo escrito en los tokens ya existentes leídos por la capa de entrada. Es precisamente esa coherencia lo que queda en la forma del modelo: una fotocopia de la naturaleza del, Popper dixit, “mundo 3 humano”, y recién ahí una apariencia de reflexión del “mundo 2”, o sea de las consciencias y el pensamiento. Predecir tokens no es predecir el mundo. En active inference y predictive processing, el modelo generativo anticipa consecuencias sensoriales de acciones, minimiza errores de predicción y regula su acoplamiento con el entorno. Pezzulo, Friston y otros distinguen así entre la IA generativa pasiva y los organismos que adquieren y usan modelos generativos en interacción propositiva con el mundo. Sutton lo formula admirablemente: un world model debería permitir predecir qué va a pasar, no qué diría una persona. Si hace esto último sin lo primero, en realidad sólo estará recordando, sin siquiera saberlo, el patrón de comportamiento de personas pasadas, en base a sus producciones. La diferencia parece mínima pero es abismal.

Otra referencia inevitable, LeCun, propone algo cercano, aunque quizás desde un enfoque bastante más ingenieril, planteando world models (modelos basados en el mundo), sistemas de motivación intrínseca, JEPA, predicción en espacios latentes, etc. La idea de JEPA sería predecir representaciones y no quedarse en la generación superficial de píxeles o tokens, que sólo servirían teniendo que reconstruir cada detalle sensorial, que no es la idea. En vez de eso lo que se intenta es la captación de las variables latentes que estructuran el mundo. Está también Hasani con las liquid neural networks agregando otro ingrediente en esta salsa: modelos con dinámica continua capaces de adaptarse a entornos cambiantes. Luego están HOPE y Nested Learning, desde el lado de Google que, ni lento ni perezoso, apunta al aprendizaje continuo, a la memoria en base a la auto-modificación. Todas estas líneas son distintas; algunas siguen dentro del deep learning convencional, pero empujan contra la misma muralla del mainstream basado en el modelo estático, pasivo, entrenado de una vez y sin experiencia propia.

En resumen para esta cuestión: la verdadera IA predictiva fuerte tendría que tener agencia real en vez de agencia simulada. Agencia real significa que el sistema actúa, que sus acciones modifican el mundo, que el mismo mundo le devuelve error (que recién ahí aparece el direccionamiento de la observación, como en las redes neurales biológicas, humanas o no), que ese error actualice el modelo, y que el sistema aprenderá de las consecuencias, lo cual exige distinción del error y por ende una idea misma de verdad como adecuación a la realidad (sería gracioso, si no fuera triste, que los creadores de la IA neural hayan tenido que pensar en esto dándose un palazo ellos mismos contra ésta). Vale insistir: esto no exige necesariamente un robot humanoide que tenga corporeidad clásica, ya que puede haber agencia en entornos digitales, científicos, económicos o simulados; lo que sí exige es un lazo causal donde el output del sistema no sea un texto que se pierde en una pantalla, sino una intervención a la que se siga el rastro y le vuelva como evidencia. Sin eso la IA podrá parecer un científico escribiendo hipótesis, pero no será un científico, porque hará imitaciones de hipótesis, las que no podrá contrastar porque no tiene laboratorio propio, y no podrá abstraer porque no será capaz de discernir su objeto de estudio, ya que se lo habrán provisto.

Fuentes sobre los modelos del mundo:

En este nivel de análisis de las IA, llegamos a la cuestión del lenguaje. Esto, por su parte, exige un excurso, porque acá se juega una parte importante de la confusión contemporánea. Hinton ha dicho que las redes neuronales son mucho mejores procesando lenguaje que cualquier cosa producida por la escuela chomskyana, y en AI4 afirmó que entendemos el lenguaje de un modo muy similar al de los grandes modelos de lenguaje. En la entrevista del Nobel repitió que la escuela lingüística de Chomsky se equivoca al negar que estos sistemas entiendan. Esto puede leerse como una especie de giro wittgensteiniano implícito: el significado no estaría en una gramática innata y abstracta, sino en patrones de uso, en el aprendizaje de regularidades de contexto y en la participación efectiva en juegos del lenguaje. Y es tentador, porque Wittgenstein efectivamente desplaza el significado hacia el uso, las prácticas, los juegos de lenguaje y las formas de vida. Pero ahí está justamente el error: si uno invoca a Wittgenstein contra Chomsky para defender a los LLMs, no puede quedarse sólo con “uso” como regularidad estadística. En Wittgenstein, un juego de lenguaje no es un corpus de secuencias, sino una práctica que se teje con acciones, normas, criterios y formas de vida. Decir “el significado es uso” no equivale a decir “el significado es distribución”. El uso wittgensteiniano implica estar dentro de una actividad donde las palabras hacen cosas: ordenar, pedir, prometer, contar, medir, preguntar, obedecer, equivocarse, corregir. Por eso una lectura wittgensteiniana seria debería volverse contra Hinton: si los LLMs carecen de forma de vida, cuerpo, consecuencias prácticas propias y responsabilidad en el juego, entonces no basta con que reproduzcan muy bien patrones de uso lingüístico. En cualquier caso, la crítica a Chomsky es una caricaturización vulgar: Chomsky no sostuvo que “el lenguaje no se aprende”, como si un bebé naciera sabiendo español o japonés. 

Hinton convierte así una tesis compleja sobre la pobreza del estímulo, en una caricatura fácilmente celebrable por un público ya predispuesto a festejarle todo. El argumento chomskiano apunta, precisamente, a la explicación misma del desarrollo del lenguaje, y a la evidencia lingüística disponible de que el niño subdetermina ciertas competencias gramaticales, por lo cual la mente es la que guía el proceso aportando una estructura lógica universal previa, sin importar sus variantes y las posibles relaciones lógicas distintas (aunque no contradictorias) que aparecen en unos lenguajes y en otros no. Y no se refuta a Chomsky mostrando que una red gigantesca, entrenada con cantidades sobrehumanas de texto, produce lenguaje fluido. Un niño aprende lengua sin el corpus de internet, sin backprop, sin millones de actualizaciones sobre tokens, y lo hace con cuerpo y con una comunidad humana de corrección práctica. Esta comunidad no le enseña a manejar su cuerpo mediante entrenamiento sobre una tabula rasa, ni a entender las palabras mediante electroshocks y chocolates, como premios y castigos de un pre-entrenamiento conductista para guiar a la red neural del infante hasta la replicación de regularidades adecuadas, prácticas a posteriori, con las cuales entender el resto del lenguaje por entrenamiento. Y, sin embargo, el chico aprehende el mundo y aprende a entender las primeras palabras, contextualmente, lo cual sobra decir no puede ser producto de un condicionamiento previo que provenga del lenguaje, porque éste requiere palabras. Y, si es ajeno al lenguaje, entonces resulta paródica la reducción del aprendizaje de la lengua, a la lectura de Wittgenstein que hace Hinton. 

Fuentes sobre lenguaje y aprendizaje:

Ahora nos adentramos ya en el nivel de la noción de creatividad artificial que tocamos someramente arriba. Si por creatividad entendemos producir combinaciones nuevas, entonces obvio que sí: los modelos generan novedad. Si por creatividad entendemos producir hipótesis, formas, reglas o mundos que abren posibilidades no contenidas en el régimen estadístico existente, la cuestión es otra. El famoso model collapse muestra empíricamente que un sistema que se alimenta demasiado de su propio output pierde colas de la distribución: Shumailov y coautores muestran que los modelos entrenados recursivamente con datos generados por modelos tienden a olvidar la distribución original; Alemohammad y Baraniuk hablan directamente de autophagy disorder en modelos generativos; Bohacek y Farid estudian generadores de imágenes que se autoenvenenan; Martínez y otros analizan bucles entre IA generativa e internet. Gerstgrasser y Schaeffer muestran que mezclar y acumular datos reales y sintéticos puede evitar o reducir ciertos colapsos, sí, pero la lección general es la misma: la supuesta generación de la IA generativa es eco con emergencia de patrones. Sin datos frescos del mundo (humano o natural), donde se preserven las rarezas y se establezcan criterios de procedencia, la creatividad se reduce a un descubrimiento sofisticado de promedios estadísticos. Acá entrarían Bender, Gebru y Crawford: “Stochastic Parrots” apunta a una ecología de escala donde al devorarse corpus sin documentación adecuada, la IA oscurece las procedencias y el receptor confunde el tamaño con la comprensión. La autofagia informacional y la extracción material son dos caras de la misma expansión: el sistema absorbe patrones del mundo, lo convierte en datos, lo procesa, lo devuelve como outputs, y luego empieza a procesar sus propios residuos. La IA puede parecer inmaterial en la pantalla, pero su metabolismo es material y semiótico a la vez. Las novedades científicas creadas por IA son novedades sólo para el área científica contemplada, no para los criterios cognitivos humanos. Es sólo una cuestión de aplicaciones no descubiertas de criterios análogos utilizados en otras áreas, captados y reutilizados inconscientemente por la red artificial. No es el descubrimiento abductivo de criterios ulteriores del desarrollo científico. Nada de esto implica ser hater de la IA. De hecho, el planteo de los loros estocásticos viene no sólo de estos autores, y está implícito en casi todos los demás mencionados en los bloques anteriores.

Fuentes sobre autofagia y colapso del modelo:

Como se podrá notar a esta altura, todos los problemas precedentes no son independientes, y el que le sigue no lo es menos. Si fuera solamente un problema de eficiencia energética, de arquitectura computacional o de verdad epistémica, ya sería bastante. Pero no lo es. Una tecnología que entra en la producción, en la administración, en la guerra, en la educación, en la vigilancia, en los mercados culturales y en la decisión pública no puede juzgarse únicamente por su elegancia técnica ni por su productividad marginal. Una IA “estadísticamente competente” pero epistémicamente débil reorganizará a la sociedad en forma deletérea. No podrá servir de obstáculo que compense el daño que genere, y a los muchos perjudicados agregará un dilema del prisionero suicida para élites gobernantes y clases dominantes, sin que ni siquiera sus propietarios y administradores, de empresas privadas o públicas en pugna, puedan hacer nada para detenerlo salvo buscar maximizar sus probabilidades de supervivencia.

