domingo, 1 de mayo de 2016

Revolucionarios e ingenieros


Hace muchos años tuve un amigo, profesor de filosofía, que me ayudó a dar los primeros pasos para entender esta disciplina que, amerita mencionarse, hace tiempo tengo descuidada. Parte de su ayuda incluyó ásperos pero fructíferos debates políticos.
Un día, luego de no vernos por cierto tiempo, me encontró en mi casa devanándome los sesos por elaborar una suerte de crítica al marxismo, o bien a lo que yo entendía estaba mal en él (en realidad en su comprensión más vulgar, que era de la que yo estaba más empapado). Al ver que estaba llegando a las mismas conclusiones que Kelsen y Popper (autores que prácticamente había ignorado para este fin y de los que desconocía sus trabajos sobre el particular), me acercó un ejemplar de la revista Página/30 en la que un tal Claudio Uriarte había escrito un inteligente artículo para un especial que aquella semana estaba dedicado al concepto de “Revolución”. El escrito tenía más de un punto de contacto con ambas críticas, y en especial con la popperiana (hace poco tiempo leí por allí que el propio Uriarte se consideraba un liberal popperiano y que luego, según sus allegados, había virado a cierto pensamiento neoconservador, desgraciadamente en una de sus menos recomendables corrientes).
Vale la pena mencionar el momento de mis reflexiones en aquellos días. Como Kelsen, yo había descubierto que, en el esquema leninista, el Estado revolucionario está mágicamente en manos de una clase no-dominante siendo que la dominante todavía no ha sido abolida ni a perdido su dominio, así como el curioso hecho de que una clase explotada no puede, por definición, tener un modo de producción que le sea propio a menos que deje de ser tal, y sólo dejando de ser tal puede su nuevo modo de producción superar al anterior (cosa que no se da en el proletariado, esto es: que debe dejar de serlo para comenzar el socialismo que supuestamente le sería propio, y no antes). Respecto a Popper, hasta se me ocurrió utilizar la palabra “historicista” para describir a Marx en los mismos términos que usó el vienés (tal vez confusos por cuanto la palabra “historicismo” mejor debería aplicarse a la Escuela Histórica Alemana). Más allá de que, como me dijo alguna vez un profesor conservador católico, el aporte de Popper sobre Marx fue más bien repensar los problemas del pensamiento marxiano y evitar que el leninismo aproveche sus confusiones con ciertas interpretaciones parasitarias del sentido común, en especial la cuestión de la ética revolucionaria del militante en la que se encuentra el mayor valor de la crítica popperiana. Su valor no fue tanto su crítica a la ingeniería social total y su defensa de una ingeniería social parcial que, en realidad, demostraba una ignorancia bastante grande con el método y visión ontogenética de Marx, lo que llevaría a Fukuyama a afirmar, exageradamente, que la falta de perspicacia era una costumbre entre las críticas superficiales de Popper.
El extenso artículo de Uriarte que mi amigo me recomendó leer (“estás escribiendo prácticamente lo mismo, y es una coincidencia porque acaba de salir este domingo”) estaba dedicado, en realidad, más a una tosca y hasta falseada visión marxista-leninista del planteo marxiano. Pero eso no obstaba para resaltar su valor. Mi amigo ya tenía, casi sin saberlo, cierta consciencia de la diferencia, pero en ese momento no intentó llamarme la atención sobre ésta: yo estaba demasiado enfrascado en mi viraje del corporativismo tradicionalista al individualismo liberal como prestar atención a este punto clave que. Sin embargo, poco tiempo antes de morir, intentó comunicarme cómo el valor de la obra de Marx no mermaba con su creciente visión negativa de los colectivismos política y económicamente totalitarios del llamado “socialismo real” de los regímenes impuestos por los partidos comunistas. Él había sido miembro del PC soviético y, como casi todos los que pasaron por él, lo abandonó por su verticalismo esclerosado y por su obediencia automática a las jefaturas de la verdadera sede oficial del club del Comintern: Rusia. Sin embargo no dejó de acompañar a los frentes y movimientos políticos que organizaba o influía esa izquierda “anti-imperialista latinoamericana” (siempre dirigida por los cubanos), hasta que en sus últimos días decidió visitar Cuba, que era una de sus deudas pendientes. Volvió repitiendo, con una tristeza infinita, algo que no voy a poder olvidar: lo mejor que le había pasado en aquel viaje había sido pisar el suelo argentino en Ezeiza.
Hoy día ya mucha agua ha pasado bajo el puente entre mis experiencias y mis ideas. En especial, luego de mi conocimiento de ciertos fenómenos sociales, y la suerte de haber tenido a mano las reflexiones de una pléyade de autores; de Weber, Schumpeter, Polanyi y Bauman, de Lukács, Rubin, Clarke e Iñigo Carrera, de Brutskus, Polanyi, Roberts y Boettke, de Aron y Berlin, de Kołakowski y Sartori, de Arendt, de Finley, de Wittfogel y de Furet, no puedo negar que tanto mi apreciación de lo bueno y lo malo de Marx se ha profundizado y agudizado, dejando atrás los anatemas fanáticos y las simplificaciones que requiere el antisovietismo (sovietismo que, probablemente, haya sido responsabilidad del propio Marx, quizá hasta intencional). Pero, sin embargo, incluso con sus omisiones respecto a la barbarie jacobina protobolchevique así como de la siniestra “experiencia” de la Comuna de París, aquel artículo sigue teniendo un valor muy particular para mí. Creo que resulta útil para cualquier lector no demasiado dedicado a estos temas, cuanto más no sea para escuchar la denuncia del papel que el marxismo de divulgación ha tenido como justificación ideológica y hasta como causal genético de los partidos totalitarios y como infraestructura de cohesión de sus gobiernos ideológicos de intelectuales y propagandistas profesionales.
Helo aquí, pues, transcrito de la revista que me regaló este viejo amigo:




Fuente: Revista Página/30, Año 8, Nro. 88, Noviembre 1997

  

ENTRE LA SANGRE Y LA FIESTA
por Claudio Uriarte



            Incluso en la tranquila desilusión de estos últimos años del siglo, la idea de Revolución sigue disfrutando de un prestigio tan invulnerable como demostrablemente inmerecido. Algunos acusan a esta época de cinismo, lo que parece cierto sólo en la medida en que el cinismo representa también conocimiento. Sin embargo, todo ese cinismo –como tolerancia moral o como sabiduría– parece venirse abajo cuando se trata de pensar, evocar o fantasear la Revolución, consumada o perdida. El hecho es paradójico, porque si algo distingue a la historia de este siglo es precisamente la inusual cantidad de revoluciones –de izquierda o de derecha– que contiene, y que terminaron catastróficamente, con la tiranía, el sojuzgamiento, la deportación y la muerte de millones y millones de hombres: la rusa de 1917, la china de 1947 y la indochina de los años ’70 por el lado de la izquierda; las revoluciones fascistas y nazi en Italia y Alemania, en los años 20 y en los 30, por parte de la derecha. Ningún resultado feliz, como puede verse.
            Junto, contra, sobre, bajo o yuxtapuestas a los rostros ensangrentados y las manos sucias de las revoluciones que realmente llegaron a ser, aparecen las imágenes hermosas, puras, heroicas y conmovedoras –y en algunos casos trágicas– de las revoluciones que fracasaron, que agotaron su contenido prematuramente o que fueron aplastadas. Una tradición que arranca en la Comuna de París y que en este siglo continúa con el golpe espartaquista de 1918 en Alemania, la Comuna húngara de 1919 y, más cerca de nosotros, las cruzadas del Che Guevara en Congo y Bolivia, la rebelión estudiantil de mayo de 1968 en Francia (con su efecto reflejo imitativo entre nosotros, al año siguiente, con el Cordobazo) y, contemporáneos pero algo más ambiguos, los movimientos también estudiantiles pero bastante menos ideologizados de los Estados Unidos.
            Las revoluciones que no llegaron a ser conservan el encanto de su edad, que es la de la inocencia: el hecho de que, precisamente por no haber llegado al poder, no necesitaron ensuciarse las manos ni ensangrentarse el rostro en la tarea de ejercerlo. Eso les permite funcionar como coartadas expiatorias de la Idea de Revolución frente a los horrores de las revoluciones realmente existentes, del mismo modo en que la denuncia de Stalin por Trotsky desde la izquierda constituyó una inmensa coartada ideológica para el leninismo, equívoco e irregular edificio fundacional del marxismo soviético. Comparando la inocencia prenatal de las revoluciones abortadas con la horrible madurez de las triunfantes –o incluso los primeros días inocentes de estas últimas con sus desenlaces–, los nostálgicos de la Revolución siempre están dispuestos a aseverar que ésta fue traicionada, congelada o burocratizada por quienes terminaron asumiendo su timón. Sin embargo, y como veremos, el problema de las revoluciones triunfantes no fue que se detuvieran, sino que llevaron a cabo sus propósitos demasiado consecuentemente. Llegaron demasiado lejos.


