viernes, 29 de enero de 2016

Felices e infelices

Un mundo feliz

Aldous Huxley

—Y esto es lo que ustedes nunca escribirán —dijo el Interventor—. Porque si fuese algo parecido a Otelo, nadie lo entendería, por más nuevo que fuese. Y si fuese nuevo, no podría parecerse a Otelo.
—¿Por qué no?
—Sí, ¿por qué no? —repitió Helmholtz.
También él olvidaba las desagradables realidades de la situación. Lívido de ansiedad y de miedo, sólo Bernard las recordaba; pero los demás le ignoraban.
—¿Por qué no?
—Porque nuestro mundo no es el mundo de Otelo. No se pueden fabricar coches sin acero; y no se pueden crear tragedias sin inestabilidad social. Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto; está a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma. El soma que usted arroja por la ventana en nombre de la libertad, Mr. Salvaje. ¡La libertad! —El Interventor soltó una carcajada—. ¡Suponer que los Deltas pueden saber lo que es la libertad! ¡Y que puedan entender Otelo! Pero, ¡muchacho!
El Salvaje guardó silencio un momento.
—Sin embargo —insistió obstinadamente—, Otelo es bueno, Otelo es mejor que esos filmes del sensorama.
—Claro que sí —convino el Interventor—. Pero éste es el precio que debemos pagar por la estabilidad. Hay que elegir entre la felicidad y lo que la gente llamaba arte puro. Nosotros hemos sacrificado el arte puro. Y en su lugar hemos puesto el sensorama y el órgano de perfumes.
—Pero no tienen ningún mensaje.
—El mensaje de lo que son; el mensaje de una gran cantidad de sensaciones agradables para el público.
—Los argumentos han sido escritos por algún idiota.
El Interventor se echó a reír.
—No es usted muy amable con su amigo Mr. Watson, uno de nuestros más distinguidos ingenieros de emociones.
—Tiene toda la razón —dijo Helmholtz, sombríamente—. Porque todo esto son idioteces. Escribir cuando no se tiene nada que decir...
—Exacto. Pero ello exige un ingenio enorme. Usted logra fabricar coches con un mínimo de acero, obras de arte a base de poco más que puras sensaciones.
El Salvaje movió la cabeza.
—A mí todo esto me parece horrendo.
—Claro que lo es. La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.
—Supongo que no —dijo el Salvaje, después de un silencio—. Pero ¿es preciso llegar a cosas tan horribles como esos mellizos? ¡Son horribles!
—Pero muy útiles. Ya veo que no le gustan nuestros Grupos de Bokanowski; pero le aseguro que son los cimientos sobre los cuales descansa todo lo demás. Son el giróscopo que estabiliza el avión-cohete del Estado en su incontenible carrera.
—Más de una vez me he preguntado —dijo el Salvaje— por qué producen seres como éstos, siendo así que pueden fabricarlos a su gusto en esos espantosos frascos. ¿Por qué, si se puede conseguir, no se limitan a fabricar Alfas-Doble-más?
Mustafá Mond se echó a reír.
—Porque no queremos que nos rebanen el pescuezo —contestó—. Nosotros creemos en la felicidad y la estabilidad. Una sociedad de Alfas no podría menos de ser inestable y desdichada. Imagine una fábrica cuyo personal estuviese constituido íntegramente por Alfas, es decir, por seres individuales no relacionados de modo que sean capaces, dentro de ciertos límites, de elegir y asumir responsabilidad. ¡Imagíneselo! —repitió.
El Salvaje intentó imaginarlo, pero no pudo conseguirlo.
—Es un absurdo. Un hombre decantado como Alfa, condicionado como Alfa, se volvería loco si tuviera que hacer el trabajo de un semienano Epsilon; o se volvería loco o empezaría a destrozarlo todo. Los Alfas pueden ser socializados totalmente, pero sólo a condición de que se les confíe un trabajo propio de los Alfas. Sólo de un Epsilon puede esperarse que haga sacrificios Epsilon, por la sencilla razón de que para él no son sacrificios; se hallan en la línea de menor resistencia. Su condicionamiento ha tendido unos raíles por los cuales debe correr. No puede evitarlo; está condenado a ello de antemano. Aún después de su decantación permanece dentro de un frasco: un frasco invisible, de fijaciones infantiles y embrionarias. Claro que todos nosotros —prosiguió el Interventor, meditabundo— vivimos en el interior de un frasco. Mas para los Alfas, los frascos, relativamente hablando, son enormes. Nosotros sufriríamos horriblemente si fuésemos confinados en un espacio más estrecho. No se puede verter sucedáneo de champaña de las clases altas en los frascos de las castas bajas. Ello es evidente, ya en teoría. Pero, además, fue comprobado en la práctica. El resultado del experimento de Chipre fue concluyente.
—¿En qué consistió? —preguntó el Salvaje.
Mustafá Mond sonrió.
—Bueno, si usted quiere, puede llamarlo un experimento de reenvasado. Se inició en el año 73 d.F. Los Interventores limpiaron la isla de Chipre de todos sus habitantes anteriores y la colonizaron de nuevo con una hornada especialmente preparada de veintidós mil Alfas. Se les otorgó toda clase de utillaje agrícola e industrial y se les dejó que se las arreglaran por sí mismos. El resultado cumplió exactamente todas las previsiones teóricas. La tierra no fue trabajada como se debía; había huelgas en las fábricas, las leyes no se cumplían, las órdenes no se obedecían; las personas destinadas a trabajos inferiores intrigaban constantemente por conseguir altos empleos, y las que ocupaban estos cargos intrigaban a su vez para mantenerse en ellos a toda costa. Al cabo de seis años se enzarzaron en una auténtica guerra civil. Cuando ya habían muerto diecinueve mil de los veintidós mil habitantes, los supervivientes, unánimemente, pidieron a los Interventores Mundiales que volvieran a asumir el gobierno de la isla, cosa que éstos hicieron. Y así acabó la única sociedad de Alfas que ha existido en el mundo.
El Salvaje suspiró profundamente.
—La población óptima —dijo Mustafá Mond— es la que se parece a los icebergs: ocho novenas partes por debajo de la línea de flotación, y una novena parte por encima.
—¿Y son felices los que se encuentran por debajo de la línea de flotación?
—Más felices que los que se encuentran por encima de ella. Más felices que sus dos amigos, por ejemplo.
Y señalo a Helmholtz y a Bernard.
—¿A pesar de su horrible trabajo?
—¿Horrible? A ellos no se lo parece. Al contrario, les gusta. Es ligero, sencillo, infantil. Siete horas y media de trabajo suave, que no agota, y después la ración de soma, los juegos, la copulación sin restricciones y el sensorama. ¿Qué más pueden pedir? Sí, ciertamente —agregó—, pueden pedir menos horas de trabajo. Y, desde luego, podríamos concedérselo. Técnicamente, sería muy fácil reducir la jornada de los trabajadores de castas inferiores a tres o cuatro horas. Pero ¿serían más felices así? No, no lo serían. El experimento se llevó a cabo hace más de siglo y medio. En toda Irlanda se implantó la jornada de cuatro horas. ¿Cuál fue el resultado? Inquietud y un gran aumento en el consumo de soma; nada más. Aquellas tres horas y media extras de ocio no resultaron, ni mucho menos, una fuente de felicidad; la gente se sentía inducida a tomarse vacaciones para librarse de ellas. La Oficina de Inventos está atestada de planes para implantar métodos de reducción y ahorro de trabajo. Miles de ellos. —Mustafá hizo un amplio ademán—. ¿Por qué no los ponemos en obra? Por el bien de los trabajadores; sería una crueldad atormentarles con más horas de asueto.