El primer problema es el laboral. El IMF calculó que en las economías avanzadas alrededor del 60% de los empleos podrían verse impactados por la IA, y que aproximadamente la mitad de esos empleos expuestos podrían beneficiarse por integración de IA, mientras que la otra mitad podría sufrir reducción de demanda laboral, menores salarios o desaparición de tareas. Esto no significa necesariamente “desempleo total inmediato”, que sería una caricatura, pero sí una reorganización del poder de negociación. Si la IA aumenta productividad en manos de quienes ya controlan capital, datos e infraestructura, pero reduce el valor relativo de ciertas competencias humanas, la consecuencia no sería simplemente desempleo. De por sí no es garantía que el aumento de productividad genere nueva demanda de empleo humano, si la tasa de demanda de nuevo trabajo artificial supera la demanda de trabajo humano. Pero, como si no bastara, para la mano de obra que permanezca ocupada, significará una disminución de la productividad marginal del trabajo humano asalariado (también del restante, pero en tanto a ese resto el ingreso le provenga de sus propiedades sobre capitales en base a IA, y éstos sigan teniendo demanda, que su trabajo pueda ser reemplazado les será indiferente). En consecuencia tendremos degradación de las tareas, presión salarial a la baja, precarización e intensificación laboral, vigilancia algorítmica y pérdida de autonomía profesional. La ILO, además, advierte que la exposición no se distribuye de manera uniforme: tareas administrativas, clericales y de oficina aparecen especialmente expuestas, y las mujeres pueden quedar más afectadas por su concentración en ocupaciones automatizables y su subrepresentación en áreas tecnológicas. La desigualdad no surge sólo porque unos pierdan el empleo y otros no; si algunos trabajadores son complementados por la IA y otros son convertidos en residuo funcional de sistemas automatizados, ambas partes perderán porque su mercado habrá ampliado el ejército de reserva de los desocupados, incluso aunque fueran asistidos con migajas de una renta básica universal en vez de una participación en las ganancias del capital. O, mejor dicho, quizás precisamente por ello, ya que matar de hambre a grandes porciones de población significaría una separación radical entre empleados y desempleados, de forma que la población con potencial de ser laboralmente activa se reduciría, paradójicamente, sin un subsidio, lo cual detendría el descenso interminable del salario, aunque sólo para unos pocos ocupados temerosos de caer a un pozo sin retorno. En cualquier caso, una competencia desregulada que forzara a pagar a un trabajador empleado con la productividad marginal del último de los desempleados de potencial reemplazo, significaría que el precio de equilibrio del menor salario caería por debajo de la línea de capacidad de subsistencia y reproducción social del trabajador en tanto tal, lo cual generaría, o bien una crisis cíclica constante en el mercado de trabajo por rotación irregular de mano de obra incapaz de completar eficazmente la jornada laboral, o bien una tragedia de los comunes de sobreexplotación que tomaría la forma de realimentación positiva entre tasa de desempleados en aumento y reducción de la productividad marginal del trabajador activo, a un nivel insuficiente para su sustento.

Acá conviene evitar dos simplificaciones simétricas. La primera es la fantasía tecnófila de que todo aumento de productividad se derrama naturalmente hacia salarios, tiempo libre o bienestar social. La segunda es el catastrofismo automático de imaginar que toda IA destruye trabajo en bloque. Lo más probable es una combinación desigual: sectores donde la IA aumente capacidades humanas, sectores donde las sustituya, sectores donde fragmente oficios complejos en microtareas supervisadas, y sectores donde el trabajador quedará convertido en operador o responsable legal de decisiones que en la práctica ya fueron preformateadas por sistemas opacos. Profesionales que antes deliberaban pasarán probablemente a validar outputs de modelos generativos. Docentes que antes formaban pasarían a solo detectar trampas. Periodistas que antes investigaban, a editar síntesis. Empleados administrativos que antes conocían procesos, a alimentar sistemas que luego los vuelvan prescindibles. Esto es deskilling, pero no en el viejo sentido industrial, sino en una pérdida de dominio cognitivo sobre el propio trabajo. Un general intellect en potencia, pero sólo para pocos. O bien para un disimulado y parasitario capital muerto encarnado en los modelos de lenguaje.

Ese proceso aumentaría la desigualdad social incluso si la productividad agregada sube. La OCDE viene señalando que los beneficios de la IA tienden a favorecer más a ocupaciones de altos ingresos, alta calificación y uso intensivo de computadoras, mientras que los trabajadores menos calificados o con menor capacidad de apropiación tecnológica pocas veces participan de la misma mejora salarial. En otras palabras: que puede reforzar una división entre quienes usan la IA como multiplicador del capital humano autónomo o ajeno, y quienes son medidos, monitoreados, reemplazados o disciplinados por ella. En una sociedad ya fragmentada, aumentará la existente desigualdad cognitiva, y en una forma nueva: no sólo desigualdad de capital cultural e intelectual, sino desigualdad en la capacidad de comprender y gobernar los sistemas que organizan la vida cotidiana, lo cual reducirá a prácticamente cero la posibilidad de crear medios de producción propios en economías paralelas sumergidas, y ya ni digamos para competir contra los mercados principales.

De acá pasamos al problema político. Una tecnología que ayuda a concentrar toda la infraestructura, manejo de datos, los modelos y capacidad de automatización en los pocos actores económicos que se mantengan en pie, tiende a concentrar también la influencia en el poder de decisión. Esto no ocurre únicamente en el sector privado por mayor posibilidad de sindicación y negociación de los empleadores con IA frente a los asalariados que utilizan IA, sino también para que estos actores económicos más reducidos y coordinados, operen mucho más fácilmente como factor de poder sin contrapesos frente al poder político, así como de los gobernantes de los diferentes poderes del Estado —en unión con sus partidos convertidos ya hoy en empresas políticas— por sobre el resto de sus burocracias subalternas. Para los Estados la IA sirve perfectamente para clasificar poblaciones, para predecir conductas, distribuir mejor beneficios, detectar riesgos rápidamente, vigilar fronteras, procesar inteligencia, producir propaganda, automatizar burocracias y hacer inaccesible las cuentas de responsabilidad. La frontera entre eficiencia administrativa y autoritarismo técnico terminaría de disolverse. Los sistemas automatizados permiten tomar decisiones a escala, con apariencia de neutralidad —o, mejor dicho, neutralidad para la eficiencia de un sistema hecho para pocos—, desplazando la deliberación hacia modelos que la ciudadanía no entiende, no controla y a menudo ni siquiera puede auditar. La anarquía y el autoritarismo no son opuestos absolutos en este punto: pueden alternarse o incluso combinarse. Por un lado, proliferarán herramientas de desinformación, estafas, deepfakes, ataques automatizados y erosión de la confianza pública, y, por el otro, se justificará más vigilancia y más control en nombre de contener ese caos. La IA ya está produciendo el incendio, y es obvio que producirá el extintor.

El International AI Safety Report describe este dilema con una expresión sombría: “evidence dilemma”. Los sistemas avanzan rápido, pero la evidencia sobre riesgos llega tarde, es difícil de evaluar y muchas veces aparece recién cuando el sistema ya fue desplegado. Si los gobiernos actúan demasiado temprano, pueden fijar regulaciones inútiles o capturadas, pero si esperan evidencia concluyente, pueden dejar a la sociedad expuesta a daños permanentes. Este dilema es político incluso para los grupos de poder: la velocidad privada de despliegue no coincide con la velocidad pública de comprensión. Y cuando una sociedad no entiende a tiempo una tecnología que la reorganiza (desempleo, desinformación, inseguridad y guerra), la institucionalización política de los conflictos queda en desventaja temporal. Deliberar requiere tiempo y la carrera armamentística de las big tech premia velocidad.

La dimensión geopolítica agrava todo lo anterior. Los Estados la leen como ventaja estratégica. La industria militar, la ciberseguridad, servicios de inteligencia, armamento autónomo, propaganda enemiga, automatización de la defensa nuclear, vigilancia satelital, etc., impiden poner un pie en el freno, y el dilema se extiende por ende a la esfera pública. Cada actor podrá presentar su aceleración como defensiva, pero todos saben que estarán compelidos a agredir si a corto plazo ganan más por hacerlo. SIPRI advierte que incluso aplicaciones militares no nucleares de IA pueden comprimir los tiempos de decisión y aumentar los riesgos de cálculos erróneos en crisis nucleares. Trabajos sobre LLMs en wargames muestran patrones de escalada difíciles de predecir y, en casos raros, incluso decisiones que llegan al uso de armas nucleares en simulación. El genocidio consciente a lo Skynet no es la peor amenaza, aunque este pueda ser parte de una fase de desarrollo. Bastaría ya con la automatización parcial de recomendaciones, los sesgos de confianza compulsivos en máquinas y las doctrinas militares que premien anticiparse al adversario, para extender fácilmente la destrucción del enemigo desde su población civil hasta a sus silos nucleares. Así como el poder civil se reduce frente al poder político-militar y sus diferentes complejos industriales, la aceleración en la cadena de decisión también hace disminuir el control humano, tanto de los altos mandos como los subordinados, sobre las operaciones manejadas con IA. En una crisis, si un sistema recomienda responder antes de que el adversario lo haga, y si el adversario usa sistemas parecidos, la estabilidad dependerá de modelos y sensores cuyas señales puedan ser erróneas o incompletas, o manipuladas. La IA tiende a erosionar todos los “firebreaks” humanos que enfrían la escalada: pausas por protocolo, demoras administrativas, ambigüedades a dilucidar, prudencias humanitarias y resistencias psicológicas. 

La inestabilidad política también puede venir por degradación del espacio público. Si los costos de producir texto, imágenes, audio y video convincentes tienden a cero, la confianza social se vuelve más cara de comprar, ya que la abundancia de contenido sintético, además de generar desinformación, genera cansancio cognitivo. No es mejor que la imposición de una mentira, el hacer que todos sospechen de todo. La adhesión fanática y el escepticismo apático llevan a caminos parecidos, y en cualquier caso mutuamente funcionales. La combinación de cinismo anárquico, donde nadie cree nada, y el autoritarismo epistémico, donde se pide a una autoridad fuerte que certifique qué es real, ha sido la fórmula perfecta para la imposición de controles inconstitucionales. El antecedente más cercano y conocido simultáneamente por todos los países del mundo, ha sido el de la última cuarentena global con confinamiento. Vale la pena repasarlo con un breve excurso. Recordemos cómo la información se manipuló para agigantar la emergencia sanitaria, la cual a su vez se priorizó por sobre todas las libertades civiles (las garantías para la integridad biológica personal frente a contraindicaciones y otros problemas médicos, el aislamiento preventivo por sobre la subsistencia económica y la salud psicológica), así como implicó medidas típicas de los autoritarismos y totalitarismos (instigación a la delación, inducción de la reacción mecánica ante el medio, y acusación de irresponsabilidad social al disidente). Mediante un discurso homogéneo de todos los medios de comunicación, se llegó a la conversión por colectivización de toda cuestión de salud personal en un problema de salud pública (de ahí a la imposición de un pasaporte interno, que luego sería usado como coacción para que se violara masivamente el Código de Nuremberg y la Declaración de Helsinki sobre experimentación humana, salvo fácticamente para minorías económicas y políticas que no dependían para subsistir de un pase sanitario o que no temían ninguna amenaza de cierre o despido). Si esta experiencia de disciplinamiento social, que logró doblegar y confinar a la mayor parte de la población civil, y cuya abyección humillante ha quedado como un trauma del que aun ahora es difícil hablar, ha sido posible sin inteligencia artificial, no cuesta imaginar lo que esos mismos poderes públicos y privados podrán hacer con una. La IA generativa, al degradar la frontera entre documento y ficción, contribuye a la privatización, tanto empresarial como partidaria, de la política y de la verdad pública, lo que lleva inmediatamente a su fragmentación inestable en facciones inorgánicas, y a la vez a su concentración en menor cantidad de agentes, a la vez que facilita y agiliza la gobernabilidad por encima de los mecanismos de contralor constitucional, así como por sobre la participación y deliberación democrática (los pocos que existen y tienen relevancia todavía), o sea, frente a libertades negativas y positivas por igual (Berlin dixit).