LA REVOLUCION COMO ATAJO

Una clave indudable del encanto perenne de la idea de Revolución es que promete constituirse en un atajo rápido en la historia, en un salto cualitativo que resolverá de golpe, manu militari, los problemas fundamentales de la sociedad. La Idea de Revolución como praxis política guarda así una relación de parentesco muy estrecha con el marxismo como método de análisis, cuya reducción de todos los problemas humanos a la esfera económico-social también promete una especie de ganzúa intelectual universal para abrir de un solo golpe las puertas de todo el conocimiento. Sin embargo, el homo economicus imaginado por Marx es también una abstracción imposible de verificar: nunca los hombres basaron sus decisiones exclusivamente en sus conveniencias económicas sino también en motivos morales, culturales, religiosos, familiares. Marx diría aquí que estos últimos motivos no son más que una sublimación de las duras determinaciones económico-sociales, pero con esto no haría más que dar otro punto de arranque de una de las paradojas menos observadas de la doctrina que fundó: el hecho de que su imponente aparato teórico constituye en gran parte la suma de unas argumentaciones cada vez más retorcidas para justificar, defender, atenuar o relativizar dos o tres errores iniciales básicos: el homo economicus, por ejemplo, o la teoría del empobrecimiento progresivo del proletariado, o la idea de que este último es el único capaz de consumar la Revolución que llevará a la humanidad del reino de la necesidad al de la libertad.
            Marx promete un atajo intelectual; la Revolución que propone un atajo histórico. Sin embargo, algunos atajos se toman venganza y tienden a convertirse en su opuesto, en rodeos interminables y estériles guerras de posiciones. Un atajo intelectual es una propuesta sumamente atractiva, en especial para los perezosos, los impacientes, los ignorantes, los semicultos y los pseudointelectuales que quieren encontrar una vía rápida para develar el sentido del mundo, sin enterarse ni profundizar previamente en su exquisita complejidad y diversidad: la dialéctica marxista –como dijo alguien– puede hacer que cualquier idiota parezca inteligente. Sin embargo, este atajo se toma su tributo: como parece resolver de golpe y unilateralmente todos los problemas, impide conocerlos seriamente en su realidad y su naturaleza. Más que un método del conocimiento se convierte en un pretexto altisonante para la ignorancia, y tiene ya algo de su involuntaria parodia, el ultraizquierdismo cuya posición extrema le permite nivelar, aplanar y desdeñar todo lo que le es ajeno como más de lo mismo, sin poder ver otra cosa que su propio ideal de perfección.


MISERIA DE LA REVOLUCION

La idea de Revolución procede de manera análoga, pero aquí el costo no es la ignorancia o incompetencia del aspirante a intérprete del mundo sino el sufrimiento y la dislocación de la sociedad y los seres humanos concretos sobre los que se ejerce el proyecto. La Revolución percibe la sociedad dada como fundamentalmente descompuesta y terminal, por lo que descarta de antemano cualquier transacción con las instituciones y entramados existentes y hace tabula rasa con ellos. Así, y sin embargo, se cuela en su proyecto el utopismo, incluso en el caso de quienes, como Lenin o Trotsky, se reivindicaron “socialistas científicos”: una vez liquidado todo, hay que construir algo en su lugar, y ese algo es una utopía para la que no hay mapas. El trabajo con las instituciones y entramados sociales previamente existentes podría haber permitido un cierto sentido de dirección, pero ya vimos que se barrió con ellos de un plumazo, de la misma forma en que el marxismo liquidó todos los problemas extraeconómicos como superchería, superstición o “conciencia falsa”. La Revolución, así, no sólo ignora la sociedad sobre la que está operando, sino que su código genético es una militancia activa y decidida para ignorarla. Si la conociera de veras, si se involucrara en ella, incluso desde la perspectiva del cambio, ya no sería Revolución con mayúsculas sino minúscula reforma; no romanticismo heroico sino prosa grisácea. Y así como el marxismo es la trampa perfecta para los intelectuales apurados, la Revolución es el oficio hecho a medida de los aristócratas desclasados, los hijos de familias venidas a menos, los pequeños burgueses sin éxito, los estudiantes y académicos sin empleo fijo y los lúmpenes, comparsa estable en la composición sociológica de los liderazgos revolucionarios a través de los tiempos y de los países. Aunque no lo sepan, aunque sincera e indignadamente lo nieguen, lo que estos personajes buscan es la vía corta para recuperar un poder que han perdido o al que no podrían llegar de otra forma. La Revolución es un modo de la clase media de escaparse de su malestar en la cultura.


LA REVOLUCION REALMENTE EXISTENTE

Pero aún así las revoluciones ocurren, y probablemente seguirán ocurriendo. Ya que toda sociedad, en su despliegue y desarrollo, tiene puntos de fractura donde las instituciones existentes se vuelven inoperantes. Otro motivo, a menudo subestimado, es la simple torpeza y estupidez de sus clases dirigentes. El genio táctico del revolucionario profesional –Lenin es el ejemplo paradigmático– consiste en apoderarse de la situación y hacerla trabajar para sus propios fines. El verdadero revolucionario profesional –Lenin otra vez– no es realmente un ideólogo sino un oportunista, un pragmático descarado que no vacila en enterrar todas sus teorías y conceptos previos ante la posibilidad de tomar la mínima parcela de poder concreto. Y tampoco duda en sacrificar cualquier principio anteriormente sostenido si está en juego la preservación y ampliación de esa parcela de poder. El verdadero revolucionario es un hombre de la realpolitik más cercano a Maquiavelo y a Hobbes que a Rousseau, Fourier o Saint Simon. Es un hombre del Estado.


LOS ENTRETELONES DE OCTUBRE

La llamada Revolución Rusa de octubre de 1917 contaba, en abril de ese año, con la oposición cerrada de todos los líderes del Partido Bolchevique, educados hasta entonces por Lenin en la idea de la coalición con los partidos burgueses contra la autocracia, y de la imposibilidad de saltar la etapa capitalista democrática entre el feudalismo y el socialismo. Cuando llegó a Rusia, bajo la forma de un caballo de Troya y un presente envenenado del Kaiser alemán a un enemigo que ya estaba perdiendo la guerra, Lenin tuvo que imponer sus nuevas tesis revolucionarias en su Comité Central, conspirando y amenazando con renunciar, es decir: poniendo todo su prestigio, su pasado y su leyenda como argumento de fuerza. Su principal aliado no fue ninguna de las “diez cabezas fuertes” que había imaginado en su libro Qué hacer –un verdadero manual de totalitarismo– como modelo de dirección de su partido revolucionario: fue Trotsky, un atípico menchevique de izquierda.
            Aun en las vísperas mismas de la toma del poder, dos de esas “diez cabezas fuertes” (Zinoviev y Kamenev, que no estaban de acuerdo con el proyecto) no dudaron en denunciar la fecha de la revolución a la prensa burguesa. Cuando se trató de conseguir la aprobación de los Soviets para la aventura, se arguyó un inexistente complot contrarrevolucionario. Y en el momento de la revolución propiamente dicha, el gobierno provisional de Kerensky estaba literalmente desarmado por su propia decisión de continuar la guerra con un ejército en deserción y desbande masivos. A Lenin, para tomar el poder, le bastó en cierto modo sólo la fuerza de una promesa: “Paz (para los soldados), pan (para los obreros industriales) y tierra (para los campesinos)”. Y también esta fórmula de crudo realismo político: “La derrota (en la guerra contra Alemania) es el mal menor”. Con idéntico realismo, había aceptado convertirse en el regalo envenenado del Kaiser a Kerensky, y así también disolvió, cuando estuvo en el poder, los Soviets y los sindicatos, que no le eran necesarios sino más bien obstáculos. Más que una revolución, lo que pasó en Rusia en octubre del ‘17 fue una combinación de insurrección con golpe de Estado, apoyada por los Soviets (una mixtura de sindicato revolucionario sui géneris con parlamento en armas), contra un poder que había perdido toda sustancia militar: así se explica que el movimiento haya prescindido casi completamente de cualquier derramamiento de sangre. Como vemos, la Revolución no nació de ninguna aspiración socialista alentada por la minúscula clase obrera rusa –tomar la gestión de la sociedad en sus manos–, sino de algunos deseos muy burgueses: volver a casa (los soldados), comer regularmente (los trabajadores industriales), ser dueños de su propia tierra (los campesinos).
            Sin embargo, después de este golpe de Estado, Lenin empezó la verdadera Revolución de la que los Soviets y la estupidez de Kerensky le habían proporcionado apenas el punto arquimédico, el dispositivo instrumental. Y esta vez sí: fue violenta, y hubo sangre derramada. La primera etapa consistió en eliminar los focos de resistencia militar, la familia real, las clases poseedoras en bloque y, por fin, la oposición, los Soviets, los sindicatos independientes y las manifestaciones de protesta social. La justificación de este proceder, como en todo sistema historicista, se encontraba en los objetivos últimos, una especie de pedido de crédito ante el juicio de la historia universal.