Las partículas elementales

Michel Houellebecq

Siempre me ha sorprendido la extraordinaria precisión de las predicciones que hizo Huxley en Un mundo feliz. Es alucinante pensar que ese libro fue escrito en 1932. Desde entonces, la sociedad occidental no ha hecho otra cosa que acercarse a ese modelo. Un control cada vez más exacto de la procreación, que cualquier día acabará estando completamente disociada del sexo, mientras que la reproducción de la especie humana tendrá lugar en un laboratorio, en condiciones de seguridad y fiabilidad genética totales. Por lo tanto, desaparecerán las relaciones familiares, las nociones de paternidad y de filiación. Gracias a los avances farmacéuticos, se eliminarán las diferencias entre las distintas edades de la vida. En el mundo que describió Huxley, los hombres de sesenta años tienen el mismo aspecto físico, los mismos deseos, y llevan a cabo las mismas actividades que los hombres de veinte años. Después, cuando ya no es posible luchar contra el envejecimiento, uno desaparece gracias a una eutanasia libremente consentida; con mucha discreción, muy deprisa, sin dramas. La sociedad que describe Brave New World es una sociedad feliz, de la que han desaparecido la tragedia y los sentimientos violentos. Hay total libertad sexual, no hay ningún obstáculo para la alegría y el placer. Quedan algunos breves momentos de depresión, de tristeza y de duda; pero se pueden tratar fácilmente con ayuda de fármacos; la química de los antidepresivos y de los ansiolíticos ha hecho considerables progresos. «Un centímetro cúbico cura diez sentimientos.» Es exactamente el mundo al que aspiramos actualmente, el mundo en el cual desearíamos vivir.
Sé muy bien que el universo de Huxley se suele describir como una pesadilla totalitaria, que se intenta hacer pasar ese libro por una denuncia virulenta; pura y simple hipocresía. En todos los aspectos, control genético, libertad sexual, lucha contra el envejecimiento, cultura del ocio, Brave New World es para nosotros un paraíso, es exactamente el mundo que estamos intentando alcanzar, hasta ahora sin éxito.
No cabe duda de que Aldous Huxley era muy mal escritor, de que sus frases son pesadas y no tienen gracia, de que sus personajes son insípidos y mecánicos. Pero tuvo una intuición fundamental: que la evolución de las sociedades humanas estaba desde hacía muchos siglos, y lo estaría cada vez más, en manos de la evolución científica y tecnológica, exclusivamente. Puede que le faltara sutileza, psicología, estilo; todo eso pesa poco al lado de la exactitud de su intuición primera. Y fue el primer escritor, incluidos los escritores de ciencia ficción, en entender que el papel principal, después de la física, lo iba a desempeñar la biología.
Huxley pertenecía a una gran familia de biólogos ingleses. Su abuelo era amigo de Darwin, escribió mucho para defender las tesis evolucionistas. Su padre y su hermano Julián también eran reputados biólogos. Es una tradición inglesa: intelectuales, pragmáticos, liberales y escépticos; muy diferente del Siglo de las Luces en Francia, basado mucho más en la observación, en el método experimental. Durante toda su juventud, Huxley tuvo la oportunidad de ver a los economistas, juristas y sobre todo científicos que su padre invitaba a la casa. Entre los escritores de su generación, era sin duda el único capaz de presentir los avances que iba a hacer la biología. Pero todo habría ido mucho más deprisa sin el nazismo. La ideología nazi contribuyó en gran medida a desacreditar las ideas de eugenismo y perfeccionamiento de la raza; hicieron falta años para recuperarlas. Lo que me atrevo a pensar lo escribió Julián Huxley, el hermano mayor de Aldous, y apareció en 1931, un año antes que Un mundo feliz. En él están esbozadas todas las ideas sobre el control genético y el perfeccionamiento de las especies, incluida la humana, que su hermano desarrolla en la novela. Todo está presentado sin ambigüedad, como una meta deseable hacia la que deberíamos tender.
Después de la guerra, en 1946, Julián Huxley fue nombrado director general de la UNESCO, que acababa de crearse. Ese mismo año su hermano publicó Regreso a un mundo feliz, donde intenta presentar su primer libro como una denuncia, una sátira. Unos años más tarde, Aldous Huxley se convirtió en el principal aval teórico del movimiento hippie. Siempre había sido partidario de la completa libertad sexual, y había desempeñado un papel pionero en la utilización de drogas psicodélicas. Todos los fundadores de Esalen lo conocían, y estaban influidos por sus ideas. Después, la New Age recogió todos los temas fundadores de Esalen. En realidad, Aldous Huxley es uno de los pensadores más influyentes del siglo.
Huxley publicó La isla en 1962; fue su último libro. Sitúa la acción en una isla paradisíaca; probablemente la vegetación y los paisajes se inspiran en Sri Lanka. En esa isla se ha desarrollado una civilización original, apartada de las grandes rutas comerciales del siglo XX, muy avanzada a nivel tecnológico y a la vez respetuosa con la naturaleza; pacífica, completamente liberada de las neurosis familiares y las inhibiciones judeocristianas. La desnudez es algo natural; el amor y la voluptuosidad se practican con toda libertad. Es un libro mediocre pero fácil de leer; tuvo una gran influencia sobre los hippies y, a través de éstos, sobre los adeptos a la New Age. Si te fijas un poco, la armoniosa comunidad descrita en La isla tiene muchos puntos en común con la de Un mundo feliz. De hecho no parece que el propio Huxley, que probablemente ya estaba gaga, se diera cuenta de la semejanza, pero la sociedad descrita en La isla está tan cerca de Un mundo feliz como la sociedad hippie libertaria de la sociedad liberal burguesa, o más bien de su variante socialdemócrata sueca.
Aldous Huxley era un optimista, como su hermano... La mutación metafísica que originó el materialismo y la ciencia moderna tuvo dos grandes consecuencias: el racionalismo y el individualismo. El error de Huxley fue evaluar mal la relación de fuerzas entre ambas consecuencias. Más concretamente, su error fue subestimar el aumento del individualismo producido por la conciencia creciente de la muerte. Del individualismo surgen la libertad, el sentimiento del yo, la necesidad de distinguirse y superar a los demás. En una sociedad racional como la que describe Un mundo feliz, la lucha puede atenuarse. La competencia económica, metáfora del dominio del espacio, no tiene razón de ser en una sociedad rica, que controla los flujos económicos. La competencia sexual, metáfora del dominio del tiempo mediante la procreación, no tiene razón de ser en una sociedad en la que el sexo y la procreación están perfectamente separados; pero Huxley olvida tener en cuenta el individualismo. No supo comprender que el sexo, una vez disociado de la procreación, subsiste no ya como principio de placer, sino como principio de diferenciación narcisista; lo mismo ocurre con el deseo de riquezas. ¿Por qué el modelo socialdemócrata sueco no ha logrado nunca sustituir al modelo liberal? ¿Por qué nunca se ha aplicado al ámbito de la satisfacción sexual? Porque la mutación metafísica operada por la ciencia moderna conlleva la individuación, la vanidad, el odio y el deseo. En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre. La solución de los utopistas, de Platón a Huxley pasando por Fourier, consiste en extinguir el deseo y el sufrimiento que provoca preconizando su inmediata satisfacción. En el extremo opuesto, la sociedad erótico–publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres. Hay factores de corrección, pequeños factores humanistas... En fin, cosas que permiten olvidar la muerte. En Un mundo feliz son ansiolíticos y antidepresivos; en La isla se trata más bien de meditación, drogas psicodélicas y algunos vagos elementos de espiritualidad hindú. En la práctica, la gente de hoy en día intenta mezclar un poco las dos cosas.
Julián Huxley también aborda las cuestiones religiosas en Lo que me atrevo a pensar; les dedica toda la segunda mitad del libro. Es perfectamente consciente de que el progreso de la ciencia y del materialismo ha minado las bases de todas las religiones tradicionales; también es consciente de que ninguna sociedad puede sobrevivir sin religión. Durante más de cien páginas intenta fundar las bases de una religión compatible con el estado de las ciencias. No se puede decir que el resultado sea muy convincente; tampoco puede decirse que la evolución de nuestras sociedades haya ido tanto en ese sentido. En realidad, ya que la evidencia de la muerte material acaba con cualquier esperanza de fusión, es imposible que la vanidad y la crueldad dejen de extenderse. La única compensación es que lo mismo ocurre con el amor.