Como si faltara algo, queda la relación entre la economía de plataformas y el problema de la concentración económica y política. La desigualdad entre empleadores y empleados, gobernantes y gobernados, ya no será sólo distributiva de recursos materiales o de coacción, sino estratégica. Quien controla modelos de razonamiento, fabricación de chips, bases de datos y canales de distribución, acapara también capacidades de predicción y persuasión, así como vigilancia y coacción individualizadas y colectivas, con lo cual la soberanía tecnológica se vuelve condición de independencia material, y por lo mismo, tanto países como empresas como los mismos trabajadores sin acceso a infraestructura de IA, quedarán inevitablemente reducidos a consumidores, etiquetadores, fuentes gratuitas de datos o directamente devenidos en mercados cautivos. Esta es la forma normal en que opera el principio de Pareto: las tecnologías de propósito general reordenan las jerarquías contra las mayorías cuando requieren condiciones de concentración para la propiedad privada y el poder político.

Fuentes sobre las implicancias sociológicas, económicas, políticas y culturales:

El lock-in económico favorece la infraestructura dominante; la infraestructura dominante favorece modelos pasivos y masivos; los modelos pasivos y masivos tienen hambre de datos; el hambre de datos empuja al scraping y luego a la contaminación sintética; la contaminación sintética empobrece la ecología informacional; la falta de mundo obliga a simular agencia en texto; la falta de causalidad degrada la abducción a soluciones por fuerza bruta; la falta de validez endógena degrada la deducción a imitación de argumentación; la separación memoria-cómputo vuelve carísima la plasticidad continua; la lógica de mercado premia el despliegue útil antes que la comprensión fuerte. Esto prueba que el régimen actual está condenado, pero ese no es el peor problema: el peor problema es que sea un callejón sin salida.

La conclusión no tiene por qué ser, sin embargo, necesariamente “anti-IA”. Quizá sea una crítica a la pobreza de imaginar que esta IA es el destino de toda inteligencia artificial. Mi miedo no es que las máquinas no hagan nada, sino que hagan lo suficiente como para desplazar las preguntas correctas. Que escriban lo bastante bien como para hacernos olvidar la diferencia entre lenguaje y mundo. Que razonen lo bastante bien como para hacernos olvidar la diferencia entre probabilidad y validez. Que generen imágenes lo bastante pulcras como para hacernos olvidar la diferencia entre recombinación y creación. Que automaticen lo bastante como para hacernos olvidar la diferencia entre eficiencia particular y desarrollo general. Y que escalen lo bastante como para hacernos olvidar que relacionar no es comprender, así como fabricar no es crear.

Mientras tanto, la IA actual seguirá siendo un artefacto espectacular, pero sin cambiar por una inteligencia real, casi todos sus perjuicios quedarán intactos, y sus beneficios tenderán a una reducción constante. No se volverá pues una inteligencia en sentido fuerte, con una naturaleza inteligente. Y quizá lo más grave no sea que no la tenga, sino que su éxito nos haga dejar de querer construir algo que sí pueda.

Fuentes sobre el presente y futuro de la inteligencia artificial:

miércoles, 13 de mayo de 2026

Obsolescencia espontánea


Haré en este post dos cosas: un muy breve texto de presentación de autores más una reflexión propia, que repite algunos detalles clave de exposiciones previas mías sobre el mismo tema (muchas en este mismo blog), y luego el motivo de reflexión mismo, que no será otra cosa que un "copy&paste" de dos breves ensayos pedagógicos, de dos diferentes autores, que en este caso dicen lo mismo pero desde dos perspectivas diametralmente opuestas políticamente. Y aunque ambas sean igualmente progresistas en el sentido originario del término, su reconocimiento de la naturaleza de la modernidad tiene implicancias que considero un desafío para sus apologistas, así como también, me temo, para sus críticos. Empecemos.

Tendremos por un lado a Karl Polanyi defendiendo al ideal de la modernidad respecto a la realidad de la modernidad, siendo esta última la que paradojalmente se opondría a su realización. Mientras que Friedrich Hayek considerará como ideal esa misma realidad: la moderna sociedad, de masas, industrial, a la vez mercantil y burocrática. 

Tanto los tradicionalistas cristianos como los prometeos marxianos denostan ambas posiciones: lo que se escondería tras la búsqueda polanyiana del paraíso, en los cielos de la democracia política, sería una hipóstasis que requiere negar su origen en criaturitas igualadas por su egoísmo, mientras que el paraíso hayekiano del siglo XIX habría sido la libertad de lobos hobbesianos alienados, divididos entre inmensas minorías de beneficiarios y aun más enormes mayorías de perjudicados. Pero, en el fondo, ambas tesis dan la razón a unos y a otros, a la vez.

Polanyi ha criticado siempre la inhumanidad intrínseca de la compulsión a la cooperación social mediada por el egoísmo compulsivo, y a la deshumanización servil que la aventura del hambre compele, subordinando a los trabajadores en tanto productores al carácter nada humano de la producción industrial, en vez de a la inversa, haciendo la fábrica para el hombre. Sin embargo, considera que se puede separar al hombre pleno de una sociedad que lo afectaría, como si ésta no lo informara, y que bastara con tomar el control político de la sociedad para desde allí, desde alguna economía democrática, tomar las riendas sobre el automatismo de la industrializada sociedad de mercado, para reemplazarlo y que ésta no le deshumanice. Desde un pasado no tan remoto, Marx hubiera aclarado indirectamente el problema de la idea que Polanyi tenía del socialismo como una política democrática extendida, específicamente en Sobre la cuestión judía (al apuntar contra Rousseau) y los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (ídem contra Babeuf). Para ser honestos, el propio Polanyi se dio cuenta parcialmente del problema —y aunque su solución a la Lange era ingeniosa, resultaba una concesión incongruente— cuando vio que el problema volvía a ser la realidad socioeconómica del dirigismo (ni digamos de la planificación a lo Neurath), y que el voluntarismo político ni siquiera podía trazar un mapa en este asunto. Allí trató de salir del colectivismo implícito en la visión estatista del socialismo, esta última a su vez implícita en la democracia como política.

En cualquier caso, debemos rescatar el lado negativo de la tesis algo rudimentaria de Polanyi, en su comprensión intuitiva y límpida, casi de sentido común —perdido, pero común al fin, y en el mejor de los sentidos de la palabra—, de la relación entre la sociedad de mercado y la sociedad industrial, y la interconexión entre sus patologías, cual si representaran, respectivamente, un mismo universo: el mar espontáneo que constriñe a las personas a trabajar y relacionarse en función de esas islas de poder que son las empresas.

Paradójicamente, Hayek reconoce que la sociedad mercantil coacciona al individuo a la reclusión en el interés propio; admite que se coordina vía individuos convertidos en nodos de relaciones que generan información de lo económicamente útil a sus agentes (actores económicos, vale recordar, en términos capitalistas; pero eso lo naturaliza y parece dar a entender su carácter abstracto) mediante la búsqueda constante de la maximización de beneficio en la confrontación por regateo entre intereses, y que este egoísmo es el principio fundante de la sociedad moderna o extensa, esto es: es una necesidad sistémica, de la cual son parte, y un corolario inevitable, las unidades de producción en tanto organizaciones burocráticas, que se potencian en la subordinación a esta misma lógica, y que hacia adentro (las grandes empresas privadas) y hacia afuera (la gran empresa pública del gobierno) toman la forma de jerarquías despóticas.

Pero Hayek sabe encontrar una virtud de la necesidad, y culpa del error socialista (entendido específicamente como constructivismo social aplicado a una planificación total), no a aquellas mismas organizaciones empresariales y políticas de la modernidad, sino a ese demasiado humano sentimiento comunitario deseoso de reconstruir la familiaridad premercantil; esto es: de querer volver allí a través del ejemplo de las organizaciones modernas, sean capitalistas o estatales. Y esto es importante: no es que, como Popper, considere como un problema la artificialidad de este falso regreso (el totalitarismo como pseudo comunidad o “pseudo tribalismo), sino que él encuentra el problema en ese mismo regreso en general, y el único mal —inevitable— que encuentra en las instituciones jerárquico-burocráticas, es el de tentar a la humanidad a volver a la camaradería premoderna. Con una increíble condescendencia para con la naturaleza humana, nos sumerge, con británicos modos y británica simpleza, en un relato algo bastante infantil, por no decir maniqueo, de lo que es realmente una civilización, casi como si las grandes ciudades hubieran sido siempre metrópolis de acero y cemento, y la sofisticación cultural hubiera tenido alguna vez una relación de causalidad con la versión que las masas burguesas y cosmopolitas hicieran de lo civilizado. ¡Qué hubiera dicho Ortega! El en el fondo herético (herético respecto a Mises, por suerte; no frente a Wieser) heredero austríaco de la Escuela de Viena, concede algo importantísimo: su idea casi liberal-conservadora de tradición no tiene nada que ver con las sociedades tradicionales, y deja bien en claro que el orden de coordinación espontánea del que nos habla, no tiene nada que ver con orden natural, si por naturaleza entendemos algo que tenga que ver con el hombre. Ni surge espontáneamente de la convivencia humana, ni mucho menos de nuestras pulsiones que llevan siempre el sello de los arcaicos instintos humanos. O, en menos palabras, que frente a la poca grandeza de las originarias manadas humanas, es preferible crear la gran sociedad de un hormiguero, por la vía de un mecanismo de coordinación automática que no nos pide seamos hormigas, sino sólo que aparentemos serlo mientras adoptamos la sociabilidad de las cucarachas. Hayek no funda la sociedad moderna en el egoísmo psicológico o ético de tipo randiano, sino en una arquitectura institucional que exige que toda acción humana se realice como si el altruismo directo no pudiera organizar la cooperación social, precisamente porque es imposible dentro de la misma. La solidaridad queda desplazada del momento productivo y sólo puede reaparecer después, subordinada al dinero obtenido en el juego impersonal del mercado. Para la naturaleza humana esto es, literalmente, una situación del dilema del prisionero de tiempo completo con agentes rotativos.