EXTRAÑA PAREJA I

            El razonamiento de Lenin era más o menos éste: La Revolución Rusa era irregular y débil (ocurría en un país atrasado, contra la predicción y los consejos de Marx), pero debía mantenerse a la espera, como bandera propagandística, de la revolución europea. Naturalmente este modo de ver las cosas sentaba las bases ideológicas del imperativo de perpetuación del régimen a toda costa, cuyas primeras necesidades eran una fuerte policía política y un ejército igualmente fuerte. Con este diagrama de acción Lenin prefiguró a Stalin, aunque más tarde se quejara del estilo de conducción de su discípulo. Porque Stalin se limitó a desplegar los corolarios lógicos de la posición de Lenin: primero suprimió las fracciones dentro del partido, luego deshizo el partido y finalmente se entronizó como autócrata. No fue sólo vocación dictatorial: la Revolución tiende a contener los embriones de la tiranía, en la medida en que su tabula rasa descarta de antemano cualquier restricción o equilibrio de poderes, y así hereda y potencia el autoritarismo del régimen al que derroca. Además, como la esperada revolución europea no se produjo, las justificaciones para una autarquía totalitaria estaban dadas.


EXTRAÑA PAREJA II

            Trotsky, que perdió frente a Stalin la pelea por la sucesión de Lenin, es autor de una teoría muy conveniente para todos, y a primera vista bastante verosímil: la Revolución habría sido traicionada por Stalin, que la habría degenerado en una burocracia tiránica, interesada sólo en su perpetuación y carente de cualquier voluntad de propagar el movimiento comunista mundial o de desplegar una política exterior revolucionaria. Una especie de Termidor, que no llega a abolir las conquistas centrales de la Revolución –la nacionalización, la centralización y la economía dirigida– pero que sí cesa toda actividad política realmente revolucionaria en su programa. Algo de cierto hay en esto: gracias a una política exterior sumamente conservadora y prudente, la Unión Soviética duró más de setenta años, mientras el movedizo y dinámico imperio de mil años de Hitler llegó solamente a doce. También es verdad que Stalin llevó al paroxismo los elementos totalitarios que en la época de Lenin recién se insinuaban. Sin embargo, Trotsky, para desacreditar a Stalin, lo compara con una supuesta “democracia socialista” que nunca existió, y pasa por alto no sólo los pasos fundacionales de Lenin hacia el Estado totalitario sino también sus propios pecados estalinianos, como la fórmula de “comunismo de guerra” (que en la práctica significaba guerra contra los trabajadores), o su aprobación, en un supuesto Estado obrero, de la represión de los marineros del Kronstadt. Y, lo que es aún más grave, elige ignorar que Stalin esencialmente cumplió las consignas internas de la Revolución: colectivización agraria, nacionalización, industrialización, Estado fuerte. Que la dictadura haya sido suya, y no del proletariado, sólo puede reprochárselo alguien lo suficientemente ingenuo para creer que el proletariado puede ejercer una dictadura. Y Trotsky no era ingenuo.


UN VIAJE DE IDA

            Las revoluciones de ideología socialista que siguieron –como los artificiales implantes soviéticos en Europa del Este– reprodujeron a grandes rasgos el modelo madre de construcción y desarrollo: un modelo verdaderamente revolucionario, puesto que se proponía rehacer la sociedad de cabo a rabo. Todos esos experimentos fueron absolutos fracasos. La excusa de que la Revolución Rusa ocurrió en un país atrasado y no en uno industrializado ya no puede sostenerse: primero porque Rusia no era un país tan atrasado, y luego porque setenta años son más que suficientes para desarrollarse si el proyecto elegido es el correcto. Y, por otro lado, está el dato de que cuando el sistema soviético se implantó en sociedades más modernas (Alemania Oriental, Checoslovaquia), el resultado fue el estancamiento. El totalitarismo revolucionario resulta ineficaz en la medida en que el proyecto de la Revolución no se basa en las condiciones, instituciones y modos de vida existentes sino en un diseño utópico, que necesita de una enorme dosis de violencia para imponerse. Su autoritarismo y su sistema de comando, que parecen a primera vista expeditivos y eficientes, sólo lo son a medias, vale decir que no lo son: sirven como viaje de ida (de las ordenes) pero no de vuelta (de las realidades), ya que cohíben la retroalimentación informativa del régimen respecto de las tendencias sociales y económicas dominantes. El Gosplan soviético tenía que fijar millones de precios regularmente, pero sus criterios eran tan irreales que, en los últimos años de la URSS, las únicas cosas que abundaban eran el desabastecimiento y el mercado negro.
            Sintetizando: La Revolución, contra lo que a veces se piensa, se llevó a cabo. Sin duda no constituyó un organismo de poder directo del proletariado, que nunca quiso ni fue capaz de ejercer ningún poder, pero en cambio cumplió desde arriba sus consignas previas de ingeniería social. La observación es válida tanto para la colectivización y la industrialización de Stalin como para los mil devaneos de Mao; para el fetichismo siderúrgico que dominó Europa Oriental en la Guerra Fría como para la sangrienta vuelta al campo en la Camboya de Pol Pot. No es verdad que la Revolución no tuvo ocasiones o posibilidades de probar su valor; en realidad, tuvo demasiadas, a lo largo de setenta años de inestabilidad durante los cuales buena parte del mundo fue sometida a despiadados y estériles experimentos de ingeniería social.


LA REVOLUCION ERA UNA FIESTA

            Contra la sordidez y el desencanto de las revoluciones que triunfaron, la bella alma progresista elige destacar el indudable encanto de las revoluciones que no llegaron al poder, y que por lo tanto no tuvieron oportunidad de corromperse y descascararse. Aquí la tradición es grande, mucho mayor que la de las revoluciones triunfantes. Arranca desde Espartaco, sigue por Babeuf y la Comuna de París y en nuestro siglo cuenta con el golpe espartaquista en Alemania en 1918, la Comuna húngara en 1919, la República española en los años ’30, el Mayo francés de 1968 y los movimientos estudiantiles norteamericanos de la misma época.
            Acontecimientos de esta clase vienen a ocupar, en la teología laica de la Revolución, un lugar equivalente al de los mártires, y también contribuyen a investirla de una dignidad moral aparentemente irrecusable. Indudablemente, por lo demás, se trata de momentos muy lindos, días de asueto universal y de jolgorio donde todo parece posible. Si alguien dijo que la huelga era, por sobre todo, una alegría, la Revolución es un momento orgiástico y una fiesta permanente, de máxima inspiración, comunicación y circulación social, una especie de primavera salvaje, de deshielo de relaciones personales y sociales que parecían petrificadas, y también una aceleración de la conciencia personal y la posibilidad de una nueva y más afinada percepción de las cosas. Una anécdota de la Comuna de París refiere que los insurrectos, sin ningún motivo aparente, disparaban contra los relojes de los edificios, como si quisieran abolir un tiempo –el de la productividad burguesa y los horarios laborales– que los hacía esclavos. Arthur Koestler ha dejado un testimonio muy ilustrativo de uno de esos momentos (la Comuna húngara) en su autobiografía Flecha en el azul:
            “La celebración del 1° de mayo de 1919 fue la apoteosis de la efímera Comuna húngara. Parecía que la ciudad entera se había transformado. Las plazas de Budapest padecen de una sobreabundancia de enormes estatuas de bronce, con personajes famosos que atacan al enemigo sobre caracoleantes caballos, o pronuncian discursos con un brazo alzado, y un rollo de pergamino bajo el otro. El 1° de mayo, todas estas estatuas quedaron ocultas bajo armazones esféricas de madera, cubiertas de paño rojo, donde habían pintado los océanos y los continentes del mundo. Esos globos gigantescos –algunos tenían más de cincuenta pies de alto, porque el héroe de bronce del interior cabalgaba un caballo especialmente voluminoso– producían un efecto fascinante. Parecían globos cautivos, anclados en las plazas, dispuestos a levantar por los aires a la ciudad entera; eran símbolos del nuevo espíritu cosmopolita, y de la decisión del nuevo régimen de ‘levantar al globo de su eje’”.
            Quizá convenga aquí distinguir entre la Revolución como un acto de insubordinación más o menos espontáneo de la población y la Revolución como operación de ingeniería política para tomar el poder sobre la base de esa insubordinación. El relato de Koestler se ajusta a la primera descripción; la Revolución Rusa de octubre –no la de febrero–, a la segunda. La distinción es importante porque algunas de las revoluciones fallidas fracasaron porque no tenían un proyecto de poder, o porque no podían tenerlo, o porque la posesión del poder del Estado no entraba en el perímetro de sus reivindicaciones. La base, el grado cero, la materia prima y el mínimo común denominador de las revoluciones es un ataque de nervios general de la sociedad; su fecundidad o su continuidad en el tiempo son otra cuestión.