sábado, 23 de enero de 2016

P.K.D



El explorador de la conciencia se perdió dentro del laberinto.
En 1974, tras los años de vagabundeo espantoso, tuvo una experiencia mística, y hasta el momento de su muerte se preguntó si era un profeta o el juguete de una psicosis paranoica, y si existía una diferencia entre ambos.

E. Carrère


La biografía de Carrère del escritor norteamericano Philip Dick –el que tal vez sea el mejor autor de ciencia ficción en todo el nuevo mundo– es comparable, por la doble importancia del biografiado y del biógrafo, a la de Lovecraft realizada por Houellebecq. Pero sólo por eso. Las diferencias son muchas y sirven como método de contraste para describir esta obra. En aquella el personaje merece interés como emergente sociológico, y gran parte de su dignidad es recibida casi como un premio moral por cargar dentro de sí la zona gris de ese océano de realidad y, sin quererlo, develarlo. En ésta, en cambio, es el mundo el que empieza a cargarse de sentido sólo con la existencia de la persona, y sólo desde ella. La biografía de Houellebecq parte de lo individual para llegar a lo social, objetivando la tragedia. La de Carrèrre hace el viaje inverso, subjetivizando el mundo. Aquella es un homenaje; aquí nos enfrentamos a un descubrimiento. Lovecraft estaría, mejor y más conscientemente que nadie, en el mundo. Dick, descubrimos, no está en el mundo, porque pareciera que el mundo está en él.

Acertada e inteligente, esta biografía novelada de Dick genera tal vez más intriga que leer una de sus novelas, y no sabemos si no es ésta la más surreal. Lo que resulta sin duda más exasperante es el empezar a darnos cuenta que, en algún momento y sin saberlo, hemos aceptado las reglas del juego: es esta misma irrealidad la que torna real la textura de sus fantasías. Estamos entrando en el mundo de Phil. No hay tiempo para que este solipsismo personalizado nos impresione como mesiánico, ya que cuanto más sabemos de él, más la biografía nos introduce, casi en primera persona, en su retorcida lógica, esquizofrénicamente coherente, escurridiza y difusa. Dentro de ésta empieza a perder sentido la cuestión de buscar la salida, y ya poco importa cuánto hay de cierto en la historia. La autorreferencia es la realidad.

La vida y las obras de PKD se desenvuelven en un clima de pesadilla paranoide, a la vez opresiva y liberadora, donde los muros se desmoronan pero al mismo tiempo aplastan en el proceso. El mundo se convierte en una broma lisérgica: un simulacro dentro de otro que termina, como en una obra de Escher, en que la realidad tampoco existe: la penúltima realidad que engloba a todas las demás es, al mismo tiempo, una pequeña caja dentro del más pequeño de sus escenarios ficticios.

Leer a Dick nos revela que, salvo tal vez con la excepción de un Matheson, él es el origen de todas las imágenes mentales del futurismo fantástico en la cultura americana. Leer a Carrère hace más entendible el por qué.

A la edad de 23 años se publica su primer cuento “profesional”. Se titulaba Roog: “En este relato un perro persigue a los basureros ladrándoles porque ha intuido que no son verdaderos basureros, sino extraterrestres que primero recogen y analizan los desechos de los terrícolas para luego, según se adivina, terminar recogiendo a los mismos terrícolas”. Esta ficción, como es predecible, sería sólo el comienzo de su posición ante el mundo.