La sociedad de mercado homogeniza la cooperación social en su forma comercial al decir de Smith: la vuelve indirecta, impersonal y ex post (en términos caros a Williamson). Esta cooperación sistémica se produce a través de una multiplicación de relaciones parciales de oposición, donde cada agente se encuentra obligado a tratar la necesidad del otro como una oportunidad de negociación, y la propia necesidad como una desventaja estratégica. La cooperación directa es vulnerable a la explotación unilateral. Si uno actúa solidariamente mientras el otro actúa estratégicamente, pueden ocurrir dos cosas. O bien la acción solidaria no estaba pautada, y entonces no tiene sentido esperar reciprocidad: en ese caso, quien coopera queda expuesto y quien defecciona difícilmente sufra una punición social significativa. O bien la solidaridad sí estaba pautada, pero entonces su eficacia queda localmente circunscripta: en general no repercute sobre la negociación con el resto de los agentes del mercado, que suelen ser anónimos o estar sometidos a una competencia más fuerte que cualquier compromiso particular. Por eso la conducta prudente, especialmente en los grandes centros urbanos, se vuelve defensiva, calculadora y apropiativa, aun entre individuos que subjetivamente no desearían vivir así; subjetividad que, además, tiende a decaer y adaptarse a esa objetividad social. En vez de una comunidad que distribuye funciones dentro de una pertenencia común, aparece una red de propietarios recíprocamente separados, cada uno obligado a convertir su poder de exclusión en medio de supervivencia. 

La sociedad de mercado puede entenderse como una red de cooperación ex post fundada en oposiciones vacías ex ante. En cada punto de contacto, los individuos se encuentran como partes separadas, portadoras de derechos de exclusión, necesidades privadas y poderes desiguales de negociación. La cooperación sólo emerge después, como resultado no querido de la puja mercantil. En este sentido, su sociabilidad se parece menos a un juego cooperativo que a una cadena de dilemas del prisionero con agentes rotativos: nadie necesita odiar al otro ni ser psicológicamente egoísta; basta con que cada uno sepa que la cooperación unilateral lo dejará expuesto y que, además, los costos de pautarla (dentro de la sociedad de mercado y con sus criterios de valoración monetaria) son altísimos. La forma social misma premia la conversión de la necesidad ajena en oportunidad estratégica. De ahí su afinidad formal y analógica con la tragedia de los anticomunes: la vida social queda fragmentada en poderes de exclusión que sólo pueden recomponerse mediante el precio, el contrato y el regateo. Lo común aparece, degradado, como subproducto de una coordinación entre propietarios separados, esto es: como interés público. No se trata entonces simplemente de que haya muchos propietarios aislados, sino de que la cooperación social queda descompuesta en poderes parciales de exclusión. Cada agente controla algo que los demás necesitan —trabajo, dinero, tierra, bienes, acceso, información, crédito— y la única forma general de recomponer esa fragmentación es mediante intercambio mercantil. La sociedad se integra, paradójicamente, a través de la separación. Incluso las fallas de mercado y el valor de los bienes públicos debe tasarse en términos privados. Y no cualquier término privado, sino el del cálculo de capital. El cálculo monetario en vez de cualquier otro cálculo (en especie, por ejemplo, que va directamente a la capa material de la economía), y la utilidad medida en términos lucrativos en vez de consuntivos, no significa un cambio en la forma de medir lo mismo: es un criterio de medición distinto, incomunicable. No implica sólo medios distintos, sino una modificación sustancial de los fines humanos, tanto a nivel individual en el agregado, como en su interconexión mutua colectiva. Por esto no bastaría con introducir localmente una intención solidaria dentro de la sociedad moderna: esa intención no puede coordinarse con el resto del sistema, porque el océano informativo de los precios no transmite valuaciones de fines y medios solidarios, sino resultados de pujas mercantiles. Sencillamente son el agua y el aceite. Tratar de hacer una valuación formal de la utilidad de la solidaridad en términos colaborativos no tiene ningún sentido: siempre que se haga en términos de una moneda será inseparable del intercambio y de la lógica capitalista. La solidaridad puede existir como excepción local, como enclave o como redistribución posterior del ingreso obtenido mercantilmente; pero no como principio general de coordinación mientras la reproducción social dependa de la forma precio, la propiedad separada y la competencia.

Excurso: la idea de bajar a la capa física mediante una valuación material de la utilidad en forma directa, sería análogo a tratar de seguir el rastro en las neuronas caso por caso el flujo de pensamiento de una red neuronal; aunque puedan llegar a verse gráficamente los procesos macro no se entendería por qué ha ocurrido tal o cual resultado particular salvo con un mapeo hecho por una red neural infinitamente más grande. Por todo esto —y probablemente también porque fue un heredero de Wieser, que ya buscaba un valor natural tras el cambio— es que Hayek coincidía con los marxistas en que no tiene sentido reconstruir una correspondencia transparente entre magnitudes sociales agregadas y utilidades concretas particulares, o en términos de Marx, trazar la relación concreta entre el valor de cambio de cada uno de los bienes (expresión de los cuantías de trabajo abstracto como medida de la utilidad mercantil) y las utilidades concretas (valores de uso cualitativamente coordinados) de los trabajos asociados a ellos, de forma de conocer el ajuste real entre una cosa y otra (recuérdese que en Marx la ley del valor sólo opera en la sociedad mercantil como materia de la forma del capital, y si de esta forma complejísima se pudieran medir en concreto las cuantías de valor —no con el estúpido criterio de medir los tiempos de trabajo con x criterio—, no sólo no servirían para coordinar ningún otro modo de producción que no generara esa relación de homoestasis de los precios a los valores, sino que además la medición haría inmediatamente innecesario el cálculo monetario, y se pasaría al cálculo in natura, por ende sin necesidad de subordinarse a una lógica capitalista para destilar la información para generar valores de cambio de cosas que se sabe cómo podrán destinarse.) O sea, para ambos, marxistas y wieserianos-hayekianos, el proceso concreto se trata de una caja negra, y si acaso se llegara a poder entender, entonces ya no se necesitaría su automatismo. Si acaso es real o no la visión marxista del valor como cuantía de trabajo, o se trata de otra cuantía distinta o más compleja, creo que no es relevante, al menos respecto al particular. Todavía más, si lo fuera, entonces no tendría sentido, precisamente por ello, exigir a los marxistas un rastreo empírico en el precio de un producto de la relación entre el valor y los “tiempos de trabajo socialmente necesario. Aunque intuyo que la esponja masiva de patrones de una IA generativa podría servir para dilucidar cómo el valor de cambio transmite información cualitativa al ecosistema económico, respecto a una misteriosa cualidad común coordinable con los valores de uso en cuanto su capacidad de cambio. Da igual si esa cosa común es como la definían los austríacos o los marxistas.

La sociedad capitalista (o sea, la sociedad de mercado operando institucionalmente de acuerdo a su naturaleza) no es un agregado de intercambios impersonales de dos en dos, sino una totalidad relacional de esos mismos intercambios polares. En ella cada intercambio local sólo adquiere sentido dentro de un cosmos económico previamente estructurado por la forma mercantil, como detallaba Weber con gran claridad. Cada relación mercantil parece diádica —comprador y vendedor, trabajador y empleador, acreedor y deudor—, pero en realidad es una terminal local de una totalidad abstracta. Nadie se enfrenta sólo a otro individuo: cada uno se enfrenta, a través del otro, con el sistema entero de precios, propiedad, competencia y necesidad monetaria. No es sólo que el capitalismo sea el producto de la acción humana pero no de la voluntad humana” (en realidad ningún orden socioeconómico lo es, pero en el caso capitalista su coordinación interna tampoco lo es), sino que el producto mismo de dicha acción existe siempre y necesariamente como previo a cada acción humana. Es el que determina sus premios y castigos, así como la forma de sus beneficios y pérdidas; sus medios y sus fines. No lo hacen, ni podrían hacerlo, otros individuos en forma aditiva al intercambiar con éste, sino un orden emergente a nivel colectivo a partir de esos intercambios. Sobra decir que este orden no emerge deducible en forma apriorística de los individuos partiendo de una autarquía abstracta y entrando en sociedad mediante intercambios solitarios (inexistentes como instancias tanto cronológicas como lógicas). Esto es: no hay un comportamiento social independiente de la sociedad misma, aunque las relaciones individualistas de intercambio tiendan a generar esa ilusión. Al confundir, como bien explica Sartori, la libertad económica personal con la libertad del mercado. La última es la libertad para las operaciones mercantiles posibles en tanto medios, pero no para los fines de elegir su forma de subsistencia, ya que las operaciones mercantiles en sí mismas y su uso maximizador de ingresos es compulsivo; los agentes están colocados en una posición que los compele entre sí a usar y cómo usar esas operaciones de regateo para obtener mutuamente lo que producen dentro de ese orden que no eligen ni dan forma. El orden espontáneo hayekiano es necesariamente un entramado social previo a la acción individual independiente. Aunque dependa de ésta para coordinarse, las condiciones de la acción individual toman previamente una forma específica (esto no significa que el individuo sea, en sí mismo, una ilusión sin ontología propia). Todo esto remite a una independencia del individuo en tanto propietario respecto a otros propietarios, no respecto a la sociedad misma. Para un liberal esto puede parecer un problema irresoluble del huevo y la gallina, y en parte lo es, pero no de la forma que éste imagina. Es claro que la forma originaria del entramado en el que surgieron los individuos de la sociedad mercantil, no era mercantil a su vez, sino que pasó a serlo sólo debido a un desarrollo histórico específico. ¿Y esto qué significa? Significa que dicho desarrollo no puede deducirse de un comportamiento agregado de individuos abstractos (ni del cambio a su vez agregado) que pudieran tener una naturaleza social independiente de la sociedad en la que existen, de la misma forma que la transformación de un sólido en líquido no se puede hacer partiendo de la agregación de cambios en el comportamiento de sus átomos. Pero sí, es cierto que existe, bajo la personalidad” social, un temperamento sociobiológico objetivo a tener en cuenta para hacer antropología social, pero resulta ser que no es precisamente el mercantil, como bien admite aquí debajo Hayek. 

El hombre pasó pues de una coordinación consciente ex ante dentro de economías cerradas y locales basadas en la adaptación a la tradición y la propiedad familiar y/o corporativa, hacia su reverso: una coordinación espontánea en una cada vez más global y masiva economía abierta (“orden espontáneo” aquí, “proceso del capital” allá) basada netamente en el dinero. Fueron transformaciones graduales con saltos cualitativos o de estado (mediadas tecnológica, política, cultural, religiosa y espiritualmente) las que llevaron a la irrupción de la sociedad de mercado. Por lo mismo, pensar la sociedad como producto uniforme de una acción individual interpersonal abstracta —sea en su desarrollo o en su coordinación—, termina siendo siempre corolario de una visión homogénea de la historia de la cooperación social no instintiva. 