MAYO FUGAZ

El paradigma contemporáneo de revolución utópica fallida es el Mayo francés, que por varias semanas puso a París en un estado de crisis prerrevolucionaria para luego disolverse aparentemente en el aire. El enigma de esta disolución repentina ha dejado intrigados y sin respuestas a muchos, incluso a algunos de los protagonistas del movimiento, como Daniel Cohn-Bendit. Y no es un enigma menor: Mayo de 1968 es importante como representación, símbolo, metáfora y licencia poética de los ’60, una década en la que también ocurrieron la Primavera de Praga y su trágico final, las aventuras del Che Guevara en el Congo y Bolivia, los asesinatos de John y Robert Kennedy y de Martin Luther King y el comienzo de la rebelión juvenil contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos. Con sus ingeniosas consignas utópicas y libertarias –“Prohibido Prohibir”, “Sea realista, pida lo imposible”, “Debajo de los adoquines está la playa”, etc.–, el Mayo francés parece una síntesis del optimismo contestatario de la época, así como de su grito de guerra generacional.
El enigma de la desaparición de la Revolución de Mayo puede despejarse rápidamente: el movimiento se disolvió tras lograr sus objetivos. Que no eran exactamente los que proclamaban sus poéticas consignas –siempre traicioneras cuando se las toma al pie de la letra–, sino una reforma universitaria, una modernización y liberalización sociales, la terminación de la dictadura de los padres, profesores y adultos y la concesión de un lugar razonable para la generación nacida en la posguerra. Algunos participantes del movimiento quedaron enganchados en la ideología izquierdista que los animaba, y en los años ’70 derivaron en el terrorismo europeo, síntomas de impotencia y de aislamiento social. Otros se volvieron ecologistas, empresarios o periodistas, ocupando el lugar de clase media para el que estaban destinados. Porque el Mayo francés, pese a sus ocasionales apoyos obreros y a la parafernalia de sus consignas ultraizquierdistas, fue esencialmente un movimiento de la clase media: la verdadera clase baja estaba más bien dentro de los uniformes de policía contra los que se enfrentaban los estudiantes.
La Revolución no figura hoy en la agenda de ninguna persona seria, hecho al que contribuyó la desaparición progresiva de las dictaduras contra las que parecía el único recurso. Pero el sufrimiento y los fracasos que depararon las revoluciones de este siglo, como corroborando la observación de Hegel sobre la “astucia de la razón”, tampoco parecen haber sido en vano: algo hemos aprendido, algo se ha avanzado. La idea de Revolución, sin embargo, sobrevive aún como nostalgia, y también como cifra ideológica de un pasado presuntamente apasionado, comprometido y heroico. Aunque hoy llegue hasta nosotros con los signos del Gulag y de Auschwitz. Es decir, de la barbarie.





El orden mercantil


Copio aquí un artículo que salvé antes de que fuera removido de donde se encontraba la única copia en español: la página de la revista “En defensa del marxismo” del Partido Obrero.
A pesar de su simpleza creo que es valioso como análisis marxista e invita al debate con adversarios probables de su tesis. Entre estos, probablemente, podremos encontrar socialistas de mercado y mutualistas, por izquierda, y corporativistas de Estado y distributistas, por derecha.





Crítica a la teoría de la superioridad y la neutralidad del mercado

Duan Zhong Qiao
Profesor de la Universidad Renmin, Pekin, Chin.
Artículo presentado en la Conferencia Internacional sobre el Manifiesto Comunista,
organizada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (EEK) de Grecia,
y la Revista Marxista Revolucionaria, en Atenas, en diciembre de 1998.


Aunque hay muchos y diferentes modelos teóricos de socialismo de mercado que han sido propuestos desde mediados de los ‘80, comparten dos fundamentos teóricos: uno es lo que llamo superioridad del mercado, es decir que el mercado es superior a la planificación; el otro es lo que llamo neutralidad del mercado, o sea que el mercado puede servir tanto al capitalismo como al socialismo. Ninguno de ellos es correcto de acuerdo al materialismo histórico y al socialismo de Marx. 



1. Superioridad del mercado 


Todos los socialistas de mercado creen firmemente que el mercado, como un mecanismo económico, es superior a la planificación, aún cuando cada uno tiene sus propias razones para pensarlo. David Miller argumenta que el mercado puede proveer más bienestar, libertad y democracia que los que puede dar la planificación (1). John E. Roemer argumenta que "no conocemos ningún mecanismo para inducir la innovación sobre una base económica amplia que no sea la competencia de mercado" (2). David Schweickart sostiene que "la planificación centralizada es profundamente deficiente como mecanismo económico"(3). Es fácil de ver que la superioridad del mercado es el punto común de partida de todos ellos para promover varios modelos de socialismo de mercado. 

Examinando sus textos, notamos que lo que ellos llaman "el mercado" no es otra cosa que la economía de mercado practicada hoy, en los países capitalistas, mientras que lo que ellos llaman "planificación" significa tanto la economía de planificación centralizada que existía en la antigua URSS y en los países del Este europeo, como la economía planificada que Marx previó se realizaría en el comunismo (con el socialismo como la primera fase del comunismo). Es decir, dos economías de planificación completamente diferentes son lo mismo ante sus ojos. Consecuentemente, aunque las principales razones para decir que la economía de mercado es superior a la economía planificada se asientan en el colapso de la economía planificada y el redireccionamiento de la economía de mercado en la URSS y los países de Este, finalmente concluyen que la economía de mercado es superior a la economía planificada en forma bastante genérica y, por eso, también a la economía planificada tal como Marx la previó. A partir de aquí concluyen que la economía de mercado debería ser continuada y desarrollada en la transición del capitalismo al socialismo, y aún en el período del socialismo. 

El argumento de los socialistas de mercado es insostenible. 

En primer lugar, la economía planificada que Marx previó no es lo que existió en la URSS y los países de Europa del Este. La realización de la primera presupone el desarrollo completo de una economía capitalista o de mercado, mientras que la otra fue establecida cuando la economía capitalista o de mercado no había alcanzado un desarrollo completo en aquellos países; la primera se basa en la propiedad común de los medios de producción, cuando los medios de producción pertenecen a la sociedad entera; mientras la otra se basó en dos tipos de propiedad pública, esto es de propiedad estatal y colectiva; la primera, requiere la eliminación de las mercancías y del dinero, la otra aún incluye a las mercancías y el dinero en un cierto grado; la primera está estrechamente vinculada a la abolición de la clases y del estado, mientras la última coexiste con las clases y el estado. Es obviamente irrazonable equiparar la economía planificada de Marx con la economía planificada que existió en la URSS y los países de Europa del Este. Siendo esto así, el fracaso de la última no demuestra que la primera está destinada al fracaso una vez que se ponga en práctica. 

En segundo lugar, hacer una comparación abstracta entre una economía de mercado y una economía planificada es en sí mismo un error. De acuerdo al materialismo histórico de Marx, la economía de mercado y la economía planificada muestran dos diferentes tipos de relaciones económicas. Cada una de ellas se corresponde a un estado determinado del desarrollo de las fuerzas productivas y aparece en una fase determinada del desarrollo de la historia. Hablando concretamente, la economía de mercado corresponde al período del capitalismo, y la economía planificada al del comunismo. Por ello no tiene sentido decir abstractamente cuál es mejor, la economía de mercado o la economía planificada, porque el meollo de la cuestión radica en cuál es más compatible con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas existentes. Indudablemente diferentes países del mundo tienen diferentes fuerzas productivas. Consecuentemente, para algunos países una economía de mercado puede ser más compatible con el crecimiento de sus fuerzas productivas mientras que para otros puede ser más compatible una economía planificada. Si los socialistas de mercado quieren argumentar que países como EE. UU. y Gran Bretaña deberían continuar desarrollando la economía de mercado durante la transición del capitalismo al socialismo, tienen que dar una respuesta definida a esta pregunta: ¿una economía de mercado es todavía compatible con el crecimiento de las fuerzas productivas de estos países? 