Dick, por ejemplo, se desquitaba en sus historias contra la adiestrada certeza de los psiquiatras. En una de éstas un profesional intenta convencer al personaje principal de estar sufriendo una patología llamada “síndrome de aislamiento”. El paciente cree estar descubriendo que su apacible vida en un pueblito de los años cincuenta no es más que un montaje, una escenografía cerrada, tal vez una reconstrucción histórica o el intento de tal, mientras que el psiquiatra, también prisionero, en vez de pensar si algo de lo que escucha es cierto o falso, sólo intenta descubrir un síntoma. Mientras tanto, desde fuera, seres del siglo XXIII se ríen a carcajadas viendo el irónico espectáculo.

Más tarde repetiría esta idea, pero con un giro inquietante: en vez del “todos lo ignoran excepto él” sería “todos lo saben excepto él”, y así crearía el argumento con el que estamos familiarizados a través de íconos culturales como The Truman Show. A lo largo de los años, el tamaño del engaño aumentaría en complejidad y en naturaleza, hasta abarcar a todo y a todos. Pero esto, descubrimos a su vez, puede que finalmente no sea lo más original. Lo que lo hace tal es que, parece ser, para Dick esta situación se aplicaba a sí mismo y, lo que es todavía más importante, que a pesar del contexto, a pesar de la conspiración, el diagnóstico del psiquiatra no sería errado: la causa de poder ver el mundo como es nace del hecho mismo de no querer verlo como es. Su inmadurez residiría, desde el principio, en que, en cualquier caso, él no habría querido conocer cuál de entre todas es la “verdadera realidad”, sino encontrar la forma de viajar escapando de una a otra.

Al antecesor del ciberpunk, sin embargo, negarse a crecer parece que le resultaba bastante cómodo. O al menos así lo sería durante un tiempo.  

La historia de Philip no termina donde uno imagina que empieza, en una reducción psicológica de la trama. Lo que de pronto aprendemos de él es que nuestra sociedad moderna, desde Descartes hasta Matrix, fue edificada sobre la paranoia. La racionalidad occidental consiste en desconfiar de “malignos” interiores y exteriores: “polis” y “rojos” se disputan la locura para defender o combatir un “sistema”. P.K.D. sólo se divierte haciendo coherente nuestra normalidad beligerante. Y todo esto es lo que encomiendo al lector conozca por su cuenta, para lo cual cualquier otra cosa que diga será adelantar demasiado.

Dick es probablemente uno de los más importantes precursores, junto con Lem, de una ciencia ficción que es menos tecnología ficción (Clarke, Asimov, etc.) y más filosofía ficción, por no decir teología ficción. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos es, casi sin lugar para probabilidades, su mejor biografía.



jueves, 14 de enero de 2016

Ni una más


En este largo artículo reflexionaré un poco sobre toda la cuestión de la llamada "violencia de género", idea que es usada presuponiendo una ideología de género no explicitada claramente (de otra forma se podría hablar de "violencia de sexo", idea poco conveniente al progresismo). De aquí en adelante en aras de la brevedad me referiré a esta ideología incluyéndola dentro del "feminismo" aunque no sea propiamente tal movimiento. Me permito esta simplificación porque, entre otras cosas, considero que el "feminismo" de tipo anti-femenino (o sea, casi todo el movimiento "feminista" a mi juicio) tiene una profunda conexión con la ideología de género y es un derivado de éste, pero eso es discutido. Desde un punto de vista diferente al mío, pero similar en lo esencial, recomiendo un práctico artículo sobre la ideología de género, en el cuál el generismo es contrastado con el feminismo, entendiendo este último como defensa de la mujer partiendo de su identidad femenina en los casos de injusticia (o desigualdad, que no es lo mismo, pero en cualquier caso sería un caso distinto al de la ideología de género). Pasemos, pues, a mis comentarios al respecto. 

Para empezar, creo, debemos preguntarnos ¿qué es la violencia "de un género"? ¿Hay un tipo de violencia por cada género, o es que acaso la violencia es monopolio de un "género", en este caso el engendrado por el sexo masculino? Si ésta es la tesis ¿acaso en la violencia contra el hombre no hay familiares, hijos, y no puede ser ejercida por otros hombres? ¿Por qué no hablar entonces de "violencia de género" en el caso de la infinitamente más grande y sistemática violencia ejercida contra los hombres por otros hombres? Mala pregunta esta última, porque precisamente esto es lo que se hace: no importa si como grupo es más víctima el hombre que la mujer de la violencia "masculina", la violencia es en sí misma de la masculina. Resulta entonces que es violencia de género cuando las víctimas son mujeres incluso si las agreden mujeres, pero lo es también si las víctimas son hombres agredidos por hombres. ¿Qué es entonces la violencia "de género"? Simplemente culpar a la idea misma de masculinidad de todas las formas de violencia. Como si fuera poco, se pasa a llamar violencia no sólo a situaciones imprecisas (violencia verbal, etc.), que dan lugar a un millón de abusos jurídicos, sino también se llama violencia de género arbitrariamente a la idea misma de una naturaleza masculina esperada de los varones y de una naturaleza femenina esperada en las mujeres. O sea: se comete "violencia de género", que se supone jurídicamente punida, a la mera replicación por parte de hombres y mujeres de una cultura que podrían llegar a considerar propia orgullosamente. Por supuesto ninguna mujer machista irá presa, y esperemos tampoco ningún hombre machista. Pero es interesante ver cómo para estos militantes un delito colectivo generado por una cultura "machista" tiene, sin embargo, responsables individuales en los varones y no en las mujeres. (Aclaración: de aquí en adelante intentaré hacer este uso de las categorías: el varón es lo opuesto de la mujer, no el hombre).
Es interesante ver cómo aceptar esta tesis implica que la masculinidad no es una construcción arbitraria, sino que, a lo sumo, sólo sería arbitrario referirla al sexo masculino. El estereotipo sería que la masculinidad (denigrada como "machismo") se aplique sobre el sexo llamado "masculino", pero la masculinidad en sí sería la expresión necesaria de la dominación (entre otras cosas, violenta) y por tanto una construcción no-arbitraria: una construcción natural. Ya veremos de qué se trata esto.