En su versión más ingenua, la “robinsonada”, toda cooperación de suma positiva aparece como intercambio (como circulación de tipo mercantil), y la sociedad como una suma creciente de asociaciones basada en el interés de especializarse en la división del trabajo. En esta idea, la posibilidad de complejizar la división del trabajo, por un lado, y la motivación de mercar como medio para fines privados no mutuamente pautados, por el otro, preceden y son condición de toda relación social económica. En el fondo, esta visión miseana de lo económico puede ampliarse fuera de los intercambios de bienes, pero en realidad no resulta realmente mejor que la del homo oeconomicus de la teoría de la elección racional, ya que la trampa se ha hecho previamente: la relación social se concibe ahora como resultado de un intercambio de medios por intereses; en vez de hacer un reduccionismo del comportamiento humano, se reduce la naturaleza de la relación social misma. He aquí el pequeño gran salto sociológico de la comprensión estructural al formalismo relacional. Con un pequeño malabar metodológico —del tipo que las complementarias críticas de Mark Blaug, Robert Nozick, Scott Scheall y Perluigi Barrotta al apriorismo, ayudan a detectar—, los individuos en este modelo apriorístico pueden, sí, contemplarse económicamente incluso en forma no mercantil, pero siempre y cuando se incluyan mutuamente, en tanto personas, dentro del universo de los fines de su acción, cual si fueran una empresa solidaria. Y esto, debemos recordar, siempre se haría a posteriori de la instancia lógica previa que es su encuentro en un espacio público de relaciones sociales al que ahora puede incluirse dentro de un concepto amplio de mercado. Ocurre así, precisamente, porque toda interacción humana libre queda, para ser inteligible dentro de ese modelo, edificada sobre un sustrato base que es la forma mercantil de intercambio instrumental, recién desde la cual pueden ser leídas a su vez como libres las relaciones no basadas en el intercambio: familiares, de amistad, comunitarias, etc. Las relaciones tribales, familiares, amistosas, corporativas o comunales, no desaparecen, pero sólo ingresan en el campo de inteligibilidad en tanto objetos de preferencia, fines subjetivos o medios para fines; es decir, quedan traducidas a la gramática formal de la acción individual abstracta; y sólo son plenamente inteligibles como cooperación social libre, simétrica y no hegemónica o coercitiva, cuando pueden traducirse a la forma del intercambio o del vínculo contractual. Sólo son considerados construidos sobre la libre voluntad si son producto de una asociación contractual en vez de estatuaria, y la relación contractual a su vez es entendida como tal sobre la mediación de una negociación basada en un intercambio do ut des, siendo todo lo demás relaciones de mando y subordinación. Éste es el punto donde más se nos evidencia la flojedad teórica de su experimento mental. La consecuencia absurda de llevar hasta el final esta dicotomía sería que, para ser válida, toda la historia precapitalista debería ser analizada como una suma de pequeñas economías planificadas y también además esclavistas, y todas estas aldeas y villas que constituyeron la mayor parte de la historia económica de la humanidad (para que el lego tenga una introducción rápida y muy útil respecto a este punto, recomiendo Los sistemas económicos de Joseph Lajugie), deberían ser pequeños universos coordinados por una suerte de subordinación jerárquica, siendo además la familia, llevando al extremo esta lógica, una suerte de pequeña esclavitud patriarcal. Si la planificación es siempre vista en forma centralizada, necesariamente la coordinación de la producción y la circulación deberá ser jerárquica. En sus obras más sociológicas, todavía cercanas al clima weberiano, concebía la posibilidad opuesta de que se pudiera hacer, dentro de al menos el modelo doméstico, un seguimiento consciente de todos los procesos de producción de comienzo a fin. La mente del Mises de Human Action, en cambio, vuelve imposible explicar, en sus propios términos, como formas de cooperación libre no contractual y no mercantil, a las economías de parentesco aunque reconozca su existencia, pues eran organizadas tradicionalmente y en forma pautada por todos los productores dentro de una economía de reciprocidad, y no por una suerte de junta de planificación formada por consejos de ancianos (que además debería de haber fracasado). En tanto la propiedad privada y su forma burguesa casi no son distinguidas por el autor, el resultado de esta intuición distorsionada dejaba servido el camino hacia la radicalización rothbardiana. En cualquiera de las variantes de esta modelización axiomática, permanece oculto al observador que se ha hecho un acto de prestidigitación con la idea de praxeología, para poder desintegrar en un agregado de causas individuales, autárquicas en esta primera instancia lógica (no necesariamente cronológica), al espacio público del mercado, y luego analizar toda división del trabajo, que sería la supuesta base que explica estas asociaciones, no ya desde el prisma de la división social del trabajo como forma histórico-institucional concreta determinada por motivos cultural-estructurales, socio-tecnológicos, etc. (o sea: no ya desde las relaciones de producción que determinen la circulación), sino proyectando sobre la entera historia de la cooperación humana, la lógica abstracta de especialización productiva y ventaja recíproca como trasfondo (o sea: proyectando sobre una única forma de circulación la determinación de la forma de las relaciones de producción); lógica que reproduce, en el plano de la teoría social, el criterio intra-fabril de la industria moderna, y además no mercantil sino socialmente consciente en su coordinación, de la división técnica del trabajo, esto es: la forma en que la empresa moderna organiza internamente su porción de la división social del trabajo desde el advenimiento del capitalismo.

Luego, finalmente, en la versión más sofisticada de la deducción individualista agregada, encontramos la del Hayek de Individualism and Economic Order, evolucionista al estilo de Hume, Smith y Ferguson, donde el orden mercantil aparece como resultado de una selección gradual, análoga a la darwiniana, de reglas abstractas “morales” evolucionadas (otra forma de referirse a la metaética moderna y el derecho burgués) que habrían desplazado la cooperación comunitaria inmediata y habrían permitido realizar el anhelo —¿preexistente?— de una fructífera cooperación instrumental entre desconocidos. Como se puede ver, también en este caso queda oscurecido el salto histórico-cualitativo por el cual una forma específica de cooperación —monetaria, contractual, propietaria y competitiva— habría podido pasar a presentarse como la forma general de la cooperación social, ya que la mera selección de normas como mejores para explicar la transición, no es sólo una petición de principio, sino que no puede explicar los saltos de un cosmos jurídico-económico a otro cualitativamente distinto, por necesidad superpuestos en la metamorfosis histórica (esto cabría mejor dejárselo a la teoría de sistemas, v.g. Bertalanffy, etc.) La selección de normas por éxito adaptativo puede explicar por qué ciertas prácticas se estabilizan o se difunden, pero no basta por sí sola para reconstruir el salto histórico-cualitativo por el cual un ecosistema social queda reorganizado bajo la forma mercantil generalizada.

Dicho todo esto, ya, pasemos a los ensayos. 
Veamos: al primero hay que leerlo sin intentar buscar pelos en la sopa, porque se los va a encontrar, y al segundo hay que leerlo sin suponer que no está diciendo algo más profundo entre líneas, porque allí cada oración es un enunciado independiente. El primero, en su aparente simpleza, muestra algo que nos resulta difícil de llegar a percibir; el segundo, en su aparente facilidad, dice cosas muy complicadas de entender. 
El diablo está en los detalles.







NUESTRA OBSOLETA MENTALIDAD DE MERCADO

Karl Polanyi


El primer siglo de la era de la máquina va a concluir entre ansiedades y temores. Su fabuloso éxito material obedeció a la espontánea y entusiasta subordinación del hombre a las exigencias de la máquina. En efecto, el capitalismo liberal fue la respuesta inicial del hombre al reto de la revolución industrial. A fin de usar maquinarias complejas y potentes, transformamos la economía humana en un sistema de mercados autorregulados y permitimos que esta extraña innovación modelara nuestros pensamientos y nuestros valores.

Hemos empezado a dudar de la veracidad de algunos de esos pensamientos y de la validez de algunos de esos valores. Es dudoso que aún exista el capitalismo liberal, incluso en los Estados Unidos. Volvemos a enfrentar el problema de organizar la vida humana en la sociedad de las máquinas. Bajo el desgastado tejido del capitalismo competitivo se adivina el prodigio de una civilización industrial, con su paralizante división del trabajo, la nivelación de la vida, la primacía del mecanismo sobre el organismo y de la organización sobre la espontaneidad. En la misma ciencia acecha la locura. Esta es nuestra constante preocupación.

La simple negación de los ideales del siglo pasado no puede señalar el camino. Debemos desafiar el futuro, aunque esto nos lleve a modificar la posición de la industria en la sociedad para que sea posible asimilar la extraña realidad de la máquina. La búsqueda de la democracia industrial no es solamente la búsqueda de una solución para los problemas del capitalismo, como imagina la mayoría de las personas. Es la búsqueda de una respuesta a la misma industria. Este es el problema concreto de nuestra civilización. La creación de un nuevo orden requiere una libertad interior para la que estamos mal preparados. Hemos sido reducidos a la impotencia por la herencia de una economía de mercado que transmite concepciones simplistas sobre la función y el papel del sistema económico en la sociedad. Para superar la crisis debemos recobrar una visión más realista del mundo humano y moldear nuestro intento común a la luz de ese conocimiento.

El industrialismo es un injerto precario sobre la milenaria existencia humana. El resultado de tal experimento está sobre la balanza. Pero el hombre no es un ser simple y puede morir de muchos modos. El tema de la libertad individual, planteado con tanta pasión por nuestra generación, no es más que un aspecto de ese angustioso problema. En realidad, hace parte de una necesidad más vasta y profunda, la necesidad de una nueva respuesta al reto global de la máquina.

Nuestra situación actual puede resumirse así: la civilización industrial puede destruir al hombre. Pero como no se puede, no se quiere y no se debería descartar voluntariamente la eventualidad de un ambiente cada vez más artificial, para que el hombre siga viviendo sobre la tierra debe resolverse el problema de adaptar la vida a las exigencias de la existencia humana en dicho contexto. Nadie puede saber por anticipado si esa adaptación es posible o si el hombre perecerá en el intento. Por eso nuestra preocupación asume tintes melancólicos.

Mientras tanto ha culminado la primera fase de la era de la máquina. Esta trajo como consecuencia una organización de la sociedad que tomó su nombre de su institución básica: el mercado. Ese sistema está en decadencia. No obstante, nuestra filosofía práctica ha sido profundamente modelada por ese episodio excepcional. Sus nuevas nociones acerca del hombre y de la sociedad se volvieron comunes y alcanzaron el estatus de axiomas. Con respecto al hombre, fue obligatorio aceptar la herejía de que sus motivaciones pueden ser "materiales" o "ideales" y que los incentivos alrededor de los cuales organiza su vida material son "materiales". El liberalismo utilitarista y el marxismo popular comparten esta concepción. Con respecto a la sociedad, se propuso la doctrina análoga de que las instituciones están determinadas por el sistema económico. Esta opinión era más popular entre los marxistas que entre los liberales.