Tercero, el hecho de que la URSS y los países de Europa del Este cambiaran de una economía planificada a una economía de mercado solamente prueba que la economía planificada prevista por Marx no puede establecerse a menos que la economía de mercado se haya desarrollado suficientemente y convertido en una traba para el desarrollo de las fuerzas productivas, y no prueba que la economía de mercado deba ser continuada en la transición del capitalismo al socialismo y en el socialismo. A la luz del materialismo histórico de Marx el desarrollo de la formación económica de la sociedad es un proceso de sucesivos reemplazos, desde la economía natural precapitalista a una economía capitalista mercantil y luego a una economía comunista planificada. Esto es visualizado como un proceso histórico natural, es decir que "aun cuando una sociedad ha comenzado a perder los rastros de las leyes naturales de su movimiento, ... ésta no puede saltar sobre las fases naturales de su desarrollo ni removerlas por decreto" (4). Esto significa que sólo a través del desarrollo completo de la economía natural, puede establecerse la economía de mercado; y del mismo modo, sólo a través del desarrollo completo de la economía de mercado puede establecerse la economía planificada. De acuerdo con esto, la causa de raíz que obligó a la URSS y los países de Europa del Este a cambiar de una economía planificada a una economía de mercado es que ellos intentaron saltar la fase de desarrollo completo de la economía de mercado y establecer directamente una economía planificada sobre las bases de lo que aún era, en alto grado, una economía natural. Una economía planificada establecida de esta manera tiene que obstruir el desarrollo posterior de las fuerzas productivas. No puede ser sostenida por un largo tiempo y está destinada finalmente a volver a una economía de mercado. Lo que ocurrió en la URSS y en los países de Europa del Este demuestra que la economía planificada prevista por Marx no puede ser llevada adelante simplemente por el deseo subjetivo del hombre. Las condiciones de los países capitalistas desarrollados, a las cuales los socialistas de mercado les prestan especial atención, deberían ser vistas como un asunto diferente. La economía de mercado en estos países se ha desarrollado suficientemente y se ha convertido en una traba para el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas. Entonces, los problemas que estos países enfrentan, de acuerdo con Marx, no pueden solucionarse continuando con la economía de mercado, sino reemplazándola por la planificación. Si los socialistas de mercado quieren probar que una economía de mercado debiera ser mantenida y desarrollada en la transición del capitalismo al socialismo, no deberían tomar los casos de la URSS y los países de Europa del Este para ilustrar su tesis, sino dar un argumento convincente de que los problemas existentes en los países capitalistas pueden ser resueltos mediante una economía de mercado. 

Los socialistas de mercado sostienen la tesis de la superioridad del mercado para argumentar que solamente a través del mercado puede realizarse el socialismo. Para llegar a esta conclusión han confundido la economía planificada que existía en la URSS y los países de Europa del Este con la economía planificada prevista por Marx. Luego tomaron el hecho de que estos países giraran hacia una economía de mercado como fundamento para decir que la economía de mercado practicada ahora en los países capitalistas desarrollados es superior a la economía planificada de Marx, y que consecuentemente, la economía de mercado debería ser sostenida y desarrollada cuando los países capitalistas se transformen en socialistas. Este argumento es insostenible. 

2. Neutralidad del mercado 

Luego de argumentar a favor de la superioridad del mercado, los socialistas de mercado proponen la tesis de la neutralidad del mercado. En su opinión el mercado es un mecanismo económico sin influencia alguna sobre el carácter del sistema social y puede servir tanto al socialismo como al capitalismo. David Miller enfatizó que: "Ahora es ciertamente verdad que el capitalismo se apoya en los mercados, pero lo distintivo de esto es que la propiedad de activos productivos se concentra en las manos de unos pocos, mientras que la mayoría de la gente está contratada como empleado a cambio de un salario. Es completamente posible estar a favor del mercado y contra el capitalismo" (5). John E. Roemer, en su libro titulado "Un futuro para el socialismo", afirmó que "Mi tarea en este ensayo es proponer y defender un nuevo modelo que combine las fuerzas del sistema de mercado con aquellas del socialismo" (6). David Schweickart señaló que "la identificación del capitalismo con el mercado es un error pernicioso de los defensores conservadores del ‘laissez faire’ y de la mayoría de los opositores de izquierda a las reformas de mercado" (7). En sustancia, el mercado es neutral. 

¿Cual es el significado del mercado de acuerdo a la teoría de los socialistas de mercado? Cada socialista de mercado tiene su propia respuesta a esta pregunta. Todos ellos, sin embargo, están de acuerdo con que el mercado no es un lugar para comprar y vender sino un mecanismo o sistema económico que condiciona la producción social. Determina que el objeto directo y el motivo decisivo de la producción de cada empresa no son los valores de uso sino los valores de cambio y la ganancia. En consecuencia, la producción social no puede ser regulada por una planificación consciente sino por las relaciones entre oferta y demanda, esto es, por la ley del valor que tiene efecto espontáneamente. 

¿Por qué el mercado es neutral? Hasta ahora nadie ha dado una justificación convincente para esto. Veamos la exposición de David Schweickart. El dice: "El capitalismo tiene tres instituciones definidas. Es una economía de mercado, caracterizada por la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado. Es decir, que la mayoría de las transacciones económicas de la sociedad están gobernadas por la mano invisible de la oferta y la demanda; la mayor parte de los activos productivos de la sociedad pertenecen a individuos privados, ya sea directamente o por medio de la propiedad individual de acciones en corporaciones privadas; la mayoría de la gente trabaja por salarios pagados directa o indirectamente por los propietarios de las empresas para los cuales ellos trabajan. Una economía socialista de mercado elimina o restringe en gran parte la propiedad privada de los medios de producción sustituyendo la propiedad privada por alguna forma de propiedad estatal u obrera. Mantiene al mercado como el mecanismo para coordinar la mayor parte de la economía, aunque usualmente hay mayores restricciones al mercado que las típicas del capitalismo. Puede o no reemplazar el trabajo asalariado con la democracia en el lugar de trabajo, donde los trabajadores obtienen no un salario por contrato sino participaciones específicas en las ganancias netas en las empresas. Si esto sucede, el sistema es un socialismo de mercado de autogestión obrera (8). En resumen, el carácter del capitalismo radica en la propiedad de los medios de producción y en el trabajo asalariado; el carácter del socialismo radica en alguna forma de propiedad estatal u obrera donde los trabajadores obtienen participaciones específicas en las ganancias netas de las empresas. Una economía de mercado puede existir tanto en el capitalismo como en el socialismo, porque no tiene nada que ver con el capitalismo o el socialismo. Este puede ser visto como un argumento representativo de los socialistas de mercado. 

Es fácil ver que la creencia de los socialistas en la neutralidad del mercado está muy relacionada con su comprensión del carácter del capitalismo y del socialismo. Sus errores, de acuerdo con Marx, derivan de su incorrecta comprensión de uno y otro. 

Según la visión de Marx, el rasgo más universal del capitalismo no es la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, sino una economía mercantil desarrollada, es decir, lo que se denomina hoy economía de mercado. Marx enfatiza a menudo este rasgo: 

"Pero dentro de la sociedad burguesa, la sociedad que reposa sobre el valor de cambio, surgen relaciones de circulación así como de producción, que proceden como minas que la hacen explotar" (9). 

"La forma valor del producto del trabajo es la más abstracta, pero también la forma universal del modo de producción burgués; por tal hecho esto marca al modo de producción burgués como el de un tipo particular de producción de un carácter histórico y transitorio" (10). 

"...; y la producción desarrollada de mercancías es ella misma la producción capitalista de mercancías" (11). 

En el tomo III de El Capital, Marx hizo una afirmación muy clara: " El modo de producción capitalista tiene exactamente dos rasgos característicos desde el inicio: 

Primero. Produce sus productos como mercancías. El hecho que se produzcan mercancías no lo distingue a sí mismo de otros modos de producción; pero que el carácter dominante y determinante de sus productos sean mercancías lo es con certeza... La segunda cosa que marca particularmente al modo de producción capitalista es la producción de plusvalor como objeto directo y motivo decisivo de la producción" (12). 

Las expresiones anteriores muestran, consistentemente que Marx veía a la economía mercantil desarrollada, es decir, la economía de mercado, que produce valores de cambio y valores excedentes (beneficio) como el rasgo más universal del capitalismo. Sobre estas bases, por supuesto, no podemos sacar la conclusión de que Marx negaba que el capitalismo tuviera también como características la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, ya que sólo veía en la economía mercantil desarrollada la característica más universal del capitalismo y toma sólo esta característica como punto de partida para derivar otros dos rasgos más concretos del capitalismo: 1) la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado; 2) la anarquía de la producción y la propensión a la crisis económica. En otras palabras, en el pensamiento de Marx, la referencia a la economía mercantil desarrollada como el rasgo más universal del capitalismo implica inmanentemente, los dos rasgos más concretos recién mencionados. 