Volviendo a la violencia propiamente hablando (física o verbal), y no a la consideración feminista de que una cierta cultura es "violenta" porque asigna y exige roles distintos a varones y mujeres que, como se verá, son igualmente exigentes para ambos e implica responsabilidades mutuas y no una relación de explotación y aprovechamiento sistemáticos de las mujeres (a lo sumo la cultura "machista", o mejor dicho patriarcal, implica todo lo contrario: un peso social mucho más grande sobre el varón que sobre la mujer). En cualquier caso no creo que sea el punto recordar la "violencia de género" ejercida por la mujer contra el varón. Es cierto que un cartel dirigido a los hombres que reza "No golpees a tu pareja" es una insinuación tan repugnante como un cartel que rezara a las mujeres "No hagas falsas denuncias" (o "No lo manipules", o "no lo histeriquees"). Y ciertamente debería hacerse algo al respecto contra las formas de la violencia femenina, y ni hablemos de la violencia feminista. Sin embargo, no se trata sólo de recordar que hay violencia de mujeres contra hombres, ya que hacer esto, por más válido que sea, sólo refuerza el argumento estructuralista de las feministas de que hay una violencia "de género" (y refuerza su espíritu de solucionar el problema contractualizando las relaciones amorosas a través de la igualdad, o sea, según una noción basada estrictamente en el derecho; un derecho uniforme y atómico que, aunque lo nieguen, no tiene otro origen que la visión contractual liberal de la sociedad). Se trata, en cambio, de recordar que la desigualdad estructural de la relación afectiva sexuada, como la que existe entre varones y mujeres, no es el corolario de esta violencia y debe poder ser pensada como independiente de ella. Por el contrario, los intentos de eliminar esta desigualdad sólo destruyen la contención que el patriarcado ofrece (u ofrecía) a la natural superioridad física y libertad sexual del varón, aumentando la violencia tanto masculina como femenina. El sueño igualitario promete menos violencia entre varones y mujeres, pero genera más, mucha más violencia, tanto verbal como corporal. Por ejemplo, la criminalización unilateral del hombre en una pelea a insultos entre dos esposos (que es reflejo de debilidad y no de la existencia de dominación), es sólo una estrategia política de este feminismo, puesto que su sueño es convertir a las mujeres en belicosas defensivas y hasta agresivas. No vienen a combatir el abuso de la dominación masculina natural: vienen a combatir la idea misma de que la masculinidad es privilegio de los varones. O sea: vienen a combatir al hombre. No para hacerlo menos varón, sino para hacer a la mujer más masculina. No están aquí para dulcificar las relaciones entre los sexos, sino para agriarlas. (Podrían venir para ponerles la sal del sadismo y el masoquismo, pero no: su sexualidad políticamente correcta es tan insípida e impersonal como su idea del amor.)

Fácilmente podemos decir que el "machismo" propiamente hablando (no la definición que de este término ha hecho el movimiento "feminista", sino la agresión utilitaria de la naturaleza femenina en provecho de los hombres concretos) es una degradación de la masculinidad tanto como el "hembrismo" lo es de la femineidad. Un hombre que se aprovecha de su mujer, que la agrede o la ningunea, es algo igualmente imaginable que una mujer que se aprovecha de su hombre, que lo agrede o lo ningunea. Y es imaginable porque la violencia entre géneros no es concebida por el sentido común de la misma forma en la que quieren que sea concebida por sus reformadores gramscianos (aunque el primer paso para infiltrar el sentido común es disfrazarse de sentido común, y por eso la primera instancia, no necesariamente temporal sino lógica, es sostener el peso de la retórica sobre la interpretación del sentido común). Lo que el adoctrinamiento "conscientizador" feminista desea es que la gente empiece a pensar la violencia de género como la relación de opresor y oprimido entre dos estereotipos sexuales en tanto implican dominio al relacionarse (dominio que es igualado con la opresión), aunque la puerta de entrada sea la del sentido común que piensa la violencia de género como la violencia de un hombre fuerte contra una mujer vulnerable física y socialmente. Para el feminismo, la violencia de género es la violencia de la cultura basada en estos estereotipos culturales sobre hombres y mujeres. Su revolución es una revolución contra la identidad sexuada. El mal llamado feminismo no quiere, de ninguna forma, ensalzar y exigir el florecimiento de una femineidad oprimida por una masculinidad desbocada, ya que tal cosa implicaría reafirmar al mismo tiempo el genuino rol sexual masculino, que por ser codependiente con su opuesto en equilibrio, no puede jamás oprimir a la femineidad sin negar su propia existencia. Lo que el feminismo considera es algo pretencioso: que la propia identidad femenina es un producto estereotipado y artificial tanto como la identidad masculina, y que ambas no existen salvo como parte de una relación de opresión, de la cual ambas partes, opresores y oprimidos, son víctimas. O sea: su identidad sexuada es la opresión, y los seres humanos son víctimas de esa construcción generista que se da a llamar "hombres y mujeres". 

Sobra aclarar que, por parte de las "revolucionarias feministas", unas víctimas son perdonadas como grupo, mientras que las otras, las opresoras, no. E incluso las víctimas oprimidas individuales pueden ser sujeto de vigilancia de la debida lealtad a la causa de la lucha contra la alienada existencia de géneros. No por nada se llama a esta visión dialéctica como "marxismo cultural", pero creo que la definición es incorrecta: no hay tal "cultura marxista", sino a lo sumo la aplicación a los géneros de conceptos utilizados por Marx para con las clases sociales, lo cual, sin duda, puede ser funcional a cierto leninismo estratégico que suele ser la finalidad de la mayor parte de los usos ideológicos que la izquierda política hace del marxismo. Ahora bien, tomar las cosas así es un suicidio más allá de las clases: es plausible considerar al proletariado como pura negación cuya liberación implica abolir su propia identidad junto con la de sus opresores burgueses, pero en el caso del género biológico la cosa cambia: suponer que la femineidad puede estar en contradicción con la masculinidad como negación de la misma, implica que la mujer se termina de realizar al negar su propia femineidad, o sea, al abolirse como mujer. Obviamente así no queda nada para liberar puesto que, a diferencia del proletariado marxiano (un trabajador asalariado que sólo puede realizarse negándose a sí mismo como asalariado), la mujer no es una negación dialéctica de la sexualidad cuyo desarrollo necesario llevará a la abolición de los sexos. Paradójicamente (aunque inevitablemente) el pedido de igualdad entre "el hombre y la mujer" presupone que sus existencias relacionales son irreemplazables; que no se puede ser hombre sin considerarse antes varón o mujer, ambos polos fundados en la reproducción sexual. Por eso mismo el bizarro pedido de igualitarismo entre ambos polos sexuales, porque de facto las identidades sexuadas son inabolibles. Si acaso los géneros son estereotipos socialmente construidos, la pregunta sería ¿construidos sobre qué? Obviamente sobre varones y mujeres biológicos. A menos que se intente abolir consecuentemente la base biológica, lo único que se puede hacer es forzar a que machos y hembras actúen como si no tuvieran naturalezas propias, o sea: que no se relacionen en formas específicas referidas unas a otras, y que por tanto sean idénticas cuando no nacieron para ser idénticas (y por tanto tampoco igualitarias, sino desiguales, y además estructuralmente desiguales). 