Es obvio que en una economía de mercado ambas afirmaciones eran verdaderas. Pero sólo en una economía de ese tipo. Con respecto al pasado, una concepción semejante no es más que un anacronismo. Con respecto al futuro, un mero prejuicio. No obstante, bajo la influencia de las escuelas de pensamiento contemporáneas, reforzada por la autoridad de la ciencia y de la religión, de la política y de los negocios, esos fenómenos rigurosamente delimitados en el tiempo terminaron considerándose eternos, trascendentes a la época del mercado. Para superar tales doctrinas, que nublan nuestra mente y nuestro espíritu, y hacen aún más difícil la rectificación necesaria para preservar la vida, es necesario reformar nuestra conciencia.

La sociedad de mercado

El surgimiento del laissez faire fue un trauma para la visión que el hombre civilizado tenía de sí mismo y jamás se ha recobrado por completo de sus efectos. Sólo poco a poco vamos comprendiendo qué nos ocurrió hace apenas un siglo.

La economía liberal, esa reacción inicial del hombre a su enfrentamiento con la máquina, fue una ruptura violenta con las condiciones precedentes. Comenzó una reacción en cadena, aquellos que antes no eran más que mercados aislados se transformaron en un sistema de mercados autorregulados. Y con la nueva economía, nació una nueva sociedad. El paso esencial fue el siguiente: el trabajo y la tierra fueron transformados en mercancías, es decir fueron tratados como si hubiesen sido producidos para ser vendidos. Es obvio que no eran mercancías porque no habían sido totalmente producidos (como la tierra) o, en el caso contrario, no habían sido producidos para ser vendidos (como el trabajo). No obstante, se trató de la ficción más eficaz jamás imaginada. Adquiriendo y vendiendo libremente el trabajo y la tierra, se logró aplicarles el mecanismo del mercado. Ahora había oferta y demanda de trabajo, oferta y demanda de tierra. En consecuencia, había un precio de mercado, llamado salario, para el uso de la fuerza de trabajo y un precio de mercado, llamado renta, para el uso de la tierra. El trabajo y la tierra tenían mercados propios, en forma análoga a las verdaderas mercancías, que se producían con su contribución. Se puede entender todo el alcance de ese paso si se recuerda que "trabajo" no es más que un sinónimo de "hombre" y "tierra" no es más que un sinónimo de "naturaleza". La ficción de la mercancía ha sometido el destino del hombre y de la naturaleza al juego de un autómata que se mueve por sus propias normas y se rige por sus propias leyes.

Hasta entonces jamás se había visto algo semejante. En el régimen mercantilista se defendía abiertamente la creación de los mercados pero se operaba bajo el principio opuesto. El trabajo y la tierra no estaban sometidos al mercado, eran parte de la estructura orgánica de la sociedad. Allí donde la tierra era comerciable, por regla general las partes sólo determinaban el precio; allí donde el trabajo era objeto de contrato, la autoridad pública usualmente fijaba los salarios. La tierra estaba sujeta a las reglas consuetudinarias del feudo, del monasterio y de la aldea, así como a las limitaciones que el derecho común imponía al uso de bienes inmuebles; el trabajo estaba regulado por leyes contra la mendicidad y la vagancia, por estatutos de trabajadores y artesanos, por leyes de pobres, por edictos municipales y por corporaciones de oficios. En efecto, todas las sociedades conocidas por los antropólogos y por los historiadores restringían los mercados a las mercancías en sentido estricto.

La economía de mercado creó entonces un nuevo tipo de sociedad. El sistema económico o productivo quedó sometido a un mecanismo que operaba en forma autónoma. Un mecanismo institucional controlaba a los seres humanos en el desarrollo de sus actividades cotidianas, igual que a los recursos humanos. Este instrumento del bienestar material sólo era controlado por los incentivos del hambre y de la ganancia o, más precisamente, por el temor a carecer de los medios indispensables para la existencia y por las expectativas de beneficio. Mientras que todos aquellos que carecían de propiedad fueran obligados a vender su trabajo para satisfacer su necesidad de alimento, y mientras que todos aquellos que tenían propiedades fueran libres de comprar en los mercados más baratos y vender en los más caros, la ciega máquina seguiría arrojando cantidades siempre mayores de mercancías en beneficio de la raza humana. El temor de los trabajadores a la miseria y la avidez de los empleadores por lograr beneficios mantendrían en pie ese enorme aparato.

Este fue el origen de una "esfera económica" nítidamente delimitada de las demás instituciones de la sociedad. Puesto que ningún grupo humano puede sobrevivir sin un aparato productivo, su incorporación en una esfera distinta y separada llevó a que el "resto" de la sociedad dependiera de esta esfera. Esta zona autónoma era regulada por un mecanismo que controlaba su funcionamiento. Así, el mecanismo de mercado se volvió determinante para la vida del cuerpo social. No debe extrañar que la organización humana resultante fuese una sociedad "económica" hasta un punto jamás imaginado. Las "motivaciones económicas" reinaron soberanas en un mundo que les era propio, y los individuos se vieron obligados a aceptarlos para no ser abatidos por el monstruo del mercado. Esa conversión forzada a una concepción utilitarista deformó fatalmente la percepción que el hombre occidental tenía de sí mismo.

Este nuevo mundo de "motivaciones económicas" se basó en un engaño. En sí mismos, el hambre y la ganancia no son más "económicos" que el amor y el odio, que el orgullo o el prejuicio. Ninguna motivación económica es económica en sí misma. No existe una experiencia económica sui generis, en el sentido en que el hombre puede tener una experiencia religiosa, estética o sexual. Estas últimas crean motivaciones que usualmente suscitan experiencias análogas. Con respecto a la producción material, el término "motivación económica" carece de significado inmediato.

El factor económico, que está en la base de toda vida social, no genera ningún incentivo definido, como tampoco lo genera la ley igualmente universal de la gravitación. Si no comemos morimos, es cierto; también moriríamos si nos aplasta una roca. Pero los mordiscos del hambre no se traducen automáticamente en un incentivo para producir. La producción no es un acto individual sino colectivo. El hecho de que un individuo tenga hambre no determina cómo actúa; presa de la desesperación, podría saquear o robar pero es difícil calificar a estas actividades como productivas. Para el hombre, el animal político, todo está dado por las circunstancias sociales, no por las circunstancias naturales. Lo que en el siglo diecinueve llevó a concebir el hambre y la ganancia como "económicos" fue simplemente la organización de la producción en una economía de mercado.

El hambre y la ganancia están ligados a la producción por la exigencia de "obtener un ingreso". En efecto, para que en un sistema de este tipo el hombre mantenga su vida, está obligado a conseguir los bienes en el mercado con un ingreso derivado de la venta de otros bienes en el mercado. El nombre de estos ingresos -salario, renta, interés- difiere según lo que se venda: el uso de la fuerza de trabajo, de la tierra o del dinero; el ingreso que se denomina beneficio -la remuneración del empresario- proviene de la venta de bienes que obtienen un precio mayor que los bienes que sirven para producirlos. Por tanto, todos los ingresos provienen de las ventas, y todas las ventas contribuyen directa o indirectamente a la producción. Esta última, en realidad, es accidental con respecto a la obtención de ingresos. Cuando un individuo "obtiene un ingreso", contribuye automáticamente a la producción. Obviamente, el sistema sólo funciona cuando los individuos tienen un motivo para dedicarse a la actividad de obtener ingresos. Los impulsos del hambre y de la ganancia -por separado y en conjunto- le proporcionan este motivo. Estas dos motivaciones son, así, integradas al mecanismo de la producción y en consecuencia, se consideran "económicas". La apariencia lleva a pensar que el hambre y la ganancia son los incentivos en que debe basarse cualquier sistema económico. Pero esto carece de todo fundamento. Cuando se recorre la historia de las sociedades humanas se constata que el hambre y la ganancia no se utilizan como incentivos para la producción y que, cuando lo son, están entrelazadas a otras fuertes motivaciones.

Aristóteles tenía razón: el hombre es un ser social, no un ser económico. Adquiere posesiones materiales no tanto para satisfacer su interés individual como para lograr reconocimiento, estatus y ventajas sociales. Valora la posesión de bienes en tanto medio para lograr esos fines. Sus incentivos tienen esa naturaleza "mixta" que asociamos al esfuerzo por lograr la aprobación social, las actividades productivas son accidentales con respecto a este fin. La economía del hombre, por regla general, está inmersa en sus relaciones sociales. El paso a una sociedad que estaba inmersa en el sistema económico constituyó una evolución completamente novedosa.

Comprendo que en este punto se deben presentar pruebas basadas en los hechos. En primer lugar están los descubrimientos de las economías primitivas. Dos nombres sobresalen entre otros: Bronislaw Malinowski y Richard Thurnwald. Ellos y algunos otros investigadores revolucionaron nuestras concepciones en este campo y, con esto, fundaron una nueva disciplina. El mito del salvaje individualista fue derribado hace mucho tiempo. No existe ninguna prueba del egoísmo primitivo, ni de la apócrifa propensión al trueque, al intercambio o al comercio, ni tampoco de la tendencia a abastecerse a sí mismo. También quedó desacreditada la leyenda de la psicología comunista del salvaje, de su presunta indiferencia a sus intereses personales. (En esencia, el hombre ha sido idéntico en todas las épocas. Si se consideran sus instituciones no aisladamente sino en su interrelación, se constata que el hombre se comportaba en una forma completamente comprensible para nosotros). Lo que parecía "comunismo" era el hecho de que el sistema productivo o económico estaba organizado en tal forma que ningún individuo quedaba expuesto a la amenaza de la indigencia. Cada quien tenía asegurado su lugar alrededor de la lumbre y su cuota de recursos comunes, cualquiera que hubiese sido su contribución a la caza, al pastoreo, al cultivo de la tierra o a la horticultura. Veamos algunos ejemplos: en el sistema kraal del Kaffir "la privación es imposible; quien necesita ayuda la recibe en forma automática" [Mair, L. P., An African People in the Twentieth Century]. Ningún kwakiutl "ha corrido jamás el riesgo de padecer hambre" [Loeb, E., M. The Distribution and Function of Money in Early Society]. "En las sociedades que viven al margen de la subsistencia no existe el hambre" [Herskovits, J. M. The Economic Life of Primitive Peoples]. En efecto, el individuo no corre el riesgo de padecer hambre, excepto cuando la comunidad en su conjunto se encuentra en esa situación. Esta ausencia de miseria individual en la sociedad primitiva en cierto sentido la hace más humana y al mismo tiempo, menos "económica" que la del siglo diecinueve.