¿Por qué la referencia a la economía mercantil desarrollada como el rasgo más universal del capitalismo implica, inmanentemente, el carácter privado de la propiedad de los medios de producción y el trabajo asalariado en el capitalismo? Marx dijo que: "Condiciones históricamente definidas están envueltas en la existencia del producto como una mercancía. En orden a convertirse en mercancía, la producción debe cesar de ser producida como medio de subsistencia inmediato para el mismo productor. Yendo más lejos, e inquiriendo bajo qué circunstancias o incluso cómo la mayoría de los productos toman la forma de mercancía, tenemos que ver que esto sólo sucede sobre la base de un particular modo de producción, el capitalista" (13). Porque la época capitalista se caracteriza por el hecho "que la fuerza de trabajo, a los ojos del propio trabajador, toma la forma de una mercancía que es de su propiedad; su trabajo, consecuentemente, toma la forma de trabajo asalariado. Por otro lado, es sólo desde este momento que la forma de mercancía de los productos del trabajo se torna universal" (14). Entonces, una vez que clarificamos que la producción capitalista es la producción de valor de cambio, que sus productos toman la forma de mercancías, esto significa que el obrero mismo aparece sólo como un vendedor de mercancías, es decir, un trabajador asalariado libre, y entonces el trabajo generalmente aparece como trabajo asalariado y los medios de producción como la antítesis del trabajo asalariado y la corporización de los activos de otras personas aparecen como capital. Marx dijo: "Es innecesario después del argumento ya desarrollado demostrar, una vez más, que la relación del capital y el trabajo asalariado determina todo el carácter del modo de producción" (15). 

Aquí necesitamos enfatizar que Marx veía también la anarquía de la producción y la tendencia a la crisis económica como otro rasgo concreto más que acompaña la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado, al ver en la economía de mercado desarrollada el rasgo más universal del capitalismo. Desde el punto de vista de Marx, la economía de mercado desarrollada determina internamente que el propósito de la producción de cada empresa no es la satisfacción de las necesidades sino la producción de beneficios, y de allí, que toda la producción esté regulada espontáneamente por la ley del valor. Bajo la economía de mercado desarrollada, aún cuando la producción de las empresas individuales proceda a través de la organización y la planificación, "la interconexión de la producción como un todo fuerza aquí a ella misma (la economía de mercado desarrollado), como un agente de la producción bajo el imperio de una ley ciega, y no como bajo una ley que apoderándose, y por lo tanto dominando sus premisas combinadas, tiene al proceso productivo bajo su control" (16). En consecuencia, la anarquía productiva y una crisis económica inevitable constituyen otro rasgo concreto más del capitalismo. Los socialistas de mercado no dicen una sola palabra sobre esto. 

Marx creía que el rasgo más universal del comunismo (siendo el socialismo la primera fase) es una economía planificada, que es exactamente lo opuesto a una economía de mercado. En sus trabajos menciona este rasgo muchas veces: 

"Reemplacemos a Robinson por una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, concientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social. Todas las determinaciones del trabajo de Robinson, se reiteran aquí, sólo que de manera social, en vez de individual. Surge, no obstante, una diferencia esencial. Todos los productos de Robinson constituían su producto exclusivamente personal y, por tanto, directamente objetos de uso para sí mismo. El producto todo de la asociación es un producto social. Una parte de éste presta servicios de nuevo como medios de producción. No deja de ser social. Pero los miembros de la asociación consumen otra parte en calidad de medios de subsistencia. Es necesario, pues, distribuirla entre los mismos. El tipo de esa distribución variará con el tipo particular del propio organismo social de producción y según el correspondiente nivel histórico de desarrollo alcanzado por los productores. A los meros efectos de mantener el paralelo con la producción de mercancías, supongamos que la participación de cada productor en los medios de subsistencia esté determinada por su tiempo de trabajo. Por consiguiente, el tiempo de trabajo desempeñaría un papel doble. Su distribución, socialmente planificada, regulará la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como medida de la participación individual de los productores en el trabajo común, y también, por ende, de la parte individualmente consumible del producto común. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de éstos, sigue siendo aquí diáfanamente sencillas, tanto en lo que respecta a la producción como en lo que atañe a la distribución"(17). 

"Si suponemos en vez de una sociedad capitalista, una comunista, en primer lugar desaparece por completo el capital dinerario, y por ende, también, los disfraces de las transacciones que se operan por intermedio de aquél. El problema se reduce, simplemente, a que la sociedad tiene que calcular por anticipado cuanto trabajo, medios de producción y medios de subsistencia puede emplear —sin perjuicios de ningún tipo— en ramos de la industria como por ejemplo el tendido de vías férreas, que por un período relativamente prolongado, de un año o más, no suministrarán ni medios de producción, ni medios de subsistencia, ni efecto útil de ningún tipo, pero retiran de la producción global anual trabajo, medios de producción y medios de subsistencia"(18). 

"Con la producción colectiva, el capital dinerario está completamente excluido en ella. La sociedad distribuye fuerza de trabajo y medios de producción entre las diversas ramas de la industria. No hay razón para que el productor no reciba bonos de papel que le permitan retirar una cantidad correspondiente de su tiempo de trabajo del stock del consumo social. Pero esos bonos no son dinero; ellos no circulan" (19). 

"La libertad, en esta esfera, no consiste sólo en esto, que el hombre socializado, que los productores asociados, gobierna el metabolismo humano con naturalidad por una vía racional, poniendo a éste bajo su control colectivo en lugar de aparecer dominado como por un poder ciego, sino en llevarlo a cabo con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas y apropiadas para su naturaleza humana" (20). 

"Dentro de la sociedad colectiva basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no cambian sus productos; ya en pequeño el trabajo empleado en los productos aparece aquí como el valor de esos productos, como una cualidad material dada por ellos, desde ahora, en contraste con la sociedad capitalista, donde el trabajo individual ya no existe bajo una forma indirecta, sino directamente como una parte componente del trabajo total" (21). 

Las citas anteriores muestran que Marx veía a la economía planificada como el rasgo más universal del comunismo. Ciertamente, una economía planificada se encuentra estrechamente vinculada con la propiedad común de los medios de producción y con el trabajo convertido en el deseo primordial de la vida misma. La relación entre ambos es exactamente la misma que la relación entre economía de mercado y propiedad privada de los medios de producción, así como el trabajo asalariado. 

Puesto que Marx insistía en que una economía de mercado desarrollada es una economía capitalista y que una economía planificada es una economía comunista, se opuso resueltamente a varias teorías que intentaron fusionar el socialismo con una economía de mercado. Cuando polemizó contra el socialismo de Proudhon lo ridiculizó de esta manera: "Esto es tan piadoso como estúpido es esperar que del valor de cambio no se desarrolle el capital, o que del trabajo que produce valor de cambio no lo haga el trabajo asalariado" (22). Advertía que: "No puede haber allí nada más erróneo y absurdo que postular el control por las unidades individuales de la producción total, sobre la base del valor de cambio, del dinero" (23). 

De las discusiones de Marx podemos ver que la tesis de la neutralidad del mercado se basa en una comprensión incorrecta de las características del capitalismo y del socialismo, y en especial, de la economía de mercado. Por supuesto, los socialistas de mercado no están dispuestos a admitir su error. Argumentarán que la economía de mercado bajo el socialismo de mercado está vinculada a las fábricas cooperativas de trabajadores, es decir, la propiedad pública con beneficios compartidos por los trabajadores en su fábrica y, a una gestión democrática: en consecuencia esto no conducirá al capitalismo, sino que beneficia al socialismo. ¿Pero es esto así? Desde el punto de vista de Marx la respuesta sólo puede ser negativa. Procederemos a un análisis más profundo. 

Primero, la existencia de una economía de mercado desarrollada significa la existencia de la propiedad privada de los medios de producción. La economía de mercado presupone la existencia de la compra y la venta, es decir, del intercambio de mercancías. Marx afirmó: "Sólo los productos realizados por trabajos mutuamente independientes, ejecutados en forma aislada, pueden ser confrontados uno con otros como mercancías" (24). 