El feminismo se mantiene dentro de los estereotipos que supuestamente pretende abolir. No sólo eso: depende de ellos. Debajo de los estereotipos desiguales se encontrarán eternamente los géneros biológicos binarios que potencialmente podrán volver a relacionarse en forma estereotipada. Es una lucha sin fin en referencia a una dualidad irrevocable: siempre habrá un varón y una mujer que podrán volver a expresar esos estereotipos, y que deberán evitar ser sospechosos de cualquier relación de significado sexuado. Propiamente, una relación de tal tipo conllevará alguna forma de desigualdad, en tanto inseparable de una diversidad interdependiente entre los intereses de un sexo y el otro. El "feminismo" no puede permitir entonces desigualdad ni tampoco diversidad ya que la base estructural para regenerar la opresión se mantiene constante. ¿La solución? Exigir partes iguales para cada sexo y, además, uniformidad de comportamiento para que cada sexo no signifique nada distinto en la medida de lo posible, ya que, como se sigue de lo anterior, tal significación puede llevar nuevamente a una referencia cruzada simbólica que implique la tan temida identificación entre sexos y roles, que lleva a la existencia de jerarquías y con esta a la "opresión", noción disfrazada tras el eufemismo de "violencia de género". Otra vez: ¿qué es esta "opresión", esta "violencia de género"? Que la cultura pueda influirnos de cualquier forma para que creamos en la masculinidad, entendida como la esencia de lo opresor, y una femineidad, entendida como la esencia de lo oprimido; o sea: las esencias monstruosas de la contradicción y el conflicto expresadas sexualmente; esencias que deben ser eliminadas. 
En términos hegelianos, se verá que es como plantear que dos opuestos se encuentran en una contradicción que, sin embargo, fuera irresoluble. Sólo queda entonces el igualitarismo. Como también se podrá ver -y esto también es muy paradójico- el marxismo es la mejor forma de probar que la aplicación a los sexos del planteo "marxista cultural" de la dialéctica opresor-oprimido, es un non sequitur. (Sin duda la idea de una influencia de la doctrina hegeliano-marxista como tal en la cuestión feminista, es inaplicable a este asunto, pero sí es cierto que la dialéctica opresor-oprimido es la influencia de ambas mecánicas de pensamiento, tanto la marxiana como la de su engendro bastardo que es el feminismo. En esto sigo al pie de la letra a Kenneth Minogue. Como mucho lo que hay es la influencia una versión vaga, confusa y mal vulgarizada del marxismo, pero esa interpretación es precisamente la representación ideológica de aquello que el propio marxismo llamaba ideal del "comunismo grosero". En fin, dejemos por ahora esta última cuestión; ya volveré sobre ella al final del artículo.)

Volvamos a la cuestión de si acaso la dominación y la jerarquización es connatural a la existencia de identidades sexuales, porque probablemente lo sea. Ahora bien, el maltrato de un varón para con una mujer no es condición necesaria de una relación dominante por parte del varón, y por tanto la solución de abolir esta última es simplemente cortar por lo sano, de la misma que forma que la tiranía no es condición necesaria de toda jerarquía, y por tanto no se soluciona con la anarquía. 
La analogía política no es gratuita. Estos "feminismos" son meros engendros ideológicos al calor de las redes sociales. Son los viejos hijos del jacobinismo que, como todos sus vástagos, terminan siendo usufructuados por las burguesías y sus girondinos de turno: al reducir a un mínimo indispensable la comunidad de la estructura familiar, se libera a la mujer de toda dependencia personal pero también de toda autosuficiencia, sometiendo a ésta directamente al mercado para ser insertada dentro de la fuerza de trabajo contra la opción del hambre. Aunque parece una extensión de las luchas anticapitalistas (y en principio lo es), en realidad se trata una extensión de esa misma modernidad. Porque a diferencia de las relaciones de clase, las relaciones orgánico-jerárquicas entre hombres y mujeres tienen un trasfondo realmente biológico y son un límite para la competencia económica y el mercado de consumo. En los regímenes comunistas la liberación de la mujer queda trunca sin llegar a la sexualidad pública: la familia nuclear burguesa es reciclada como una unidad de reproducción socialista, siendo el divorcio una facilidad para pasar a otro matrimonio y no para facilitar la promiscuidad, inútil para poner a una sociedad en estado de guerra.

A este respecto es interesante observar el doble estándar que ha tenido el club del progresismo de izquierda en los países occidentales y en los ex-países del bloque del Este desde el inicio de la URSS. En los países que se encontraban del Muro para este lado, la política fue siempre alentar la transgresión cultural aun cuando ésta sacara lo peor del machismo en una forma sexualizada y promiscua. Se podría decir que la idea general era utilizar la virilidad contra la hombría, la misoginia contra el patriarcado, al galán cool contra el padre de familia, al apiolado sobre el cornudo. En cambio, en el bloque oriental se adelantaba la política igualitarista de criminalización de la masculinidad (o más bien del patriarcado), sin pasar así por la etapa de liberación sexual cuyo potencial promiscuo dependía esencialmente del hombre. Obviamente la transgresión también contagiaba a la sustitución de importaciones culturales del Comecon, pero allí la progresía no hacía de vanguardia de la liberación sexual sino de abogada de los censores soviéticos. El modelo quedaba en una suerte de tradicionalismo sexual adulterado: de cierta represión morbosa de tipo religioso o calculada de tipo victoriano, se pasó a una represión funcional, no expresa pero muy real, sobre la que se levantó una moral espartana y militarista, en el caso de las dictaduras marxistas más frescas y recién nacidas, o bien una leve liberalidad austera y medida, para salvaguardar el buen gusto de la burocracia siderúrgica de Europa oriental. Así podemos ver el espectáculo patético de la comunidad gay enarbolando banderas de un Ernesto Guevara que como buen fanático estalinista-maoísta sentía repugnancia por la homosexualidad como un fenómeno más de la decadencia burguesa occidental.
En Occidente, en cambio, el progresismo apuntó a la transgresión antes que a la igualdad de género: generaron y liberaron al varón de toda traba moral, convirtiendo a todos sus ejemplares en oportunistas sexuales que objetivaban a toda mujer salvo a sus madres. Recién luego pasaron a la política igualitarista. La consecuencia de superponer una moral feminista sobre una amoralidad total, fue alienar al hombre occidental en impulsos contradictorios. El resultado buscado era conseguir lo peor de dos mundos: que se objetive sexualmente a los seres humanos en un mercado reproductivo, y que los machos, los principales objetivadores naturales, en vez de reprimir sus deseos para sublimarlos en respeto a las hembras, tuvieran que reprimirse de impedirles a éstas que fueran igual de promiscuas. 