Esto es válido también para el incentivo de la ganancia individual. Nos apoyaremos en otras citas: "El rasgo característico de las economías primitivas es la ausencia de cualquier deseo de obtener beneficios en la producción y en el intercambio" [Thurnwald, Economics in Primitive Communities]. "La ganancia, que en las comunidades más civilizadas constituye a menudo el estímulo para el trabajo, jamás es un estímulo para el trabajo en las condiciones indígenas originales" [Malinowski, Los argonautas del Pacífico Occidental]. Si los llamados móviles económicos fuesen connaturales al hombre, deberíamos considerar totalmente innaturales a todas las sociedades primitivas.

En segundo lugar, desde esta perspectiva no hay ninguna diferencia entre la sociedad primitiva y la civilizada. Tomemos la antigua ciudad estado, el imperio despótico, el feudalismo, la vida urbana del siglo trece, el régimen mercantil del siglo catorce o el sistema reglamentista del siglo dieciocho: constataremos invariablemente que el sistema económico se funde con el social. Los incentivos provienen de causas diversas: la costumbre y la tradición, los deberes públicos y los compromisos privados, los preceptos religiosos y la obediencia política, las obligaciones jurídicas y los reglamentos administrativos establecidos por el príncipe, por la autoridad municipal o por la corporación de oficios. El rango y el estatus, la coacción de la ley y la amenaza del castigo, el elogio público y la reputación privada sí hacen que el individuo contribuya a la producción. El temor a la privación o el amor al beneficio no necesariamente están ausentes. Los mercados aparecen en todo tipo de sociedad humana y la figura del mercader es familiar a muchas civilizaciones. Pero los mercados aislados no se sueldan en un sistema económico. La ganancia motivaba a los mercaderes, como el valor a los caballeros, la piedad a los sacerdotes y el amor propio a los artesanos. La idea de universalizar el móvil de la ganancia jamás pasó por la cabeza de nuestros antepasados. Antes del segundo cuarto del siglo diecinueve, los mercados jamás fueron más que un elemento subordinado de la sociedad.

En tercer lugar vemos la perturbadora rapidez de la transformación. El predominio de los mercados se manifestó no en el plano de la cantidad sino en el de la calidad. Los mercados que permitían que los núcleos de la economía familiar -de otra parte autosuficientes- vendieran sus excedentes no orientaban la producción ni proporcionaban un beneficio al productor. La economía de mercado es el único caso en que todos los ingresos provienen de las ventas y las mercancías se obtienen exclusivamente mediante la compra. En Inglaterra surgió un mercado libre de trabajo sólo apenas hace un siglo. La célebre reforma de la Ley de Pobres (1834) abolió las disposiciones sumarias que los gobiernos patriarcales habían establecido en favor de los pobres. Los hospicios para los pobres fueron transformados de refugios para los indigentes en lugares de infamia y de tortura psicológica, peores incluso que el hambre y la miseria. A los pobres sólo les quedaba una alternativa: la indigencia o el trabajo. Así fue como se creó un mercado nacional competitivo para la mano de obra. Un decenio después, la Bank Act (1844) estableció el principio del sistema monetario basado en el oro, la creación de moneda fue substraída al gobierno sin tener en cuenta las repercusiones sobre el nivel de empleo. Simultáneamente, la reforma de las leyes de tierras movilizó a los propietarios y la revocatoria de las leyes sobre cereales (1846) creó un pool mundial del grano, que dejó a los cultivadores del continente, privados de protección, en manos del mercado. Así fueron establecidos los tres dogmas del liberalismo económico, principio organizador de la economía de mercado: el trabajo debía encontrar su propio precio en el mercado; el dinero debía ser proporcionado por un mecanismo autorregulado; las mercancías debían ser libres para circular de un país a otro sin tener en cuenta las consecuencias; en suma, el mercado de trabajo, el patrón oro y el libre cambio. Se indujo un proceso que se autoalimentaba, por efecto del cual la inocua estructura de mercado se expandió hasta convertirse en una monstruosidad desde el punto de vista sociológico.

Estos hechos esbozan brevemente la genealogía de una sociedad "económica". En tales condiciones, el mundo humano parece estar determinado por motivaciones "económicas". Es fácil comprender el porqué. Se toma una motivación cualquiera y la producción se organiza de tal modo que esta motivación es el incentivo individual para producir; se obtendrá un cuadro del hombre completamente absorbido por esta motivación particular. Supongamos que la motivación sea religiosa, política o estética; supongamos que sea el orgullo, el prejuicio, el amor o la envidia; y el hombre parecerá ser esencialmente religioso, político, estético, orgulloso, prejuiciado, lleno de amor o repleto de envidia. Cualquier motivación diferente, por el contrario, parecerá remota y abstracta, puesto que no jugará ningún papel en la actividad productiva. La motivación particular que se escogió de antemano representará al hombre "real".

En la realidad, sin embargo, los seres humanos trabajarán por las razones más diversas, siempre que las cosas se dispongan del modo apropiado. Los monjes comerciaban por razones ligadas a la religión y los monasterios se convirtieron en los principales centros comerciales europeos. El comercio kula de las islas Trobriand, una de las más complicadas formas de trueque que se conozcan, es ante todo una ocupación estética. La economía feudal se regía por criterios consuetudinarios. Parece que en los kwakiutl, el objetivo principal de la industria es respetar las cuestiones de honor. Bajo el despotismo mercantil, la industria se ponía a menudo al servicio del poder y de la gloria. En consecuencia, tendemos a pensar que los monjes o los vasallos, los habitantes de la Melanesia Occidental, los kwakiutl o los estadistas del siglo diecisiete eran motivados por la religión, por la estética, por la costumbre, por el honor o por la política.

En el régimen capitalista, todo individuo debe obtener un ingreso. Si es un trabajador debe vender su trabajo a los precios corrientes; si es un propietario, debe obtener el máximo beneficio posible, pues su posición social depende de su nivel de ingresos. El hambre y la ganancia -así sea como meros formalismos- impulsan a los individuos a arar y a sembrar a hilar y a tejer a extraer carbón de las minas y a pilotear aviones. Por lo tanto, los miembros de dicha sociedad creen estar dirigidos por estas dos motivaciones. En realidad, el hombre jamás fue tan egoísta como querría esta teoría; aunque el mecanismo de mercado haya traído a escena su dependencia de los bienes materiales, sus móviles "económicos" jamás han constituido su único incentivo para trabajar. Los economistas y los moralistas utilitaristas lo han exhortado en vano a eliminar de sus asuntos toda motivación distinta de las "materiales". Pero una observación más atenta revela que el hombre actúa por motivaciones "mixtas", sin excluir las que tienen que ver con el deber para consigo mismo y con los otros, y quizá también disfrutando secretamente del trabajo.

A pesar de ello, nos ocupamos no de las motivaciones efectivas sino de las motivaciones supuestas, no de la psicología sino de la ideología de la actividad económica. Las concepciones de la naturaleza humana se basan en las últimas, no en las primeras. En efecto, tan pronto como la sociedad espera un comportamiento específico de sus miembros y las instituciones prevalecientes son más o menos capaces de imponer ese comportamiento, las opiniones sobre la naturaleza humana tenderán a hipostasiar ese ideal, se asemeje o no a la realidad. Por ello, el hambre y la ganancia se definieron como motivaciones económicas y se supuso que estimulaban la actividad humana en la vida cotidiana, mientras que las demás se consideraron etéreas y desligadas de la base material de la existencia. El honor o el orgullo, los deberes cívicos y las obligaciones morales, el respeto a sí mismo y el sentido del pudor se juzgaron irrelevantes para la producción y, significativamente, se los tachó de "idealistas". Se pensó entonces que el hombre está constituido por dos componentes, uno afín al hambre y a la ganancia; el otro, al honor y al poder Uno "material", el otro "ideal"; uno "económico", el otro "no económico"; uno "racional", el otro "no racional". Los utilitaristas llegaron incluso al punto de hacer coincidir los dos conjuntos de términos, confiriendo así a la parte económica de la naturaleza humana el sello de la racionalidad. Por esto, quien se rehusara a imaginar que tan sólo actuaba para obtener un ingreso era considerado inmoral y también loco.

El determinismo histórico

Además, el mecanismo de mercado indujo erróneamente a creer que el determinismo económico es una ley general válida para todas las sociedades humanas. Naturalmente, en una economía de mercado esta ley es válida. En efecto, aquí el funcionamiento del mercado no sólo influye sobre el resto de la sociedad sino que lo determina; como en un triángulo, los lados no sólo influyen sobre los ángulos sino que los determinan. Consideremos la estratificación de clases. La oferta y la demanda en el mercado de trabajo eran respectivamente idénticas a las clases de los trabajadores y de los empleadores. Las clases sociales de los capitalistas, de los propietarios de tierras, de los arrendatarios, de los intermediarios, de los mercaderes, de los profesionales, y así sucesivamente, estaban delimitadas por los mercados de la tierra, del dinero, del capital y de sus usos, o por los mercados de los diferentes servicios. El ingreso de estas clases sociales era fijado por el mercado; su rango y posición, por su ingreso. Se trató de una alteración total de la práctica secular. En la famosa frase de Maine, el "contrato" sustituyó al "estatus" o, según la expresión que prefería Tönnies, la "sociedad" remplazó a la "comunidad"; o, en los términos de este escrito, en vez de que el sistema económico esté incorporado en las relaciones sociales, son éstas las que ahora están incorporadas en el sistema económico.

Mientras que las clases sociales eran determinadas directamente por el mercado, otras instituciones lo eran de modo indirecto. El Estado y el gobierno, el matrimonio y el sostenimiento de la progenie, la organización de la ciencia y de la enseñanza, de la religión y de las artes, la elección de profesión, las formas de convivencia, la configuración urbana, la misma estética de la vida privada, todo, debía adaptarse al esquema utilitarista o, al menos, no interferir con el mecanismo de mercado. Pero puesto que muy pocas actividades humanas pueden desarrollarse en el vacío, porque hasta el santo ermitaño tiene necesidad de su columna, el efecto indirecto del sistema de mercado terminó por determinar prácticamente la sociedad entera. Fue casi imposible evitar la conclusión errónea de que, así como el hombre "económico" era el hombre "real", así el sistema económico era "realmente" la sociedad.

No obstante, sería más justo afirmar que las instituciones humanas fundamentales reprueban las motivaciones aisladas. Así como el cuidado del individuo y de su familia usualmente no se basa en el impulso del hambre, la institución de la familia tampoco se basa en el impulso sexual. El sexo, como el hambre, es uno de los incentivos más poderosos cuando escapa al control de las demás motivaciones. Quizá esta sea la razón para que en el centro de la familia, en todas sus formas, jamás sea posible encontrar el instinto sexual, con su discontinuidad y sus caprichos, sino la combinación de una serie de motivaciones efectivas que impiden que el sexo destruya una institución de la que depende gran parte de la felicidad humana. El sexo en sí mismo jamás producirá nada mejor que un burdel y también en ese caso puede ser necesario recibir algún incentivo del mecanismo de mercado. Un sistema económico cuya motivación esencial efectivamente fuese el hambre sería tan perverso como un sistema familiar basado en el mero impulso sexual.