Esto significa que cada parte del intercambio "debe allí reconocer al otro como dueño de propiedad privada" (25): de otro modo el intercambio no puede ser llevado adelante y el mercado no puede existir. Los socialistas de mercado podrían subrayar que bajo el socialismo de mercado, las empresas privadas de capitalistas individuales no existirán, y que lo que existirá será la empresa cooperativa de la cual serán dueños los propios trabajadores. Los medios de producción de esta última son de los trabajadores de cada empresa: en consecuencia, es un tipo de propiedad pública más que de propiedad privada. Pero, en la propiedad pública comunista, en la concepción de Marx, todos los medios de producción son propiedad de la sociedad como un todo. Comparado con la propiedad pública en el pensamiento de Marx, la propiedad pública en la empresa cooperativa es, en cierto sentido meramente un tipo de propiedad privada ampliada. No es la propiedad privada individual sino una propiedad privada colectiva. Esta característica está particularmente representada en el hecho de que los medios de producción de cada empresa cooperativa son sólo propiedad de los trabajadores que trabajan en esa empresa. Es decir, los medios de producción son bienes públicos solo para estos trabajadores, y no para los que trabajan en otras empresas. Es precisamente porque la propiedad pública de las empresas cooperativas es en realidad un tipo de propiedad privada ampliada, que puede realizarse un intercambio entre estas empresas y, en consecuencia, que pueda existir el mercado. En resumen, en tanto exista una economía de mercado existirá la propiedad privada de los medios de producción, aún si ella toma la forma de propiedad pública de empresas cooperativas bajo el socialismo de mercado. 

Segundo, la existencia de una economía de mercado desarrollada significa la existencia del capitalismo y del trabajo asalariado. Bajo una economía de mercado la razón y el objetivo de la producción de cada empresa, sea propiedad de un capitalista individual o colectiva de trabajadores, no es el valor de uso sino el valor de cambio y el plusvalor, es decir: que "nada es producido salvo que pueda ser producido para obtener un beneficio" (27). 

Si los medios de producción sólo se utilizan para producir una ganancia, ya sea propiedad de un capitalista individual o de la empresa cooperativa, funcionan como capital que se autovaloriza. Como Marx dijo en el tomo I de El Capital: "Si consideramos el proceso de producción desde el punto de vista del simple proceso de trabajo, el trabajador está relacionando a los medios de producción, no en su calidad de capital, sino como mero medio y materia de la propia actividad productiva que se propone. En las curtiembres, por ejemplo, el trabajador trata con los cueros como su simple objeto de trabajo. No es el capitalista para quien el trabajador curte los cueros. Pero esto es diferente tan pronto como analizemos el proceso de producción como un proceso de valorización. Los medios de producción de una sola vez se han transformado, en medios para la absorción mediante el trabajo de otros. No es ya el trabajador quien emplea los medios de producción, sino los medios de producción, quienes emplean al trabajador. En lugar de ser consumidos por él como elementos materiales de su actividad productiva, esos medios de producción son los que lo consumen como el fermento necesario para su propio proceso de vida, y el proceso de vida del capital consiste, únicamente, en su propio movimiento de autovalorización" (28). Al mismo tiempo, una economía de mercado desarrollada significa que todos, o por lo menos la mayoría de los productos, toman la forma de mercancías, lo que presupone el trabajo asalariado, esto es, que el trabajador no posee otra mercancía más que vender su fuerza de trabajo, pues "es sólo desde entonces que la producción de mercancías progresivamente se generaliza y se convierte en la forma típica de la producción; es sólo desde entonces que progresivamente toda la producción es producida desde el principio para la venta y que toda la riqueza generada corre a través de la esfera de la circulación" (29). 

Los socialistas de mercado podrían argumentar que bajo el socialismo de mercado, los medios de producción de cada empresa cooperativa son propiedad de sus propios trabajadores, no de un capitalista individual, y que el beneficio de cada empresa es compartido por todos sus trabajadores y no por un capitalista individual, lo cual demostraría que el capital y el trabajo asalariado no existen, aunque sí el mercado. Pero este argumento es insostenible. De acuerdo a la concepción de Marx, el capital no es igual al capitalista: el capitalista es sólo capital personificado. Bajo una economía socialista de mercado, aunque los medios de producción de cada empresa sean de sus propios trabajadores, siguen teniendo las características del capital, es decir, de valor que se valoriza a sí mismo, ya que la razón y el objetivo de la producción de cada empresa es el valor de cambio y la ganancia, o sea un plusvalor. Precisamente por esta razón, Marx denominó a los trabajadores de las fábricas cooperativas manejadas por ellos mismos como "sus propios capitalistas, es decir, que ellos usan los medios de producción para valorizar su propio trabajo" (30). La diferencia entre el capital bajo el capitalismo y el capital bajo el socialismo de mercado sólo radica en que el primero se halla personificado en capitalistas individuales, mientras que en el segundo está personificado en asociaciones de trabajadores. 

Mientras que el capital exista debe existir el trabajo asalariado, porque el capital no puede extraer ganancias sin combinarse con el trabajo asalariado. Como Marx dijo: "Los medios de producción, por su parte, devienen formas objetivas del capital productivo, o propiamente capital productivo, solamente desde el momento que la fuerza del trabajo, como forma personal de existencia del capital productivo, puede ser incorporada al mismo" (31). Quizás los socialistas de mercado se llenen de asombro. Si bajo el socialismo de mercado los trabajadores se han convertido en los propietarios de sus empresas, ¿cómo pueden ser empleados por ellos mismos? Sin embargo, es un hecho que lo son. Marx dijo: "Sea cual fuere la forma social de la producción, trabajadores y medios de producción siempre persisten como sus factores. Pero si ellos están en un estado de mutua separación, sólo son factores potenciales de la producción. Para que cualquier producción tenga lugar, ellos deben conectarse" (32). Bajo el socialismo de mercado los trabajadores de las empresas cooperativas no sólo son los propietarios de los medios de producción de sus empresas sino también los productores que usan los medios de producción para elaborar los productos. Si no fueran productores sino sólo propietarios, la empresa cooperativa no puede existir ni un sólo día, y entonces su identidad como propietarios de medios de producción y la ganancia que ellos comparten desaparecerá. Desde el momento en que está involucrado en una producción relacionada con el salario y la ganancia, su trabajo representa una forma de trabajo asalariado. La existencia de salarios significa que siguen vendiendo su fuerza de trabajo. La existencia de ganancia significa que ellos aun están produciendo un plusvalor sobre el valor de su fuerza de trabajo, y que este plusvalor (ganancia) retornará a ellos como propietarios de sus empresas. Puede verse que los trabajadores de la empresa cooperativa tienen una identidad dual. Una es la de propietarios de los medios de producción de su empresa. Otra es la de trabajadores asalariados de su empresa. Como propietarios se emplean a sí mismos para obtener beneficios. Como asalariados se venden a sí mismos su fuerza de trabajo para ganar un salario. Precisamente estas relaciones de autoempleo y autoexplotación constituyen la forma especial con que la empresa cooperativa conecta a los trabajadores con los medios de producción. En tanto exista esta conexión, "la oposición entre capital y trabajo está abolida aquí" (33). 

Claramente, los trabajadores asalariados bajo el socialismo de mercado difieren de aquéllos bajo el capitalismo, en que los primeros son tanto propietarios de los medios de producción como trabajadores asalariados, mientras que los segundos son sólo trabajadores asalariados. Los primeros venden su fuerza de trabajo a sus propias empresas como capitalistas, los segundos venden su fuerza de trabajo a capitalistas individuales. Los primeros pueden obtener tanto salarios como plusvalor, es decir, la ganancia que ellos crean; los segundos solo pueden obtener salarios, mientras que el plusvalor es apropiado por el capitalista. Una vez que una empresa cooperativa se declara en bancarrota, lo cual es inevitable incluso bajo el socialismo de mercado, el primero se transformara en el segundo. En pocas palabras, en tanto siga la economía de mercado el capital continuará existiendo, y lo mismo ocurrirá con el trabajo asalariado. 

Tercero, la existencia de una economía de mercado desarrollada significa la existencia de la anarquía en la producción y de la crisis económica. Bajo una economía de mercado, cada empresa es indiferente al valor de uso particular de sus productos y se preocupa solamente por su valor de cambio y el plusvalor, y la producción social no está regulada por la planificación consciente sino por una mano invisible, es decir, la ley del valor. Está destinada a llevar a la anarquía de la producción y a la crisis. Precisamente por esta razón, Marx creía que, aunque las fabricas cooperativas manejadas por trabajadores son, en la vieja forma, los primeros ejemplos de la emergencia de una nueva forma, en la cual la oposición entre capital y trabajo es abolida, "ellas naturalmente reproducen en todos los casos, en su organización presente, todos los defectos del sistema existente, y deben reproducir los mismos" (34). El "sistema existente" es, sin dudas, una economía de mercado, y "todos los defectos" son, sin duda, aquellos engendrados por una economía de mercado, a saber, la anarquía de la producción y la crisis económica. 