El contraste salta a la luz en la propaganda ideológica actual sobre la violencia de género: las mujeres no pueden ser llamadas "putas" si son promiscuas, lo cual es de por sí muy interesante y poco disimulado. No se trata, por supuesto, de evitar que las chicas promiscuas, además de víctimas de sus actos, no sean víctimas de una agresión verbal, porque esto realmente no tiene la menor importancia para gente que intenta "comprender" a quienes las asesinan para robarles un celular. Lo que se necesita para conseguir la igualdad entre géneros no es la igualdad de derechos entre géneros sino la legitimación de cualquier uso de estos mismos derechos: legitimar el egoísmo de la promiscuidad femenina mientras que la poligamia masculina sea estigmatizada como egoísta, por intentar reprimirla y no por serlo a su vez (algo así como no condenar a un policía por robar sino por ser tan egoísta de impedir que los demás también roben).
De esta forma, se va creando entre varones y mujeres una muralla invisible de corrección política simulada, tan real como la actitud hipster en un cheto de Palermo: la pantalla de humo de la nueva "paz simbólica" impide que salga a la luz que el valor erótico de una mujer es, a la inversa del hombre, inversamente proporcional a su promiscuidad exitosa. Promiscuidad exitosa en los varones, se entiende, no en las mujeres. De esta forma, un discurso que hace treinta años hubiera tenido un efecto conservador y por tanto frustrado la transformación cultural hacia la transgresión moral y la liberación de los demonios del hombre occidental, ahora simplemente genera un manto de moralidad sobre la degradación ya consumada. No se trata siquiera de una indulgencia masiva e irrestricta al género femenino por su autodenigración, ni de inculcarle el orgullo forzado y triste de las meretrices. Se trata sencillamente de una negación colectiva: no-hay-mujeres-putas, por lo cual no hay de qué preocuparse porque sólo-los-violadores-asesinos-de-mujeres-piensan-así. Ambos sexos pueden ser engañados o no, simularán creerlo o lo creerán sinceramente, pero todos actuarán como es esperable: con culpa. Y, lo más importante, crearán consenso. Actuarán ante los demás como si de hecho hubieran aceptado que habían sido machistas crueles. 

El mito se creará aunque en principio nadie crea realmente en él, cosa que los gramscianos saben bien que puede solucionarse en un par de generaciones. Se creerá, finalmente, que tras los excesos muy reales que se daban en el seno de las relaciones de pareja sólo eran reales los que provenían de parte de los hombres (que quien escribe no niega hayan sido los más frecuentes, todo lo contrario); se creerá que la dominación masculina era responsable y que ésta operaba mediante una discriminación cultural arbitraria; que el juicio dispar de una misma conducta en ambos sexos es una construcción arbitraria de dicha dominación. Y a veces ni siquiera de una misma conducta: las mujeres vestidas en una forma que destaca su sexualidad implican una situación totalmente distinta con respecto a la mayoría de los varones que no están vestidos de dicha forma. Si los hombres más agraciados salieran a la calle en cuero o disfrazados de strippers, muchísimas mujeres no se quedarían calladas y en los boliches intentarían algo más que piropearlos, y nadie diría que se trata de violencia de género. Todavía más: categorías casi arbitrarias para aplicar en una relación como la de culpabilizar, de hacer chantaje emocional, de humillar, despreciar, ignorar, desvalorizar, etc. (que pueden ser reales o aplicarse a prácticamente cualquier cosa), son por lo general mucho más aplicables a mujeres que a varones. ¿Entonces tendríamos que hablar de que acaso la violencia verbal es más bien propia de las mujeres y que entonces se trata de una violencia de género contra los hombres? ¿Acaso no puede existir una violencia de género (de carácter femenino) contra los hombres? ¿O es que las mujeres son las naturalmente oprimidas y por tanto no pueden ser opresoras y "hembristas"? Toda esta situación es demasiado absurda y amarillista para que se esté tomando en serio, y sin embargo sucede: la campaña paranoica está en una escalada; probablemente incluso se haya ido de las manos a sus promotores a manos de neuróticas, activistas de izquierda y divorciadas litigantes (en general las causas de la militancia de izquierda son una suma de frustraciones psicológicas y estéticas de las clases medias para destrabar su natural liberalismo cultural contra sus propias generaciones progenitoras, y esto se nota especialmente en el caso de las mujeres: el "malestar en la cultura" femenino puede tener dos chivos expiatorios en vez de uno, sin darse cuenta que si hay alguien a quien deben su espíritu revolucionario es a los ricos y a los varones.)