El intento de aplicar el determinismo económico a todas las sociedades humanas linda con la fantasía. Para el estudioso de la antropología social nada es más obvio que la variedad de instituciones que resultan ser compatibles con medios de producción prácticamente idénticos. La creatividad institucional del hombre ha venido a menos sólo porque se ha permitido que el mercado triture el material humano reduciéndolo a la chata uniformidad de un paisaje lunar. No debe sorprender que la imaginación social del hombre muestre signos de estancamiento. Podría llegarse al punto de perder definitivamente la elasticidad, la riqueza y la fuerza imaginativa de la que estaba dotado en el estado salvaje.

Por más que proteste no podré evitar que sea tachado de "idealista". En efecto, parece que quien resta importancia a las motivaciones materiales debe confiar en la fortaleza de las motivaciones "ideales". Sin embargo, no podría incurrirse en un equívoco peor. No hay nada específicamente "material" en el hambre y en la ganancia. Por otra parte, el orgullo, el honor y el poder no son necesariamente motivaciones "más elevadas" que el hambre y la ganancia.

Afirmo que esa dicotomía es arbitraria. Utilicemos una vez más la analogía del sexo, donde podemos encontrar una distinción significativa entre motivaciones "superiores" y motivaciones "inferiores". No obstante, trátese del hambre o del sexo, es peligroso institucionalizar la separación entre componentes "materiales" e "ideales" del ser humano. Con respecto al sexo, esta verdad -tan importante para la integridad esencial del hombre- siempre se ha reconocido; es el fundamento de la institución del matrimonio. Sin embargo, se ha negado en el campo igualmente importante de la economía. Este último campo ha sido "separado" de la sociedad, como el dominio exclusivo del hambre y de la ganancia. Nuestra dependencia animal del alimento ha sido despojada de cualquier oropel y se ha dado libre curso al temor desnudo del hambre. Nuestro humillante servilismo hacia lo "material", que toda cultura humana ha intentado mitigar; deliberadamente se hizo más severo. Esta es la raíz de aquella "enfermedad de la sociedad adquisitiva" contra la que Tawney nos ha puesto en guardia. Y el genio de Robert Owen dio lo mejor de sí cuando, hace un siglo, describió el móvil del beneficio como "un principio absolutamente desfavorable para la felicidad del individuo y de la colectividad".

La realidad de la sociedad

Soy favorable al retorno a esa unidad de motivaciones que deberían informar al hombre en su actividad cotidiana de productor; a la reabsorción del sistema económico en la sociedad, a la adaptación creativa de nuestros modos de vida al ambiente industrial.

En todos estos aspectos cae a pedazos la filosofía del laissez faire, con su corolario de la sociedad de mercado. Esta escinde la esencial unidad humana: en el hombre "real", inclinado a los valores materiales, y en su parte "ideal", algo mejor. Paraliza nuestra imaginación social reforzando más o menos inconscientemente el prejuicio del determinismo económico. Fue útil en la fase de la civilización industrial que pertenece a nuestro pasado: a costa de empobrecer al individuo, enriqueció a la sociedad. Hoy debemos afrontar la tarea fundamental de restituir la plenitud de la vida a la persona, aunque esto signifique una sociedad menos eficiente desde el punto de vista tecnológico. En diversas formas algunos países rechazan el liberalismo clásico. Desde la derecha, desde la izquierda y desde el centro se exploran nuevos caminos. Los socialdemócratas ingleses, los seguidores del New Deal americano, igual que los fascistas y los contradictores americanos del New Deal, en sus diversas tendencias "empresariales", rechazan la utopía liberal. Y el actual alineamiento político, que induce a rechazar todo lo que es ruso, no debería hacernos perder de vista los resultados conseguidos por los rusos en la adaptación creativa a algunos aspectos fundamentales del ambiente industrial.

En un plano general, creo que la expectativa comunista de la "extinción del Estado" combina elementos del utopismo liberal con una indiferencia práctica por las libertades institucionales. Con respecto a la extinción del Estado, es imposible negar que la sociedad industrial es compleja, y ninguna sociedad compleja puede existir sin un poder central organizado. No obstante, repito, este hecho no justifica que los comunistas desdeñen la cuestión de las libertades institucionales concretas. La cuestión de la libertad individual debe afrontarse en este nivel de realismo. No es posible una sociedad humana en la que estén ausentes el poder y la coacción, tampoco un mundo en que la fuerza no tenga alguna función. La filosofía liberal, que prometía realizar estas expectativas intrínsecamente utópicas, dio una falsa orientación a nuestros ideales.

Pero en el sistema de mercado la sociedad en su conjunto permanecía invisible. Cada quien podía imaginar que no tenía responsabilidad por las acciones coactivas del Estado que él personalmente rechazaba o por las situaciones de desempleo y privación que no le producían una ventaja personal. Personalmente no estaba infectado por los males del poder y del valor económico. Podía negar de buena fe la realidad existente en nombre de su libertad imaginaria. En efecto, el poder y el valor económico son expresiones de la realidad social; ni el uno ni el otro son fruto de la volición humana y con respecto a estos, la no cooperación es imposible. El poder tiene la función de asegurar el grado de consenso necesario para la supervivencia del grupo: como señaló David Hume, su origen en último análisis es la opinión y ¿quién carece de opiniones, sean del tipo que sean? En cualquier sociedad el valor económico garantiza la utilidad de los bienes producidos; es el sello impuesto por la división del trabajo. Se origina en las necesidades humanas y ¿cómo podría esperarse que no se prefiera una cosa a otra? Cualquier opinión o deseo, cualquiera que sea la sociedad en que vivamos, nos hará partícipes en la creación del poder y en la constitución del valor. No es concebible que tengamos la libertad de elegir un camino distinto. Un ideal que destierre de la sociedad al poder y a la coacción carece intrínsecamente de validez. Al ignorar este límite de los deseos humanos sensatos, la concepción de la sociedad basada en el mercado revela su inmadurez esencial.

La libertad en la sociedad industrial

El colapso de la economía de mercado pone en peligro dos tipos de libertades: unas que son convenientes y otras que son dañinas.

Sería todo un logro que, junto con el mercado, desaparecieran la libertad de explotar a los semejantes, la libertad de realizar ganancias exorbitantes sin ofrecer servicios equivalentes a la comunidad, la libertad de impedir que las invenciones tecnológicas se usen en favor del público o la libertad de beneficiarse de las calamidades públicas manipulándolas secretamente para lucro privado. Pero la economía de mercado en que estas libertades han prosperado también ha producido libertades a las que atribuimos un valor elevado. En sí y por sí mismas apreciamos la libertad de conciencia, la libertad de palabra, la libertad de reunión, de asociación, de elegir el empleo. No obstante, en gran medida éstas son un subproducto de la misma economía que produjo aquellas libertades nocivas.

La existencia de una esfera económica separada de la sociedad ha creado, por decirlo así, una separación entre la política y la economía, entre el gobierno y la industria, cuya naturaleza es la de una tierra de nadie. Así como la división de la soberanía entre el papa y el emperador llevó a que los principios medievales consintieran una libertad que a veces desembocaba en la anarquía, así la división de la soberanía entre el gobierno y la industria en el siglo diecinueve consintió también que los pobres gozaran de libertades que compensaban su estatus miserable; y éste es el fundamento del actual escepticismo sobre las posibilidades futuras de la libertad. Hay quienes afirman, como Hayek, que así como las instituciones libres fueron producidas por la economía de mercado, éstas serán sustituidas por la esclavitud una vez desaparezca este sistema económico. Otros, como Burnham, plantean la inevitabilidad de una nueva forma de esclavitud, denominada "gobierno de los directores".

Argumentos semejantes sólo demuestran hasta qué punto está vivo el prejuicio economicista. En efecto, como hemos visto, este prejuicio no es más que otra expresión para designar al sistema de mercado. Es ilógico deducir los efectos de su desaparición de la fuerza de una necesidad económica derivada de su existencia y ciertamente, es contrario a la experiencia anglosajona. Ni los sindicatos ni el reclutamiento obligatorio destruyeron las libertades esenciales del pueblo americano, como puede atestiguar cualquiera que haya vivido allí entre 1940 y 1943. Durante la guerra, la Gran Bretaña introdujo una planeación económica integral y eliminó la separación entre gobierno e industria de la que surgió la libertad del siglo diecinueve; no obstante, las libertades públicas nunca se preservaron tanto como en el momento culminante de esa crítica situación. En verdad, tendremos toda la libertad que deseemos crear y proteger. En la sociedad humana no hay un determinante único. Las garantías institucionales de la libertad personal son compatibles con cualquier sistema económico. Sólo en la sociedad de mercado el mecanismo económico configuró las leyes.

Lo que para nuestra generación aparece como el problema del capitalismo es en realidad el problema más amplio de una civilización industrial. El partidario de la economía liberal no ve este hecho. Al defender el capitalismo como sistema económico, ignora el desafío de la era de la máquina. No obstante, los peligros que hoy estremecen a los más valientes trascienden la economía. Las idílicas preocupaciones causadas por la explosión del fenómeno de los monopolios y de la taylorización han sido superadas por Hiroshima. La barbarización científica nos acecha. Los alemanes intentaron diseñar un sistema para volver mortíferos a los rayos solares. En la práctica, nosotros fuimos los que desencadenaron una explosión de rayos mortales que oscurecieron el sol. Y eso que los alemanes profesaban una filosofía perversa, mientras que nosotros defendíamos una filosofía humana. Es aquí donde deberíamos ver los síntomas del peligro que nos acecha.

Se pueden identificar dos tendencias entre quienes son conscientes de la dimensión del problema en los Estados Unidos. Unos creen en las elites y en las aristocracias, en el directorio y en la gran empresa; opinan que la sociedad en su conjunto debería adaptarse más estrechamente al sistema económico, el cual querrían conservar sin alteraciones. Este es el ideal del Nuevo Mundo Feliz, donde el individuo está condicionado para sostener un orden diseñado para él por quienes son más sabios que él. Otros, por el contrario, piensan que en una sociedad verdaderamente democrática el problema de la industria debería resolverse mediante la intervención organizada de los mismos productores y consumidores. En efecto, esta acción consciente y responsable es una de las formas como la libertad se concreta en una sociedad compleja. Pero, como sugiere este artículo, un intento de esa clase no puede tener éxito si no se enmarca dentro de una concepción más compleja e integral del hombre y de la sociedad, muy diferente de la que heredamos de la economía de mercado.


Karl Polanyi, "Nuestra obsoleta mentalidad de mercado", Cuadernos de Economía, v. XIV, n. 20, Bogotá, 1994, págs. 249-266