Los socialistas de mercado pueden argumentar que la anarquía y la crisis no tendrán lugar porque bajo el socialismo de mercado los trabajadores de las empresas cooperativas o los gerentes que ellos eligen democráticamente pueden determinar democráticamente todo lo relacionado a la producción en sus empresas. Pero este argumento no toca el punto relevante. Esto sucede porque en tanto exista un mercado el conocimiento de las necesidades reales de la sociedad sólo puede establecerse a posteriori. Un capitalista individual no puede estimar con precisión las necesidades del mercado, ni puede hacerlo un grupo de trabajadores, aún cuando puedan discutir y tomar decisiones democráticamente. Es decir, si la producción social está gobernada en última instancia por la ley del valor como una fuerza natural ciega, no hay ninguna distinción esencial entre la decisión acerca de la producción arbitrariamente tomada por un capitalista individual y una decisión democráticamente tomada por todos los trabajadores de una empresa cooperativa. Esta última no puede tampoco resolver el problema de la anarquía de la producción y, en consecuencia, de la crisis económica para la producción total de la sociedad. 

Los socialistas de mercado podrían enfatizar que el socialismo de mercado puede evitar la emergencia de la anarquía de la producción y de la crisis económica a través del gobierno democrático. El gobierno puede formular varias políticas y controlar conscientemente la inversión social. Pero esa es una ilusión ingenua. De acuerdo al materialismo histórico de Marx, es la economía de una sociedad la que determina sus políticas, no las políticas de una sociedad las que determinan su economía. Es completamente imposible resolver los problemas originados en la esfera de la economía a través de medios políticos. Cuando Marx criticaba a Sismondi, dijo: "... mientras Sismondi, por contraste, enfatiza no sólo el choque con las barreras, sino incluso su creación por el propio capital, y tiene una vaga intuición que ellas deben conducirlo a su quiebra. Entonces, quiere ponerle barreras a la producción, desde afuera, a través de la aduana, de leyes, etc., las cuales por supuesto, como barreras simplemente externas y artificiales, serían necesariamente demolidas por el capital" (35). Así, mientras continúe una economía de mercado, la anarquía de la producción continuará y las crisis serán inevitables. Bajo el socialismo de mercado las intervenciones de un gobierno democrático pueden aliviar estos problemas hasta cierto punto, pero no pueden eliminarlos. 

El análisis anterior muestra que la economía de mercado no es neutral y que la existencia del mercado significa la existencia del capitalismo. El error fundamental de los socialistas de mercado radica en que no ven a la economía de mercado como una totalidad de relaciones sociales de producción que fijan el carácter de una sociedad. 

No negamos que el motivo de los socialistas de mercado sea esbozar un programa viable para realizar el socialismo. Pero a través de la negación o rechazo de la teoría de Marx, y de un balance incorrecto del fracaso del socialismo en la URSS y los países de Europa del Este, concluyen que los problemas del capitalismo no se originan en la propia economía de mercado, sino en la propiedad privada de los medios de producción y en el trabajo asalariado, y entonces, en la medida en que las empresas de propiedad de capitalistas individuales sean reemplazadas por empresas cooperativas de trabajadores y el beneficio de propiedad de un capitalista individual sea compartido por los trabajadores de cada empresa, se realizará el socialismo. No comprenden que la propiedad privada y el trabajo asalariado están íntimamente asociados a la propia economía de mercado, y que los primeros son sólo la expresión concreta de la segunda. Quieren perpetuar la economía de mercado y a la vez abolir la propiedad privada y el trabajo asalariado. En palabras de Marx, esto significa "abolir al Papa dejando en pie al catolicismo" (36). 

La tesis de la superioridad y de la neutralidad del mercado tienen que llevar a la conclusión de que el mercado existirá eternamente. Algunos socialistas de mercado, tales como Miller y Roemer, lo afirman abiertamente. Otros, como Schweickart y James Lawler, no están de acuerdo con esto, pero creen que por lo menos en la transición del capitalismo al socialismo debería mantenerse y desarrollarse una economía de mercado. En cuanto a su completa abolición, piensan que en ningún lado está a la vista. En la concepción de Marx, aunque el mercado no puede ser abolido de una sola vez en la transición al socialismo, la transición en sí necesariamente aparecerá como un progreso bajo la cual la economía planificada crece firmemente y la economía de mercado declina paso a paso. La realización del socialismo y la abolición de la economía de mercado serán simultáneos. Por cierto, grandes cambios han tenido lugar en los países capitalistas desde la muerte de Marx, y por ello, algunas de sus inferencias han sido consideradas anticuadas. Pero su opinión de que la transición del capitalismo al socialismo significa una transición de una economía de mercado a una economía planificada no es obsoleta, y esto lo prueba la historia. Por lo tanto, la tarea que enfrentan los socialistas es plantear un programa viable de reducción gradual de la economía de mercado y de expansión de la economía planificada, de acuerdo a situaciones cambiantes, en lugar de buscar una forma para realizar el socialismo que deje intacta la economía de mercado. 

Notas 

1. Ver Market Socialism, editado por Juliam Le Grand y Saul Estrin, Clarendon Press, Oxford, 1989, pág 29-38 
2. John Roemer, A Future for Socialism, Harvard University Press, 1994, pág. 46 
3. David Schweickart, Market Socialism, editado por Bertell Ollman, Routledge, 1998, pág. 10 
4. Carlos Marx, El Capital, Volumen I, Penguin Books, 1976, pág. 92 
5. David Miller, Ob. cit 
6. John Roemer, Ob. cit 
7. David Schweickart, Ob. cit 
8. Idem. 
9. Carlos Marx, Grundrisse, Penguin Books, 1973, pág. 159. 
10. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 174. 
11. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 190. 
12. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 174. 
13. Carlos Marx,El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 273. 
14. Idem, pág 274. 
15. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 1019. 
16. Idem, pág 365. 
17. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 172. 
18. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 390. Idem anterior, Libro Segundo, Volumen IV, pág. 385. 
19. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 434. 
20. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 959. 
21. Marx /Engels, Selected Works, publicado en Londres por Lawrence & Wishart Lte, pág. 305. 
22. Carlos Marx, Grundrisse, Penguin Books, 1978, pág. 249 
23. Carlos Marx, Grundrisse, Penguin Books, 1973, pág. 158 -159 
24. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 132. 
25. Idem, pág. 178. 
26. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 368. 
27. Carlos Marx, El Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 425. 
28. Idem, pág 173. 
29. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 571. 
30. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 121. 
31. Carlos Marx, El Capital, II, Penguin Books, 1978, pág. 120. 
32. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 571. 
33. Carlos Marx, El Capital, III, Penguin Books, 1981, pág. 571. 
35. Carlos Marx, Grundrisse, Penguin Books, 1973, pág. 411. 
36. Carlos Marx, Capital, I, Penguin Books, 1976, pág. 181. 




Textos relacionados:

(socialismos partidarios de Marx-Lenin-Stalin vs. socialismos burocráticos y socialismos "de mercado" o competitivos) 
* Aleksander Smolar, “El mundo soviético: ¿transformación o decadencia?”, Guy Hermet (ed.), Totalitarismos, México: Fondo de Cultura Económica, 1991, cap. VIII, pp. 181-201
* Zygmunt Bauman, “Un experimento socialista”, Socialismo: la utopía activa, Buenos Aires: Nueva Visión, cap. 6, pp. 75-98

(socialismos planificados de Marx-Lenin vs. capitalismo regulado de la NEP vs. socialismos de metas de producción de Stalin en adelante) 
* Peter Boettke, “The Soviet experiment with pure communism”, Critical Review: A Journal of Politics and Society, Volume 2, Issue 4, 1988, pp. 149-182
* Paul Craig Roberts, “My Time with Soviet Economics”, The Independent Review, v.VII, n.2, Fall 2002, ISSN 1086-1653, pp. 259–264
* Rolando Astarita, “¿Qué fue la URSS? (1)” y “¿Qué fue la URSS? (2)

(socialismo comunitario de Marx vs. socialismos estatales, sean comandados de Lenin, quinquenales de Stalin, los burocráticos, etc.) 
* Paresh Chattopadhyay, “The Economic Content of Socialism: Marx vs. Lenin”, Review of Radical Political Economics, vol. 24, nos. 3&4, pp. 90-110
* Michael Heinrich, “Comunismo”, Crítica de la economía política, Madrid: Escolar y Mayo, 2008, cap. XII, pp. 223-227
* Paul Mason, “De las transiciones”, Postcapitalismo, Avellaneda: Paidós, 2016, cap. 8, pp. 284-314