De nuevo, los hombres saldrán perdiendo en tanto hombres íntegros, pero saldrán ganando en aquello que compensa su carencia afectiva: se sumarán al juego de la corrección política y pensarán (o dirán que piensan) que no hay mujeres "putas", que las valoran igual, y con toda generosidad se lo demostrarán en la cama acostándose por una noche con todas las que puedan. 
A las mujeres, para variar, no se les darán muchas más facilidades, salvo que ahora encima pensarán que salen beneficiadas. 
Aparentemente hacer aun más solitarias a todas las mujeres era la única forma de reducir el número de las golpeadas y violadas. Porque probablemente seguirán buscando hombres reales que dominen las situaciones y las cortejen, pero al no poder ver ya la diferencia entre un hombre viril pero cortés y uno hipócritamente afeminado, tenderán mayoritariamente a frustrarse: buscarán consolarse con el manojo de histeria y simulación que tengan al lado, o a buscar sin matices el perfil psicológico de un victimario o al menos de alguien que sepa cómo manipularlas. La insensibilidad masculina es el triunfo definitivo de muchas mujeres sobre su propia histeria. Si acaso tienen la suerte de saber lo que es realmente el amor, lo odiarán cuando lo reconozcan. ¡Gracias Ingrid Beck del mundo! Les debemos mucho.
Con esta agenda entre manos, lo que hace el "feminismo del siglo XXI" es, en resumen, criminalizar a la dominación masculina valiéndose de los casos individuales de violencia contra las mujeres. La idea es hacer una “contra-hegemonía” dentro del consenso general, suponiendo como culturalmente intrínsecos al patriarcado a estos fenómenos periféricos de violencia contra las mujeres (que son posibilitados por -pero también son castigados por- una dominación masculina preexistente). Un golpeador o un abusador se convierte de pronto en parte de una suerte de campaña de discriminación y exterminio “contra la mujer”; por esto lo de “ni una menos”. El hombre "masculinista" es un soldado en una pauta de violencia genocida que sería inseparable del mal llamado "patriarcado". Así crean una fobia y hasta una paranoia de género: piropos o gestos de caballerosidad, actos de protección o dominación, en fin, actitudes "machistas" de cualquier tipo, buenas o malas, pasan a ser manifestaciones crepusculares de una violencia abierta que terminará en la violación o el asesinato. Las radicales "feministas" continúan al pie de la letra la misma lógica espuria con la que algunos radicalismos obsoletos condenaban ayer a la familia por entero de la violencia ejercida por algunos padres contra los niños, entendida casi como una suerte de violencia generacional contra "la juventud". Hasta el surgimiento post-internet de una suerte de estándar de mujeres fálicas y narcisistas, nunca había existido un target tan permeable a este tipo de estupideces.
La realidad, como suele suceder con las campañas izquierdistas, es más bien la inversa: al concebir como parte de un "sistema masculino" a la violencia que hombres y mujeres ejercen contra la mujer, lo que se institucionaliza es una verdadera violencia de género, física y simbólica, sobre los "beneficiarios" del sistema: los hombres. Una cultura igualitarista en la que los hombres necesariamente quedan siempre como criminales potenciales (y de facto como "opresores" sociales); una cultura que, además, es artificial, ya que es impuesta políticamente como parte de una agenda ideológica y no nace de los grupos sociales supuestamente afectados. Se reemplaza un supuesto sistema cultural por una organización de la cultura, por todo un trabajo deliberado de ingeniería social, con adiestradores y adiestrados. Es una campaña psicológicamente terrorista contra el género masculino y también contra el género femenino, ya que las mujeres deben actuar como desean estos militantes para no ser consideradas a su vez parte de ese "sistema". Y es una campaña de discriminación contra el hombre, aunque se disfrace de combate dialógico contra un estereotipo cultural “opresivo”, puesto que a través de los “opresores” concretos usados como blanco es que se piensa el proceso de transformación.


El acompañamiento natural de esta organización de la cultura es presumir que no hay diferencia entre una cultura inventada y otra que surgió gradualmente, como si los hábitos y costumbres fueran una completa arbitrariedad maleable por cualquier junta de planificación, que luego pudiera regenerarse sin su auspicio. La cultura es una forma de sublimar lo más adecuadamente posible pulsiones naturalmente humanas: no es lo mismo para la naturaleza humana vivir en la Inglaterra medieval que en la Inglaterra victoriana o la contemporánea. No es tampoco lo mismo, a este respecto, una forma orgánica de sociedad donde la cultura es parte estructurante de la vida política y económica, que una forma mercantil de sociedad donde la cultura se convierte en una sumatoria generalizada de comportamientos individuales que circula en la periferia de las actividades económicas, se focaliza en el consumo, y es afectada pasivamente por un poder legislativo. Pero, sin embargo, ambas formas culturales, moderna y premoderna, surgen de resolver funcionalmente una necesidad frente a un contexto distinto. No es sin embargo éste el caso de las culturas prefabricadas de los totalitarismos: no lo es el del “hombre soviético” en Rusia, ni el “nuevo hombre” guevarista, ni el “superhombre” nacionalsocialista, creaciones reguladas por partidos políticos. Y los feminismos son, básicamente, partidos políticos o bien extensiones de la actividad de otros partidos centrales (véase que todavía entonces, y a pesar de todo, se hablaba del hombre en general, ya que lo opuesto al hombre no es la mujer, sino el varón). En pocas palabras: las transformaciones culturales que no son parte de la dinámica misma de la cultura, sino que provienen de manipulaciones conscientes realizadas por organizaciones (formadas a la luz de pequeñas elites político-culturales en el seno de otras clases y géneros dispares), son más fáciles de convertirse en contradictorias, disfuncionales y necesitadas de refuerzos coercitivos mediante legislaciones y propaganda. Por eso estas campañas están condenadas al fracaso, a la frustración, a la infelicidad y sólo podrán compensarse con la transformación de las necesidades biológicas en mero entretenimiento contractual. Pero el sustrato biológico no cambia: el
 amor entre varones y mujeres no es un contrato entre iguales. Menos aun lo es su sexualidad. Menos aun la familia, los padres y sus hijos.

Los más triste de esta historia es que el feminismo no ha logrado revertir la transformación de la mujer en objeto sexual intercambiable luego de la liberación sexual (o sea: la separación entre sexualidad y reproducción), sino que la ha reforzado. Y además ha acompañado, sin quererlo, a la individuación del capitalismo posmoderno convirtiendo también a los varones en objetos sexuales. En este sueño imposible de colectivización de la promiscuidad como forma de conquista igualitaria de las mujeres (esto es: convertirse ellas mismas en masculinas) se cumple para la sexualidad lo que Marx describía para la colectivización de la propiedad convertida en generalización del egoísmo o, lo que es decir lo mismo, en igualitarismo: 

La envidia general y constituida en poder no es sino la forma escondida en que la codicia se establece y, simplemente, se satisface de otra manera. La idea de toda propiedad privada en cuanto tal se vuelve, por lo menos contra la propiedad privada más rica como envidia y deseo de nivelación, de manera que son estas pasiones las que integran el ser de la competencia. El comunismo grosero no es más que el remate de esta codicia y de esta nivelación a partir del mínimo representado.

Con esta cita, y con el mayor de los respetos, me despido, mandándote un beso.